viernes, 13 de noviembre de 2015

Sal de mi vida reggaeton!!



         Os lo prometí y yo (si me acuerdo) soy de cumplir mis promesas. Os prometí que ya os describiría como acontecían mis noches en la soledad y urgencia de la diálisis. Y en ellas me hallo.
         Como dicen por aquellos lares: «ya no eres virgen», «ya te has estrenado», «ya eres mayor» , claro que ¡menudo estreno! no puedo yo estar tranquilita, no...


         Lunes noche. Después de un puente relajante en mi Villarejo del Valle, afronto mis cuatro noches con valentía y un dolor de cabeza incipiente de tanto apretar las mandíbulas durmiendo soñando con máquinas.

         Me encuentro a mis cuatro compañeros con cara de susto disimulado.
         —¿Qué pasa?
         —No, nada —me dice la más joven y verde como yo—, tienes que poner un hemofiltro en UVI. Pero tú no te preocupes te hemos llevado todo. Tienen que avisarte porque han de cogerle primero el catéter.
         Quien no sea enfermero, o incluso si lo es, no entenderá nada. Pero en cristiano sonaba a:
         —¡Tía, tía, tía! !qué mala suerte! ¡Tú, tranqui!  ¡Si no puedes, llámame!
        Si con algo se puede comparar al hemofiltro es con una cosita que empieza igual y termina en -rroide. Farragoso, pesado, lento y "porculero". (¿Entendéis ahora la comparación?).

        Pues nada... Me senté a esperar... y esperé... y me tomé una tilita... y me tomé un poleo...y cuando me iba a pasar al ibuprofeno me avisaron.
         1. 30 de la mañana- 2.0 de la mañana... ¡Puesto! ¡Sin problemas! ¡Subidóoooooon! Camino por el largo pasillo de vuelta a mi escondite canturreando.
         Miércoles noche. Mis cuatro compañeros, esta vez más relajados, me explican que hay otro paciente con el dichoso hemofiltro y que suele dar problemas (el hemofiltro, no el paciente), y se cambia cada seis horas (os lo vengo diciendo, salvará vidas, pero qué pesadito es). Justo cuando se van suena el teléfono y es el nefrólogo de guardia que con voz rápida y estresante me dice:
         —Tenemos una urgencia. Hay que hacer una diálisis a un paciente aislado (por un bichito que no viene a cuento). Hay que coger el catéter.
         Eran las 21.55. Atrapé a la última enfermera que quedaba y como enloquecida le conté lo que había escuchado por teléfono.
         Me ayudó a montar la maquina, pero resulta que esa máquina no valía, así que monté otra, pero resulta que no pasaba los test, así que monté otra que parece que sí quería hacerme el favor de funcionar (gracias a los Dioses, ya no entraba ninguna máquina más). Y llegó el médico con el paciente. Y le cogimos el catéter. Y la máquina funcionó. Y le dializamos. Y el hemofiltro de la UVI se coaguló pero como todavía no puedo multiplicarme, hasta que el médico no me suplió, no fui. Total, que pongo un circo y me crecen los enanos. Lo extraño es que una vez que las cosas marcharon, yo tan contenta... ¿lo de que me di un cabezazo de pequeña os lo he contado?
         Y hoy que iba conduciendo escuchando la radio y han puesto un reggaeton de esos... (si necesitas reggaeton, dale) he pensado que mis noches son reggaotoneras, que vengo de la medicina interna donde eran puro "tecno martilleante" y no pensaría yo que iba a pasarme a la música clásica así, sin más, sin pelearlo. ¿Y por qué son reggaeton? Pues porque dos canciones se pueden oír, incluso bailar y bromear (lo de sus letras es para que Rocío Jurado levante la cabeza y los ponga a todos firmes de un grito), pero a la tercera te cansas y a la cuarta te vas del local a tu cama cabreado como una chinche.

         Crucemos los dedos para que esta noche Nicky Jam, Pitbull y Juan Magán salgan de mi vida (total es viernes y tendrán cosas mejores que hacer) y entre Beethoven. Crucémoslos.

         Esta entradita se la dedico a todos esos compis que me han ofrecido su ayuda y en concreto a mi "Coach telefónica" (ella sabrá quién es).



         

jueves, 22 de octubre de 2015

C´est la vie

        Soy enfermera y me enfermo cada vez que lo pienso, ese es el nombre de mi blog —al que tengo abandonado desde tiempos inmemorables (perdón lectores míos)—. Eso ya lo sabíais, no os descubro nada nuevo, pero y si... resulta que... a lo mejor... (escribo con la precaución de no lanzar campanitas al vuelo no vaya a ser que me caigan en la cabeza). 

         ¿Y si ya no enfermo cada vez que pienso que soy enfermera? ¿Qué sentido tendría este blog? ¿Realmente me habré curado? No sé, no sé.
         Lo que sí sé es que voy contenta a trabajar (aunque las L me siguen gustando más, infinitamente más, y eso que apenas las cato).
         Lo que sí sé es que estoy aprendiendo mucho.
         Lo que sí sé es que he recuperado mi hábito del canturreo mientras trabajo.
         Lo que sí sé es que no me duelen (con tanta asiduidad) la espalda, ni la cabeza, ni las piernas.
         Lo que sí sé es que vuelvo a gastar bromas a los pacientes, a hacer el payaso y a preocuparme en conocerlos.
         Pero las campanitas vamos a dejarlas todavía en mi bolso, porque han sido tantos años de quemazón intenso que no me atrevo a cantar victoria.


         La enfermería es una profesión con tantas vertientes, que sin ser sanitarios entenderéis que nada tienen que ver el enfermero que trabaja en neonatos con el que lo hace en rayos. Me siento con la experiencia de decir que depende donde siembres tus cuidados, tu motivación crece o decae, lentamente, como una herida infectada que no cura.
         Lo que no quiere decir que no esté orgullosa de mis nueve años en medicina interna, lo estoy. Me han servido para aprender, para compartir experiencias, para adivinar la paciencia que puedo llegar a tener, para conocer a un montón de gente interesante que ha aportado mucho a mi vida (y espero que sigan haciéndolo), lo que quiero decir es: ¡¡¡¡ex-compis, huid!!!! 

         Y no solo a ellas, a todo el que se compare con una paraguaya (de quemado), huye!!! Hay mucho terreno por descubrir. Estudia, da la lata en personal, prepara oposiciones, qué sé yo. Comprendo que no es fácil, sé que da miedo, pero hemos estudiado una carrera para trabajar en algo que nos gusta y no en dónde nos quieran poner. ¿Deberían funcionar de una vez las especialidades? Podría ser la solución. Otra que se me ocurre es proteger , reforzar, cuidar al personal de los servicios más conflictivos, con cursos o con supervisores que realmente se preocupen por su gente.
         Ahora en mi nueva parada, hemodiálisis, hasta he ido a un congreso en Valencia (con los gastos pagados incluida una cena de gala que para una inexperta congresista como yo no podía ni creer). En fin, otro mundo.

         ¿Sabéis qué me asusta? Que se me olvide. Que me acostumbre. Poseo un don para la queja que puede vencer a las comparaciones que le proyecte mi memoria cuando pasen unos años y la novedad se vuelva costumbre.
         Respecto a este blog, pronto reanudaré mis entradas con anécdotas, con vivencias, más que nada porque probablemente el mes que viene haga noches y estaré sola, solita, sola ante el peligro (miento, los móviles de mis expertos y apiadados compañeros estarán encendidos). Seguro que Murphy (el de la ley) ya se está preparando para troncharse conmigo, lo que no sabe el muy cachondo es que ya le despellejaré yo por aquí.  
        
         Y me despido subrayando lo que he escrito en uno de los párrafos anteriores. Si no te gusta donde trabajas, ¡huye en cuánto puedas! ( o al menos inténtalo, seamos realistas, no está la cosa como para andar tiquismiquis). Pero como dice Bebe en su último disco, que aprovecho para recomendar:
         
          «Si no arriesgas no ganas y mueres en la espera.
          Escupe el trozo de manzana que te hizo dormir,

          la vida es para ti... »

domingo, 14 de junio de 2015

NO QUIERES CALDO, DOS TAZAS.

        Harta estaba de oír los tópicos castellanos, tengo una madre que creo que se los sabe todos, pero con la edad me empiezo a dar cuenta de que esas frases heredadas de nuestros antepasados esconden más verdades que La enzima prodigiosa.
         ¿Sabéis que me he cambiado de hospital? Pues sí, me armé de valor y decidí optar por el cambio. Ahora bien, una cosa era el hospital y otra muy distinta el destino final, el servicio en el que me tocaría trabajar.


         Fueron unos días de locos. Todo el mundo pendiente del BOCAM, para en el mismo momento en el que saliera la resolución, renunciar a tu hospital e ir al día siguiente al nuevo... Y si no lo sabéis, lo del papeleo, y tanta visita a "impersonal" (como he re-bautizado a la unidad de personal), pueden hasta con los nervios de Mimosín.
         Para darle un gotita más de emoción, había que llegar el primero al nuevo hospital para elegir el servicio. Como veis, un método de elección de los más justo, currado, lógico y apropiado, bromas aparte.


         En mi nuevo hospital hubo quien hizo noche, en plan mochilero, para asegurarse una de las cinco mañanas que ofertaban. Yo soy más vaga que Niebla, la perrita de Heidi, pero, al menos, decidí madrugar. Mi propósito no era tan ambicioso como un turno de mañana, el mío era claro y concreto: todo menos geriatría (y que los abuelitos me perdonen). No quedé tan mal, llegué la doce de unos veintiséis... y entré al despacho donde me esperaban Las Jefas.
         Sonrisas, amabilidad y facilidades, eso me encontré. Yo no mentí, les conté lo de mis nueve años en interna, pero ellas me ofrecieron cualquiera de los servicios que quedaban: UCI, Neonatos, Urgencias, Geriatría (¡arjj!), Quirófano, Medicina Interna (jajajaja) y Hemodiálisis.
         —¡Venga, va! ¡Hemodiálisis!
         He de añadir, que una compañera mía auxiliar acababa de elegir ese destino y dije que me iba con ella, que era una crack.



         Aquello nada tiene que ver con nada. Aquello es un mundo lleno de máquinas (eso, bien), fístulas, sistemas con más salidas y entradas que el alcantarillado de Madrid, y pacientes crónicos...
         Bien. Me gusta aprender. Me motiva. Bien.
         Mal. No mola estar perdida. No mola que los pacientes no se fíen de ti. No mola sentirse insegura hasta purgando una bomba. Mal.
         Y pese a que estoy más bien que mal, casi todos los días, he de explicaros el título de esta entrada:
         Por todo enfermero es sabido que para paciente "especial" los de nefrología. Ahora puedo ratificarlo, subrayarlo con fosforito, y decir: ¡no querías caldo, pues dos tazas, guapa!
         ¡Madre santa! ¡Es que no se cortan ni un poco! Hay quién no siente ningún pudor en decir delante de mí:
         —Ésta que no me piche
         —Ésta que no haga la diálisis.
         —Ésta que no maneje mi catéter.



         Con razón, más de uno se ha ido al baño a llorar, cómo te pille floja te hunden en la miseria. No todos, obvio, sino, se me habría puesto el culo como un tambor de no moverme (acabo de entender porqué estoy engordando, si como lo mismo). Hay quién es amable y valiente y no le importa que esta enfermera nueva, con cuatro trienios, se acerque. Hay a quién no le distingo cara de terror, ni temblor del labio inferior, si ve que preparo el campo para pincharle... GRACIAS ( a esas buenas almas pacientes). Y ahora perdonadme estas ordinariez: pero si los clientes de interna los tenían cuadrados, estos los tienen octogonales y como el caballo de Espartero.
         Me he hecho con un montón de refranes para aprovecharme de la sabiduría popular y mejorar mi estado anímico cuando los males puedan a los bienes.
         Tiempo al tiempo
         Nadie nace aprendido
         Paciencia que es la madre de la ciencia
         No hay mayor desprecio que no hacer aprecio
         El tiempo pone a cada uno en su lugar
         Más vale malo conocido...
         El que la sigue la consigue (o la persigue como dice mi primo Chuchi).
         Quien adelante no mira, atrás se queda
         No hay rosas sin espinas
         A camino largo, paso corto.
         Nadie dijo que era fácil



         Os iré contando mis progresos y mis kilos de más.

        
        
        


lunes, 27 de abril de 2015

MARAÑAS


         Hoy he renunciado a trabajar en mi hospital. Hoy he ido y he pedido el cese. Mañana me incorporaré en otro área y debido a la rapidez con la que se ha acontecido todo, a estas horas del final de este último día, desconozco que sentir.


         Comprendo que habrá gente que asuma los cambios al ritmo que estos se producen, pero no es mi caso. Cuando viajo a algún país extranjero tardo días en percatarme de que no estoy en España; pues bien, mañana viajo a mi extranjero laboral. A un extranjero incierto, incógnito, porque yo no conozco más que mi antiguo planeta. Y sigo sin saber qué sentir.





         Catorce años, y sumándole tres de la carrera, por esos viejos pasillos que terminan en habitaciones y despachos con las mismas arrugas. Un  macro hospital, con miles de trabajadores anónimos, pero rara vez no conozco una cara cuando camino por allí. Un hospital en el que nací como enfermera, y aprendí, me ilusioné, me motivé, pero también, me cabreé, me cansé, me desmotivé, tanto, que terminé escribiendo un blog que lleva por nombre: Soy enfermera y me enfermo cada vez que lo pienso.
         Navego a un planeta más pequeño en el que no conozco ni a un alma. Acojona. Me voy a no sé qué turno y con qué planilla. Acojona. Pero me voy, y me surgen unas cosquillitas de nervios, y de ganas, que me dan la energía para valorar que he hecho bien. Debía ser consecuente, no podía pasarme la vida quejándome y cuando por fin, por milagros del destino y gracias a que alguien hizo el examen de oposición madrileña más confuso habido (y espero que por haber), favoreciendo a los que habíamos estudiado poco, (de puro extraño), se me ofreciera la oportunidad de cambiar, y me acobardara para no subirme a la nave.
        

Y allá voy... el día de la elección de hospital en la calle Sagasta, fue mucho más emocionante de lo que imaginaba. Aquello era el Corte Inglés comparado con el Día, lo digo porque nos atendieron los trabajadores administrativos más simpáticos, sonrientes y facilitadores que me he encontrado jamás... hasta llegué a fantasear «¿será así mi nuevo mundo con plaza fija?». Cuando me vi frente a la risueña mujer que esperaba a que le enunciara mi destino, hecha un mar de dudas y al borde de la lágrima, me armé de valor y opté por el cambio (muy al hilo del panorama político actual). Una amiga que me acompañó grabó ese momento y cada vez que lo escucho me engancho cada berrinche... soy de lágrima fácil, ya os lo he comentado en más de una ocasión. 
         Sí, a partir de mañana, seré funcionaria. Mola. A partir de mañana tengo trabajo fijo. Mola. Se acabaron los test, las academias, y los papeleos anuales para la bolsa (no creo que haya nadie que deteste tanto entregar papeles como yo). A partir de mañana cambio de planeta y sigo sin saber qué sentir. Una maraña de emociones se pelean por el protagonismo y es por eso, que padezco de una neutralitis rara en mí, (¿estaré en shock?, probablemente, porque a quién le haya dado tiempo a digerir tanto cambio a esta velocidad pre-electoral, debe ser un súper inteligente-emocional). Imagino que en unos días, cuando aterrice, comenzaran a surgir los sentimientos y me desneutralizaré . Imagino que añoraré todo aquello y a todos aquellos que han formado parte de mi vida laboral, de mi planeta desde los dieciocho años. Imagino que lloraré (eso, por descontado).
         «¿Sabré ser enfermera en otro planeta?», mi gran duda, tonta, pero es que lo que se me pasa por la cabeza, nadie dijo que yo fuera lista.
         En fin, os mantendré al día. No sabéis cómo me gustaría re-bautizar al blog, en unos meses, con un nombre más motivador... habrá que esperar.
         Mucha suerte a todos los que hoy os sentís como yo, con un futuro incierto, pero prometedor y, desde luego, ánimo, para los que esperan a que nos incorporemos los fijos para saber si mantienen su empleo o no. Esta vez estoy en el lado bueno de la balanza. De cualquier forma, con mi maraña o neutralitis emocional, os deseo a todos, lo mejor.



jueves, 12 de marzo de 2015

Lo que no se cuenta de las habitaciones del hospital.

        Las habitaciones en éste, mi hospital, son tan pequeñas que en ocasiones cuando el paciente es obeso se impide que ingrese nadie más en la cama de al lado porque no entran dos… Daos cuenta.



         El aseo de nuestras “suites” no tiene ducha, ni ventana, y si se quieren lavar, en serio, y no como los gatos, han de ir a la ducha compartida (por turnos, no como en la cárceles, algo de nivel tenemos).
         Imaginaos la de cábalas que hacemos con el mobiliario para introducirnos el aparato de la tensión y nosotros, y no os digo nada el electro o el desfibrilador. En una ocasión la intensivista (médico de UVI que llamamos cuando hay una parada), antes de saludar (suelen ser de lo más majos), no había puesto un pie en la habitación cuando gritó:
         —¡Sacad los muebles! —De primeras nadie la hizo caso, creíamos que sería cosa suya, una especie de lema, pero cuando lo volvió a gritar con cara de pocos amigos (cosa rara, rara), los armarios y sillones salieron a toda mecha al pasillo; otra cosa, no, pero bienmandás
         Somos como el vecino cansino de arriba que siempre anda arrastrando los muebles a horas inhóspitas (¿de ahí vendrá esta palabra?).
         Pero yo no quería hablaros de eso, yo quería explicaros (y que me creyeseis), que en esas minúsculas habitaciones se cuecen cosasss y que después de muchos años trabajando allí ya les he pillado la cocción y os las voy a desvelar.
  Os cuento:

         Hay habitaciones anquilosantes. Sí, hay dos o tres habitaciones en mi planta que paciente que entra ahí, paciente que se anquilosa meses y meses. He averiguado que son habitaciones que tienen el poder de infectar, sobreinfectar, deshidratar, ulcerar o vete a saber qué artimañas para que el cliente permanezca días y días pasando las de Caín.
         Hay habitaciones timbronas. Sí, estas poseen el poder de adueñarse del alma de nuestros clientes y provocarles que se pasen su estancia enganchados al timbre de enfermería. Hombre, el timbre, es algo muy goloso, yo lo entiendo. Tú llamas por cualquier cosa que se te ocurra y al poco (sí, al poco, por mucho que se quejen, al poco), te aparece alguien que te ayuda y te apaga la luz, cierra la ventana, o te da ese vasito de agua que tenías en la mesilla y a tus brazos perezosos les costaba amarrar. Si se hiciese un estudio del índice de llamadas éstas ocuparían el número uno.
         Hay habitaciones “yuyu”. Si yo ingresara en mi planta (el ocaso no lo quiera), la mieditis se apoderaría de mí sentido común si durmiera en ciertas habitaciones en las que han sucedido episodios extraños: fallecimientos inexplicables, increíbles complicaciones y sucesos paranormales con una llamativa periodicidad.

         Hay habitaciones olvidadizas. Suelen ser las últimas del pasillo y tienen el extraño poder de lograr que se te olviden las cosas y tengas que volver a recorrerte el pasillo en varias ocasiones. Podrían llamarse, también, “matapiernas”. Yo creo que están hechizadas por fabricantes de medias de compresión… (ahí lo dejo).
         Hay habitaciones históricas. Un paciente ha hecho historia en esa habitación y la habite quién la habite, siempre queda un poquito de él. (Se lo dedico a Joaquín y a su familia).
         Hay habitaciones fiesteras. Por lo que sea, suelen ingresar los pacientes con más familia y amigos de España y siempre están llenas de vidas humanas dentro y en los aledaños (pasillo). Un gusto, vamos.
         Hay habitaciones alucinógenas. No puede ser casualidad que los pacientes más desorientados, a los que “se les va” y no hay haloperidol que les haga volver, siempre ingresen en las mismas camas, no. Aquí hay gato encerrado…

         Como veis, le tengo pillado el truco a la planta. ¡Ah! no os desvelo el número de las habitaciones, ni el hospital, por no asustaros si ingresáis allí, pero os aseguro que cada una de esas habitaciones tiene nombre.
         Si al final me voy, con mi futura plaza fija, (¡lalalalalala!, canto de felicidad), investigaré nuevos fenómenos. Os tengo al corriente.
         Si os he dejado intrigados, venid mañana a la presentación de Crimen se escribe con A y veréis lo que es bueno.


         Besitos.


sábado, 21 de febrero de 2015

LA SEMANA DE LA MARMOTA

     Ya en el vientre de mi madre hube de tenerlo todo manga por hombro, como si lo recordara… el cordón por un lado, la placenta desordenada, yo (en bebé) en las posturas más extrañas... Así lo continúe en mi infancia y adolescencia. Los cuadernos, libros y ropa se hacían un hueco en mi pequeña habitación, siempre con el miedo (tras la amenaza constante) de ser enviados a la basura por mi ordenada y amenazadora madre.

         Cuando me independicé, me convertí en la mujer más ordenada del mundo… Ja!! Sin nadie a quién dar explicaciones (mi esposo es la paciencia y la serenidad en estado puro), pues imagínate. A ver, tampoco os paséis, que os ponéis a imaginar y tenéis un peligro… No tengo cajas de pizza tiradas por el suelo, ni colillas (en plan casa yanki de estudiantes universitarios), pero que mi ropa podría estar más colocadita, pues sí.
         ¿Y a que viene esto? Pues viene a que la enfermería no me ha ayudado en nada con este problemilla. Los cambios de turno y el librar vete a saber qué día, me han hecho, si cabe, más desastre.
         Yo sé qué días trabajo de semana en semana. Para mí los lunes pueden ser buenos, porque igual los libro, y los fines de semana una pesadilla porque los trabajo. Pero no solo es eso; hay semanas que curro por las mañanas, por las tardes y por la noche. En ese jaleo de jornadas no hay rutina posible.
         Esta semana el orden natural ha entrado en mi vida y he trabajado de lunes a viernes, en el turno de tarde. Cinco tardes como cinco soles. Ayer a las 21h, creía que mis piernas eran de cemento armado y los suspiros de cansancio competían en número con los pestañeos. No podía más. Exhausta. (Recobre energía cuando llegué a casa y me comí todo lo que había y casi tengo que bajar al chino a arramplar con los helados).
         Se me ha hecho pesado, pesado, pero es que mis pacientes eran de lo más monótonos. Pareciera que el que mueve los hilos me los hubiera puesto adrede. Todas las tardes se repetía lo mismo… Aquí os cuento las cinco tardes de la marmota:

         Paciente de habitación 1: Señora con una úlcera en pierna que está pasando las de Caín, Ana Frank y Nelson Mandela (por decir), y que hay que hacerla curas cada doce horas para molestarla un poco. ¡Ah! Esto lo tengo que contar: ahora a los dermatólogos, que deben de ser de una corriente vintage, les ha dado por pautar curas con lejía. Sí, lejía, lejía. No habrá productos mejores en el mercado, ¡qué va! Pues allá voy todas las tardes a sumergir la pierna de la pobre mujer en un cubo de fregona (de lo más vintage) con lejía, para que ella vea las estrellas y a mis familiares (se acuerda siempre de ellos, fijo). ¡A lo que voy! , que me enrollo: la señora tiene una hija que me pone frenética (he de desahogarme) ¿Por qué? Porque siempre que me ve me dice «nena, cariño» y suelta una perlita detrás.
         —Nena, cariño, ¿sabrás que tienes que curar la pierna de mi madre?
         (Llevo cinco tardes curándola, se debe pensar que soy mema)
         —Nena cariño, ¿quién es la enfermerita que va a curar a mi madre hoy?
         (¡Enfermerita! Casi me ahogo cuando la oí). He de añadir que la susodicha trabaja en el hospital en el servicio de limpieza, pero no la conocía.

         Pacientes de la habitación 2:
         Un señor al que todas las tardes cuando he ido con las pastillas para la cena, me ha preparado un cisco de película de Alex de la Iglesia. Que sí cuáles me tomo, que por qué me das dos iguales, que si me tomo también las que traigo de mi casa… Y después, todas las tardes, lo prometo, venía con el vasito a preguntarme que si esas pastillas eran para tomárselas con la cena… ¡Arjjj! El caso, es que el típico que va en plan listo y parece que el tonto eres tú.
         Paciente de al lado y su señora:
         Una señora que no daba puntá sin hilo. Que me ha hecho plantearme a diario mi umbral de la susceptibilidad. A veces pensaba que sus malas formas eran fruto de mi imaginación y al segundo, que era la señora que aunque con cara de ancianita, iba cargada de frescas para soltar.

         Paciente de la habitación 3:
         Aceptables… excepto porque a partir del martes a uno le dio por llamarme «cara bonita» a todas horas. Y no es que sea un apodo ofensivo, no, pero yo no estoy allí por mi cara bonita (que además no la tengo, aunque vistas con cataratas, pues quizás sí). Lo arregló cuando me dijo que parecía que tenía ventipocos años (cataratas, ya os lo he dicho).
       
        Pacientes de la habitación 4:
         Dos abuelitas. Majas. Incluso una de ellas celebró su 93 cumpleaños con nosotras. Pero todas las tardes me tocó pincharle en el culete unas vitaminas, y sin excepción, esta era la rutina:
         —Gírate que te voy a pinchar.
         —¿Dónde? —sorprendida.
         —En el culete.
         —¿El qué? —ojiplática.
         —Las vitaminas.
         Y cuando la pinchaba, siempre, siempre  decía.
         —¡Ah, esta duele! —sorprendidísima.
         La abuela ya os digo que era un sol, pero a lo que voy, es que se repetía como la morcilla.
         
         Pacientes de la habitación 5:
         Uno siempre cansado y el otro tosiendo. Excepto por las mañanas cuando pasaba consulta el médico, que se ve que se curaban ipso facto o que se esperaban a contármelo a mí por las tardes…
         
         Paciente joya de la corona:
         Uno que no era mío (que no estaba a mi cargo, vamos), pero que desde las ocho de la tarde se colgaba del timbre como si le dieran billetes de cincuenta por cada vez que llamase. Y como a la tercera no funcionaba, pues tiraba de garganta:
         —¡Enfermera! —Tono tenor. Es probable que lo hayáis oído en vuestras casas.
         Podría relataros más, tengo cuerda para rato, pero no quiero ser monótona…
         Hoy sábado, a unas horas de presentar por primera vez Crimen se escribe con A solo se me ocurre decir:
         
 ¡Viva el caos! ¡Abajo la rutina!
        


         

viernes, 6 de febrero de 2015

Un poco de frivolidad para estos tiempos revueltos

      Lo reconozco. Soy de esas mujeres que cuando tienen un evento (y con ello incluyo una cena en casa), se devana los sesos por la problemática universal, y tirando a femenina, del «qué narices ponerme si no tengo nada».


      Y eso me lleva a pensar en la suerte que tengo de trabajar en pijama. La de migrañas que me ahorra y gasto en trapos varios, que ya de por sí es insultante.
      Reconozco que cuando empecé en esta profesión y era una veinteañera presumida, me daba un poco de envidia compartir vagón de tren con gente que iba con modelazos a la oficina y me decía a mí misma que me había equivocado de profesión, que yo tenía armario para lucirme. Pero ahora, con unos añitos más, y más liada que Arturo Valls, me alegro infinito de todos las tardes calzarme mi pijamita y ¡al tajo!



     Hasta reconozco que algunos días repito la indumentaria con la que iba el día anterior… ¡Esperad, no dejéis de leer y me cataloguéis de cochinaza! Pensad que hay días en que me visto, salgo de casa, cojo el coche, subo a la planta y me quito la ropa (30 minutos) y la misma cansina secuencia para volver. En total una hora… si lo piensas bien, podría repetir modelo una semana entera e iba más limpita que muchos.
     Lo de que me quito, me pongo, y me vuelvo a quitar es de lo más aburrido e incómodo. «Una no puede ir bien peinada nunca»… al menos tengo que dar las gracias a la época que me ha tocado vivir por no tener que llevar cofia, “el mata volúmenes capilares”.
       ¡Porque mira que ha cambiado nuestro uniforme! De faldita tipo peto y cofia, a pantalón y chaqueta estilo… no hay estilo alguno, es horrible, pero cómodo; excepto cuando te toca un pantalón más ajustado de lo que la talla expone o una chaqueta con botones rotos; pero haciendo gala de la improvisación que nos caracteriza, gastamos esparadrapo para hacer los usos del extraviado botón, y nos pasamos el turno preocupados porque el esparadrapo no se despegue.¡¡Lo que no invente una enfermera!!O mejor: ¡¡lo que no se pueda conseguir con un poco de esparadrapo!!

     Porque al que no lo sepa, en mi hospital compartimos pijamas. Todo es de todos… qué bonito y qué mal nos llevamos, ¡leche! Tú cuando crees que has usado tu pijama suficiente (en ese tema prefiero no ahondar), lo echas a la tolva y pides otro a una maquina muy chula que no entiende de géneros ni de escrúpulos. Es por eso que te puede tocar uno más corto de pierna, o arrugado como un chándal de los ochenta, o estrecho tipo leggins o amplio como un rapero. Pero que yo me lo pongo, me quede como me quede, sin recatos, ni cursilerías, ni frivolidades. Y pienso: Irene vas a salvar vidas, qué más dará cómo vaya vestida, cabeza alta.


     Esta entrada os puede quitar los miedos a los que no sois sanitarios y vais al hospital. Si os aburrís o sentís por nosotros lo mismo que los ricos hacia los inspectores de hacienda, fijaos en cómo nos sientan los pijamas, es lo más parecido a pasarela Cibeles que te puedas imaginar. Nos faltan los accesorios ( la teoría dice que no debemos llevar, subrayo la teoría), porque las transparencias están a la orden del día; los pijamas de tanto lavarlos pierden espesor, por eso es raro no conocer al dedillo la ropa interior de tus compañeros.
      Nuestros uniformes se lavan a altas temperaturas para desinfectarlos, desratizarlos, despiojarlos, y todos los «des» que se os ocurran. Aunque yo últimamente, aludiendo a mi entrada anterior de la gripe, estoy empezando a creer que deberían lavarlos menos. Que nuestros pijamas crean su propio ecosistema. El estafilococo, la kleibsella, el rotavirus, etc.., campan a sus anchas luchando por hacerse los reyes del pijama y se olvidan de invadirnos a nosotros. Dadle alguna vuelta que igual de aquí sale mi premio nobel.
     Hay quien a pesar de todo, innova y dobla las mangas, o va con la camiseta del pijama desabrochada y por debajo envuelta en una camiseta ajus/escotada para que todos disfrutemos de sus prótesis (o no, pero a mí me da que sí). Si trabajáis en mi hospital os vendrá alguien a la mente… El antes muerte que sencilla hay gente que lo lleva a límites cuestionables.
Y ahora os tengo que dejar, tengo una cena esta noche con mis compañeras de pijama y como no nos vemos nunca con ropa, he de esmerarme.

    PD: Crimen se escribe con A ya está en todas (o algunas) librerías. Contádselo a todos vuestros amigos, que me piten los oídos, cualquier cosa que se os ocurra para que esta peculiar novela le llegue a mucha gente. Os necesito.

http://www.amazon.es/Crimen-escribe-Irene-Fern%C3%A1ndez-Bl%C3%A1zquez/dp/8494321455

lunes, 26 de enero de 2015

GRIPE SE ESCRIBE CON A

       Hay una absoluta protagonista estos días por el hospital. Y no es ni Belén Esteban y lo que cobra por malograrse en Gran Hermano VIP (¿de verdad VIP?... ¡qué bajo tenemos el listón, madre santa!), ni Cristina Pedroche y su aparente gordura (para mí quiero sus kilos), ni Sovaldi, ni Olysio (los nuevos tratamientos de la hepatitis C que inexplicablemente no llegan a España). No, estas dos últimas semanas en mi hospital, y podría aventurar que en todos los de España, la absoluta estrella es la GRIPE que se apellida A.

         
       Los pasillos de las Urgencias están como los de los centros comerciales en Navidad. Las citas de atención primaría se demoran días por el colapso, y ¿todavía dicen los expertos que no hay datos de epidemia?… Porque es lo que dicen y yo a los expertos los creo...  entonces ¿qué estamos haciendo mal para que haya tal nivel de saturación? Se me ocurre: cerrar plantas, consultas, ir justitos y a la que hay un imprevisto caer al vacío sin paracaídas ni colchoneta (hay que jorobarse ¡con lo que pagamos de Seguridad Social!); pero solo se me ocurre… yo no digo nada.

         El estrés que se está viviendo desde hace dos semanas en mi hospital es de lexatín cada ocho horas, y psicólogo de por vida. Yo sueño hasta con que el médico de admisión me llama cada 10 minutos para presionarme porque ha de subir a los enfermos a la planta pero a mí todavía no se me han ido los que han dado el alta( ¡a no, que eso es verdad!); pero sí que sueño con que la supervisora nos llama cada cinco minutos para que les rogemos a los pacientes que recojan rápido y se marchen de una vez a sus hogares ( a no, que eso es verdad); ¡va!, pero sí que sueño con que suben los pacientes de urgencias, sin avisar, y todavía no está preparada la habitación, tocándoles esperar en el pasillo ( ¡aysss, esto también es verdad!). Si es que no sueño, con tal nivel de estrés, duermo fatal.
         Lo que sí que hago es cuando suena el teléfono en mi casa no cogerlo… por si es el médico de admisión y me quiere traer un paciente (como se entere de que me sobran dos habitaciones, veras tú).


         Y aquí viene la explicación del título de esta entrada. Sabéis que acaba de salir mi nueva novela y la cosa va de misterio… pero me he dado cuenta hoy de que más misterio que tiene la gripe, nada, señores. ¡Amenábar, estate atento que te voy a dar ideas!:
         ▪¿«A» de qué? ¿Me lo explica alguien? De:
                            Asusta (mucho)…
                             Altamente contagiosa…
                             Astuta (no hay vacuna que valga)…
                            Asquerosa (por los mocos)…
                            Arpía (mala)…
                             Ardorosa (por la fiebre)…
                            Álgica (dolorosa)…
         ▪¿Realmente la vacuna de la gripe sirve para algo? ¿Serán de suero salino limpio? Me lo empiezo a plantear…
         ▪¿Y el Oseltamivir o Tamiflu? ¿Os suena a placebo?
         ▪¿Por qué se llama Tamiflu? ¿Es familia del Tamagochi? ¿Cuesta 70 euros la caja de diez cápsulas? Porque sí es así, Pablo Iglesias, ¡al loro!, hay un nuevo rico por ahí… ¡Ataca!
         ▪¿Hay personas inmunes? Porque yo, ayer, de las diez habitaciones que tenía a mi cargo, seis eran aisladas y casi todas por gripe A. En estas últimas semanas se han dado muchos casos de pacientes que después de llevar varios días ingresados en nuestra unidad, nos avisa preventiva de que es portador de la Gripe A y me la he comido con patatas (no en sentido literal, es una frase que usamos mucho). Y, misteriosamente, hoy que libraba (uno siempre se pone malo los días que libra)… ¡me he despertado sana! Tengo un subidón del tipo Supernurse. Espero no enfermar ahora que estoy en plenas negociaciones con Marvel para que haga un cómic mío.


         Os debo una disculpa, hacía tiempo que no escribía en el blog. Entre el estrés, el sueño, la promoción de Crimen se escribe con A, las 73 horas que debo, y ponerme el termómetro, no me da la vida para blogs. Perdonadme queridos míos. Espero que me entendáis y no dejéis de seguirme… una heroína como yo, inmune a la Gripe A, sin sus fans no es nadie… (me voy a poner el termómetro de nuevo porque creo que empiezo a delirar).
         Besitos!!!