miércoles, 29 de octubre de 2014

AL PAN, PAN Y AL VINO... DÉJATE DE VINOS

    —Ya puedes empezar a tolerar. Ahora te traemos una manzanilla.
         —Manzanilla, no sabéis como matarme —Tono hostil. Mujer, cuarenta y tantos, ingresada en medicina interna.
         —Hombre, pues con manzanilla seguro que no. —Yo, algunos años menos (amante de las infusiones).

         El tema de las dietas en el hospital es para hacer una tesis doctoral, pero de años y años. Yo, por si alguien se anima, le regalo un posible título: El pitorreo.
         Desde que en mi hospital pedimos las enfermeras las dietas, mediante un programa informático, nos pasamos el turno cambiando biscotes por galletas, café por cola- cao, y natillas por yogur… ¡Apasionante! Es que me encanta, ¡me encanta!, ser conocedora de los gustos culinarios de mis queridos pacientes. No pensaba yo, cuando era una alumna de enfermería, tampoco me lo explicaron en la carrera, que una de las mayores preocupaciones de nuestros usuarios era que no le llevasen mantequilla para untar las galletas.

         Por una parte me demuestra que nuestros pacientes tienen un paladar exquisito, claro que no tienen dientes casi ninguno, pero paladar ya os digo que sí. Se ve que la dentadura, al ocupar espacio, limita a las papilas gustativas, pero cuando la pierdes, aquello es un sinfín de sabores… otra posible tesis doctoral (yo os doy ideas).

         Lo que no me gusta es que me mientan, eso no está bien queridos usuarios… No finjáis alergia al pescado o a la coliflor o al repollo solo porque no os guste, que se pilla antes a un mentiroso que… ( si es que alguno ya venís cojos, ¡leche!). Y no digáis que no sois diabéticos porque al compi de al lado le han traído bollito en el desayuno del domingo y a ustedes galletas, que vuestra salud está en juego (¡un poquito de reflexión!); y no aseguréis que no tenéis hipertensión  o nos pidáis saleros por lo bajini en plan cómplice.
         La comida y la post- comida, (estoy pensando en abrir una tienda de laxantes), es la mayor preocupación en las necesidades de nuestros usuarios. Que no han orinado en toda la tarde, desconocen el funcionamiento de los cacharos que cualquier paciente que se precie tiene en la mesilla (sí, los inhaladores); no pasa nada. Pero si no les gusta la cena, ya se encargan ellos de hacértelo saber. Si el pollo está seco…¡ al control de enfermería, que estas chicas no tienen ni idea de sacarle juguito al pollo! Me imagino que no dudareis de que esta servidora les explica que no cocina el pollo. «Ya, ya…mujer, si es para que lo sepas, jijiji», pero al día siguiente te los vuelves a encontrar en el mostrador dándole perico al torno, porque el filete es una suela y se nos ha pasado el arroz, «claro, estáis todo el día en el ordenador y así no se puede».
         El tema de la deglución es otro cantar. Yo es que de verdad no asimilo como alguien que no puede masticar la fruta, sí que puede con la ternera. Hay una vertiente muy graciosa: la de la cremita de primero, y de segundo lo que le echen; pero la cremita por descontado y qué no se la lleven, que verás tú. Yo, por no desconfiar, cavilo que quizás la crema templa sus mandíbulas para que luego puedan despedazar cualquier alimento… (otra tesis).

         Cada vez es más difícil encontrar una dieta de un paciente sin observaciones, que nada tienen que ver con su recuperación: no leche en tardes, no pollo, sí pan, no galletas, zumo de melocotón, no de piña, no manzanilla, si té… Además que por el diseño del programa informático hay un espacio diminuto, máximo veinte letras, y te las tienes que ingeniar para que te quepan todas sus peticiones. Lech sol me, caf de, no yog si nati…
         ¡Normal que luego venga lo que viene! Pero mira, mejor, como nos den más espacio nos hacemos un recetario en cada turno.
         Y ya acabando, (al final hago la tesis yo), no me podía despedir sin desahogarme. En ocasiones, hay pacientes que se les pauta dieta especial. Viene a ser, que pueden elegir cualquier cosa que halla en la cocina ese día… ¿pero ellos cómo lo saben? ¿Les hacen un tour? ¡Aahhh, no, claro! Para eso estamos nosotras, las diplomadas o graduadas. Ya llamas tú a cocina, (te lo cogen, que no es fácil), apuntas en una hojita el menú, vas a la habitación a dilucidar con el usuario y elaborar la minuta (cosa rapidísima), y de nuevo llamas a cocina (descuelgan a la primera) y les recitas plato por plato la comanda, y la de cocina te grita ¡Oído!, (muy Máster chef el asunto)… Enfermería en estado puro, no sé de qué me extraño.
         Y ya que estoy voy a soltar, como si nada, así en tono fresquito un último apunte… Usuarios del hospital, si no os complace algún platito de la vianda, tomároslo con calma, ya se sabe… como en casa… el hospital tiene cafetería y máquinas con comida. (Lo escribo con letra pequeña para que no lo leáis.)




         Beso a todos!!!
         

viernes, 10 de octubre de 2014

4 de octubre. Oposición de enfermería. 1600 plazas, 43000 opositores.


        
         Ahora voy a proceder a contaros mi experiencia… lo estabais esperando, ¿eh?:
         ▪Viernes 3 de octubre, 22 horas. Decido no cenar mucho, no vaya a ser que me indigeste y no pegue ojo, (no me ha pasado en mi vida, tengo un estómago saco), pero por si las moscas.
         1 de la mañana. Me aseguro, dos veces, de haber puesto mi despertador, «mira que si me duermo y no llego a la oposición»…
         —Cari, pon también el tuyo, anda —. Mujer precavida vale por dos.
         ▪Sábado 4 de octubre, 7 de la mañana. Me despierto sobresaltada, «¡Ahhhhh! ¿Me he dormido?» No, menos mal… «Pues voy a seguir repasando». Sí, lo hice, lo he hecho toda mi vida, repasar la mañana antes del examen. Que sí, que ya, que todas la teorías se empeñan en promulgar que no se debe hacer, pero que a mí me funciona. ¿A nadie más? Yo no tengo memoria, bueno algo he de tener, pero debe ser como una aceituna de bote y he de aprovechar hasta el último minuto.
         8 de la mañana. No me entraba nada en el estómago, era la primera vez que iba a una oposición medio preparada, (preparada entera era imposible, viendo lo visto). Lo llevaba todo con esas archifamosas “pinzas”, y tenía la firme convicción de que al sentarme en el pupitre, las pinzas se iban a romper y mi esfuerzo estudiantil se iba a ver arrastrado a las profundidades de mi espacio subaracnoideo.


       Y como soy muy sincera, y no me importa admitirlo, decidí apostar por la farmacología, que para eso me la había empollado, y tirar de cierta pastillita rosa que beta bloquea a la adrenalina.
         8.20 de la mañana. De copiloto, seguía repasando las escalas. Mi par al volante, al pobre le hice madrugar porque yo sola no me atrevía a ir a Somosaguas. Menos mal, porque en varios momentos me estresé de lo lindo (la pastillita rosa todavía no estaba surtiendo efecto). Es que el atasco para entrar, para aparcar, la búsqueda del pabellón y el gentío vagando de un sitio para otro, no ayudaron mucho. Ver a esa muchedumbre, (ni que regalaran discos de Melendi), que va a lo mismo que tú y sabes por las bases que has de ser de las 2400 mejores para obtener plaza, te hunde en la miseria. Pero encontramos el pabellón con tiempo, conseguimos una botella de agua y esperamos a que abriesen. Y abrieron.

         Me busqué en la lista de clase. Era la 28. Me encantó, me considero una fan declarada de los números pares, a los impares los tengo manía.
         ¡¡¡Las diez!!!
         Comenzaron a nombrar con voz clara y potente en otras aulas y justo a la portavoz de mi clase no se le oía nada. «¿Y si no me entero, no entro a tiempo y no me dejan luego pasar?» (la pastillita, como intuís, no estaba funcionando todavía) «¡Ayssss!» Me pegué cual una raposa (frase de la Venganza de Don Mendo) a los de la primera fila del corro que se había formado para intentar entender su nombre entre los susurros de nuestra responsable de aula.
         —Irene Ferb… —Jiji, me llamaron de otra manera, pero para vosotros soy “la Ferb”.
         Vuelco al estómago, mira que sabía que me tocaba, pero… «¡mierda de pastillita rosa, no me hecho nada!»
          ¡Ahí voy! Pá dentro… «¡Dientes, Irene, qué les jode!». Me adentré sonriendo con mi DNI en mano. Feliz de no haberlo perdido; otro de mis runrunes, «¿y si me he dejado el DNI?, ¿lo tengo, no? mira a ver». Y lo revisé en esa mañana como cinco veces.
         Los exámenes eran titulares, vamos que venían con tu nombre. En los segundos que tardó en encontrar la responsable el mío… ¿Qué pasó por mi mente?, ¿está claro, no?: «¿Y si ahora no aparece?».
         Pero apareció. Y me indicaron donde sentarme. En un pupitre cutre, de esos que tienen la tabla a un lado, mientras que toda mi fila estaba en una mesa alargada con todo el espacio del mundo para dejar sus cosas. No me amilané. Me senté orgullosa; ese pupitre y yo podíamos hacer grandes cosas juntos.
         Mientras esperaba a que pasaran los demás, me entró un hambre atroz y tuve que tirar de unas galletas que tenía guardadas, con el consiguiente runrún «¿Se podrá comer? Mira que si me pillan y me echan», «¿pero y si en medio del examen se me ponen a sonar las tripas y me desconcentro?». Decidí arriesgarme y sigilosamente introducir trocitos de galleta en mi paladar.
          Cuando estuvieron aposentados todos, cerraron el aula, y yo las galletas… pero antes le preguntaron a mi par qué quién era. Se había sentado frente a la puerta de mi aula y cómo solo quedaba él, en el hall, se pensaron que era un opositor más. Su cara palideció unos instantes, se vio haciendo una oposición de enfermería. Cerraron. Abrieron la caja de exámenes y los repartieron. Cuando nos avisaron, los despegamos y… Vale, lo admito, tuve otro runrún al abrir el cuadernillo de preguntas: «¿Y si lo rompo al abrirlo y no puedo leer las preguntas?».
         ¿Se me reventaron las pinzas con las que tenía cogidos los apuntes?
         ¿Pude leer las preguntas bien?
         ¿Funcionó la pastillita rosa?
         …Ya se verá.
         Pero a mí no me extrañó el examen. Me explico: las preguntas sí, los fenómenos hermenéuticos, la lista esa de Washington y demás imposibilidades, claro que me cabrearon, pero yo ya sabía que iba a ser muy difícil. Tenían que hacer una criba, y la han hecho. Había varias preguntas asequibles (antídoto de las benzodiacepinas, Lalonde…) para, con suerte, llegar al corte de la bolsa y el resto extrañas y chungas para filtrar a los 2400 mejores (en el examen, repito, en el examen).
         El post examen, para qué contarte. Yo, feliz de haber resuelto este asunto, me fui a arrumacar a mi sobri-bebé, que la noche de antes me había deseado suerte de una manera muy especial.
         —Gusi, desea suerte a tu tía, que mañana se examina —con voz de pava en huevos.
         —Ppprrrrrrrrrrrr —Instantáneo, más listo que el hambre, me deseó mucha mierda.

         Esa tarde actúe, y tuve todo el rato la sensación de que me iba a equivocar; lo achaqué a que hacía unos meses que no actuaba, pero ahora entiendo que se debió a todos los runrunes que habían abierto el camino a mi inseguridad por la mañana. Durante ese fin de semana no busqué nada de nada. Las cosas como son, igual que soy doña rayaduras, me relajo y me abstraigo a las mil maravillas.
         Pero si hacer el examen es malo, corregirlo es mucho peor. Eso sí que es horroroso. Sé de buena tinta que todavía hay quién no se ha atrevido. Lo entiendo, cada vez que marcas una mal te pega un latigazo en las costillas que no se lo deseo a nadie... bueno sí, al consejero de sanidad. Yo, que no soy nada discreta, me inmole en público con mis compañeras de planta dictándome las respuestas.
         Pero no os creías que se me acabaron los runrunes, ¡qué va! Los siguientes a la corrección fueron: «¿firmé?» «¿me salí del cuadrado de firma?» «se habrá extraviado la caja en la que viajaría mi examen?» «¿Habré marcado bien las “x” y el lector las detectará?» «¿Impugnaran justo las que tengo bien?»…etc.
         Viernes 10 de octubre: Ya se me ha pasado. A otra cosa, mariposa. Con las que está cayendo en Sanidad, lo del examen es una nimiedad.
         Y ahora me pongo un poco más seria. Sobre impugnaciones o no del examen, respeto. Mucho respeto. Cada cual que considere y actué tras lo considerado. Lo que sí, creo que se ha abierto una veda, y a partir de ahora se intentarán impugnar todos los concursos. Porque te juegas mucho, y porque sentir que se han reído de tus dos años de preparación de la oposición, del dinero invertido en academias, de los momentos que te has perdido por estar estudiando debe doler mucho. Mi apoyo a todo el que se sienta así.