lunes, 27 de abril de 2015

MARAÑAS


         Hoy he renunciado a trabajar en mi hospital. Hoy he ido y he pedido el cese. Mañana me incorporaré en otro área y debido a la rapidez con la que se ha acontecido todo, a estas horas del final de este último día, desconozco que sentir.


         Comprendo que habrá gente que asuma los cambios al ritmo que estos se producen, pero no es mi caso. Cuando viajo a algún país extranjero tardo días en percatarme de que no estoy en España; pues bien, mañana viajo a mi extranjero laboral. A un extranjero incierto, incógnito, porque yo no conozco más que mi antiguo planeta. Y sigo sin saber qué sentir.





         Catorce años, y sumándole tres de la carrera, por esos viejos pasillos que terminan en habitaciones y despachos con las mismas arrugas. Un  macro hospital, con miles de trabajadores anónimos, pero rara vez no conozco una cara cuando camino por allí. Un hospital en el que nací como enfermera, y aprendí, me ilusioné, me motivé, pero también, me cabreé, me cansé, me desmotivé, tanto, que terminé escribiendo un blog que lleva por nombre: Soy enfermera y me enfermo cada vez que lo pienso.
         Navego a un planeta más pequeño en el que no conozco ni a un alma. Acojona. Me voy a no sé qué turno y con qué planilla. Acojona. Pero me voy, y me surgen unas cosquillitas de nervios, y de ganas, que me dan la energía para valorar que he hecho bien. Debía ser consecuente, no podía pasarme la vida quejándome y cuando por fin, por milagros del destino y gracias a que alguien hizo el examen de oposición madrileña más confuso habido (y espero que por haber), favoreciendo a los que habíamos estudiado poco, (de puro extraño), se me ofreciera la oportunidad de cambiar, y me acobardara para no subirme a la nave.
        

Y allá voy... el día de la elección de hospital en la calle Sagasta, fue mucho más emocionante de lo que imaginaba. Aquello era el Corte Inglés comparado con el Día, lo digo porque nos atendieron los trabajadores administrativos más simpáticos, sonrientes y facilitadores que me he encontrado jamás... hasta llegué a fantasear «¿será así mi nuevo mundo con plaza fija?». Cuando me vi frente a la risueña mujer que esperaba a que le enunciara mi destino, hecha un mar de dudas y al borde de la lágrima, me armé de valor y opté por el cambio (muy al hilo del panorama político actual). Una amiga que me acompañó grabó ese momento y cada vez que lo escucho me engancho cada berrinche... soy de lágrima fácil, ya os lo he comentado en más de una ocasión. 
         Sí, a partir de mañana, seré funcionaria. Mola. A partir de mañana tengo trabajo fijo. Mola. Se acabaron los test, las academias, y los papeleos anuales para la bolsa (no creo que haya nadie que deteste tanto entregar papeles como yo). A partir de mañana cambio de planeta y sigo sin saber qué sentir. Una maraña de emociones se pelean por el protagonismo y es por eso, que padezco de una neutralitis rara en mí, (¿estaré en shock?, probablemente, porque a quién le haya dado tiempo a digerir tanto cambio a esta velocidad pre-electoral, debe ser un súper inteligente-emocional). Imagino que en unos días, cuando aterrice, comenzaran a surgir los sentimientos y me desneutralizaré . Imagino que añoraré todo aquello y a todos aquellos que han formado parte de mi vida laboral, de mi planeta desde los dieciocho años. Imagino que lloraré (eso, por descontado).
         «¿Sabré ser enfermera en otro planeta?», mi gran duda, tonta, pero es que lo que se me pasa por la cabeza, nadie dijo que yo fuera lista.
         En fin, os mantendré al día. No sabéis cómo me gustaría re-bautizar al blog, en unos meses, con un nombre más motivador... habrá que esperar.
         Mucha suerte a todos los que hoy os sentís como yo, con un futuro incierto, pero prometedor y, desde luego, ánimo, para los que esperan a que nos incorporemos los fijos para saber si mantienen su empleo o no. Esta vez estoy en el lado bueno de la balanza. De cualquier forma, con mi maraña o neutralitis emocional, os deseo a todos, lo mejor.