jueves, 12 de marzo de 2015

Lo que no se cuenta de las habitaciones del hospital.

        Las habitaciones en éste, mi hospital, son tan pequeñas que en ocasiones cuando el paciente es obeso se impide que ingrese nadie más en la cama de al lado porque no entran dos… Daos cuenta.



         El aseo de nuestras “suites” no tiene ducha, ni ventana, y si se quieren lavar, en serio, y no como los gatos, han de ir a la ducha compartida (por turnos, no como en la cárceles, algo de nivel tenemos).
         Imaginaos la de cábalas que hacemos con el mobiliario para introducirnos el aparato de la tensión y nosotros, y no os digo nada el electro o el desfibrilador. En una ocasión la intensivista (médico de UVI que llamamos cuando hay una parada), antes de saludar (suelen ser de lo más majos), no había puesto un pie en la habitación cuando gritó:
         —¡Sacad los muebles! —De primeras nadie la hizo caso, creíamos que sería cosa suya, una especie de lema, pero cuando lo volvió a gritar con cara de pocos amigos (cosa rara, rara), los armarios y sillones salieron a toda mecha al pasillo; otra cosa, no, pero bienmandás
         Somos como el vecino cansino de arriba que siempre anda arrastrando los muebles a horas inhóspitas (¿de ahí vendrá esta palabra?).
         Pero yo no quería hablaros de eso, yo quería explicaros (y que me creyeseis), que en esas minúsculas habitaciones se cuecen cosasss y que después de muchos años trabajando allí ya les he pillado la cocción y os las voy a desvelar.
  Os cuento:

         Hay habitaciones anquilosantes. Sí, hay dos o tres habitaciones en mi planta que paciente que entra ahí, paciente que se anquilosa meses y meses. He averiguado que son habitaciones que tienen el poder de infectar, sobreinfectar, deshidratar, ulcerar o vete a saber qué artimañas para que el cliente permanezca días y días pasando las de Caín.
         Hay habitaciones timbronas. Sí, estas poseen el poder de adueñarse del alma de nuestros clientes y provocarles que se pasen su estancia enganchados al timbre de enfermería. Hombre, el timbre, es algo muy goloso, yo lo entiendo. Tú llamas por cualquier cosa que se te ocurra y al poco (sí, al poco, por mucho que se quejen, al poco), te aparece alguien que te ayuda y te apaga la luz, cierra la ventana, o te da ese vasito de agua que tenías en la mesilla y a tus brazos perezosos les costaba amarrar. Si se hiciese un estudio del índice de llamadas éstas ocuparían el número uno.
         Hay habitaciones “yuyu”. Si yo ingresara en mi planta (el ocaso no lo quiera), la mieditis se apoderaría de mí sentido común si durmiera en ciertas habitaciones en las que han sucedido episodios extraños: fallecimientos inexplicables, increíbles complicaciones y sucesos paranormales con una llamativa periodicidad.

         Hay habitaciones olvidadizas. Suelen ser las últimas del pasillo y tienen el extraño poder de lograr que se te olviden las cosas y tengas que volver a recorrerte el pasillo en varias ocasiones. Podrían llamarse, también, “matapiernas”. Yo creo que están hechizadas por fabricantes de medias de compresión… (ahí lo dejo).
         Hay habitaciones históricas. Un paciente ha hecho historia en esa habitación y la habite quién la habite, siempre queda un poquito de él. (Se lo dedico a Joaquín y a su familia).
         Hay habitaciones fiesteras. Por lo que sea, suelen ingresar los pacientes con más familia y amigos de España y siempre están llenas de vidas humanas dentro y en los aledaños (pasillo). Un gusto, vamos.
         Hay habitaciones alucinógenas. No puede ser casualidad que los pacientes más desorientados, a los que “se les va” y no hay haloperidol que les haga volver, siempre ingresen en las mismas camas, no. Aquí hay gato encerrado…

         Como veis, le tengo pillado el truco a la planta. ¡Ah! no os desvelo el número de las habitaciones, ni el hospital, por no asustaros si ingresáis allí, pero os aseguro que cada una de esas habitaciones tiene nombre.
         Si al final me voy, con mi futura plaza fija, (¡lalalalalala!, canto de felicidad), investigaré nuevos fenómenos. Os tengo al corriente.
         Si os he dejado intrigados, venid mañana a la presentación de Crimen se escribe con A y veréis lo que es bueno.


         Besitos.