sábado, 21 de febrero de 2015

LA SEMANA DE LA MARMOTA

     Ya en el vientre de mi madre hube de tenerlo todo manga por hombro, como si lo recordara… el cordón por un lado, la placenta desordenada, yo (en bebé) en las posturas más extrañas... Así lo continúe en mi infancia y adolescencia. Los cuadernos, libros y ropa se hacían un hueco en mi pequeña habitación, siempre con el miedo (tras la amenaza constante) de ser enviados a la basura por mi ordenada y amenazadora madre.

         Cuando me independicé, me convertí en la mujer más ordenada del mundo… Ja!! Sin nadie a quién dar explicaciones (mi esposo es la paciencia y la serenidad en estado puro), pues imagínate. A ver, tampoco os paséis, que os ponéis a imaginar y tenéis un peligro… No tengo cajas de pizza tiradas por el suelo, ni colillas (en plan casa yanki de estudiantes universitarios), pero que mi ropa podría estar más colocadita, pues sí.
         ¿Y a que viene esto? Pues viene a que la enfermería no me ha ayudado en nada con este problemilla. Los cambios de turno y el librar vete a saber qué día, me han hecho, si cabe, más desastre.
         Yo sé qué días trabajo de semana en semana. Para mí los lunes pueden ser buenos, porque igual los libro, y los fines de semana una pesadilla porque los trabajo. Pero no solo es eso; hay semanas que curro por las mañanas, por las tardes y por la noche. En ese jaleo de jornadas no hay rutina posible.
         Esta semana el orden natural ha entrado en mi vida y he trabajado de lunes a viernes, en el turno de tarde. Cinco tardes como cinco soles. Ayer a las 21h, creía que mis piernas eran de cemento armado y los suspiros de cansancio competían en número con los pestañeos. No podía más. Exhausta. (Recobre energía cuando llegué a casa y me comí todo lo que había y casi tengo que bajar al chino a arramplar con los helados).
         Se me ha hecho pesado, pesado, pero es que mis pacientes eran de lo más monótonos. Pareciera que el que mueve los hilos me los hubiera puesto adrede. Todas las tardes se repetía lo mismo… Aquí os cuento las cinco tardes de la marmota:

         Paciente de habitación 1: Señora con una úlcera en pierna que está pasando las de Caín, Ana Frank y Nelson Mandela (por decir), y que hay que hacerla curas cada doce horas para molestarla un poco. ¡Ah! Esto lo tengo que contar: ahora a los dermatólogos, que deben de ser de una corriente vintage, les ha dado por pautar curas con lejía. Sí, lejía, lejía. No habrá productos mejores en el mercado, ¡qué va! Pues allá voy todas las tardes a sumergir la pierna de la pobre mujer en un cubo de fregona (de lo más vintage) con lejía, para que ella vea las estrellas y a mis familiares (se acuerda siempre de ellos, fijo). ¡A lo que voy! , que me enrollo: la señora tiene una hija que me pone frenética (he de desahogarme) ¿Por qué? Porque siempre que me ve me dice «nena, cariño» y suelta una perlita detrás.
         —Nena, cariño, ¿sabrás que tienes que curar la pierna de mi madre?
         (Llevo cinco tardes curándola, se debe pensar que soy mema)
         —Nena cariño, ¿quién es la enfermerita que va a curar a mi madre hoy?
         (¡Enfermerita! Casi me ahogo cuando la oí). He de añadir que la susodicha trabaja en el hospital en el servicio de limpieza, pero no la conocía.

         Pacientes de la habitación 2:
         Un señor al que todas las tardes cuando he ido con las pastillas para la cena, me ha preparado un cisco de película de Alex de la Iglesia. Que sí cuáles me tomo, que por qué me das dos iguales, que si me tomo también las que traigo de mi casa… Y después, todas las tardes, lo prometo, venía con el vasito a preguntarme que si esas pastillas eran para tomárselas con la cena… ¡Arjjj! El caso, es que el típico que va en plan listo y parece que el tonto eres tú.
         Paciente de al lado y su señora:
         Una señora que no daba puntá sin hilo. Que me ha hecho plantearme a diario mi umbral de la susceptibilidad. A veces pensaba que sus malas formas eran fruto de mi imaginación y al segundo, que era la señora que aunque con cara de ancianita, iba cargada de frescas para soltar.

         Paciente de la habitación 3:
         Aceptables… excepto porque a partir del martes a uno le dio por llamarme «cara bonita» a todas horas. Y no es que sea un apodo ofensivo, no, pero yo no estoy allí por mi cara bonita (que además no la tengo, aunque vistas con cataratas, pues quizás sí). Lo arregló cuando me dijo que parecía que tenía ventipocos años (cataratas, ya os lo he dicho).
       
        Pacientes de la habitación 4:
         Dos abuelitas. Majas. Incluso una de ellas celebró su 93 cumpleaños con nosotras. Pero todas las tardes me tocó pincharle en el culete unas vitaminas, y sin excepción, esta era la rutina:
         —Gírate que te voy a pinchar.
         —¿Dónde? —sorprendida.
         —En el culete.
         —¿El qué? —ojiplática.
         —Las vitaminas.
         Y cuando la pinchaba, siempre, siempre  decía.
         —¡Ah, esta duele! —sorprendidísima.
         La abuela ya os digo que era un sol, pero a lo que voy, es que se repetía como la morcilla.
         
         Pacientes de la habitación 5:
         Uno siempre cansado y el otro tosiendo. Excepto por las mañanas cuando pasaba consulta el médico, que se ve que se curaban ipso facto o que se esperaban a contármelo a mí por las tardes…
         
         Paciente joya de la corona:
         Uno que no era mío (que no estaba a mi cargo, vamos), pero que desde las ocho de la tarde se colgaba del timbre como si le dieran billetes de cincuenta por cada vez que llamase. Y como a la tercera no funcionaba, pues tiraba de garganta:
         —¡Enfermera! —Tono tenor. Es probable que lo hayáis oído en vuestras casas.
         Podría relataros más, tengo cuerda para rato, pero no quiero ser monótona…
         Hoy sábado, a unas horas de presentar por primera vez Crimen se escribe con A solo se me ocurre decir:
         
 ¡Viva el caos! ¡Abajo la rutina!
        


         

viernes, 6 de febrero de 2015

Un poco de frivolidad para estos tiempos revueltos

      Lo reconozco. Soy de esas mujeres que cuando tienen un evento (y con ello incluyo una cena en casa), se devana los sesos por la problemática universal, y tirando a femenina, del «qué narices ponerme si no tengo nada».


      Y eso me lleva a pensar en la suerte que tengo de trabajar en pijama. La de migrañas que me ahorra y gasto en trapos varios, que ya de por sí es insultante.
      Reconozco que cuando empecé en esta profesión y era una veinteañera presumida, me daba un poco de envidia compartir vagón de tren con gente que iba con modelazos a la oficina y me decía a mí misma que me había equivocado de profesión, que yo tenía armario para lucirme. Pero ahora, con unos añitos más, y más liada que Arturo Valls, me alegro infinito de todos las tardes calzarme mi pijamita y ¡al tajo!



     Hasta reconozco que algunos días repito la indumentaria con la que iba el día anterior… ¡Esperad, no dejéis de leer y me cataloguéis de cochinaza! Pensad que hay días en que me visto, salgo de casa, cojo el coche, subo a la planta y me quito la ropa (30 minutos) y la misma cansina secuencia para volver. En total una hora… si lo piensas bien, podría repetir modelo una semana entera e iba más limpita que muchos.
     Lo de que me quito, me pongo, y me vuelvo a quitar es de lo más aburrido e incómodo. «Una no puede ir bien peinada nunca»… al menos tengo que dar las gracias a la época que me ha tocado vivir por no tener que llevar cofia, “el mata volúmenes capilares”.
       ¡Porque mira que ha cambiado nuestro uniforme! De faldita tipo peto y cofia, a pantalón y chaqueta estilo… no hay estilo alguno, es horrible, pero cómodo; excepto cuando te toca un pantalón más ajustado de lo que la talla expone o una chaqueta con botones rotos; pero haciendo gala de la improvisación que nos caracteriza, gastamos esparadrapo para hacer los usos del extraviado botón, y nos pasamos el turno preocupados porque el esparadrapo no se despegue.¡¡Lo que no invente una enfermera!!O mejor: ¡¡lo que no se pueda conseguir con un poco de esparadrapo!!

     Porque al que no lo sepa, en mi hospital compartimos pijamas. Todo es de todos… qué bonito y qué mal nos llevamos, ¡leche! Tú cuando crees que has usado tu pijama suficiente (en ese tema prefiero no ahondar), lo echas a la tolva y pides otro a una maquina muy chula que no entiende de géneros ni de escrúpulos. Es por eso que te puede tocar uno más corto de pierna, o arrugado como un chándal de los ochenta, o estrecho tipo leggins o amplio como un rapero. Pero que yo me lo pongo, me quede como me quede, sin recatos, ni cursilerías, ni frivolidades. Y pienso: Irene vas a salvar vidas, qué más dará cómo vaya vestida, cabeza alta.


     Esta entrada os puede quitar los miedos a los que no sois sanitarios y vais al hospital. Si os aburrís o sentís por nosotros lo mismo que los ricos hacia los inspectores de hacienda, fijaos en cómo nos sientan los pijamas, es lo más parecido a pasarela Cibeles que te puedas imaginar. Nos faltan los accesorios ( la teoría dice que no debemos llevar, subrayo la teoría), porque las transparencias están a la orden del día; los pijamas de tanto lavarlos pierden espesor, por eso es raro no conocer al dedillo la ropa interior de tus compañeros.
      Nuestros uniformes se lavan a altas temperaturas para desinfectarlos, desratizarlos, despiojarlos, y todos los «des» que se os ocurran. Aunque yo últimamente, aludiendo a mi entrada anterior de la gripe, estoy empezando a creer que deberían lavarlos menos. Que nuestros pijamas crean su propio ecosistema. El estafilococo, la kleibsella, el rotavirus, etc.., campan a sus anchas luchando por hacerse los reyes del pijama y se olvidan de invadirnos a nosotros. Dadle alguna vuelta que igual de aquí sale mi premio nobel.
     Hay quien a pesar de todo, innova y dobla las mangas, o va con la camiseta del pijama desabrochada y por debajo envuelta en una camiseta ajus/escotada para que todos disfrutemos de sus prótesis (o no, pero a mí me da que sí). Si trabajáis en mi hospital os vendrá alguien a la mente… El antes muerte que sencilla hay gente que lo lleva a límites cuestionables.
Y ahora os tengo que dejar, tengo una cena esta noche con mis compañeras de pijama y como no nos vemos nunca con ropa, he de esmerarme.

    PD: Crimen se escribe con A ya está en todas (o algunas) librerías. Contádselo a todos vuestros amigos, que me piten los oídos, cualquier cosa que se os ocurra para que esta peculiar novela le llegue a mucha gente. Os necesito.

http://www.amazon.es/Crimen-escribe-Irene-Fern%C3%A1ndez-Bl%C3%A1zquez/dp/8494321455