lunes, 23 de junio de 2014

No hay manera

Hoy de nuevo toca imaginar. Necesito tirar de todos mis recursos para dar con este enigma, con este rompecabezas que me taladra día sí y día también y ni lo resuelvo, y lo más grave, ni lo intento. He aquí…

         Pongamos a imaginar que mi cerebro es una lechuga, bueno igual me he pasado de grande, reduzcámoslo a una cebolla; sí, mejor, me pega más, puesto que soy una llorona.


Pues, en mi cebolla hay muchas capas, un montón, pero yo siempre he presumido de mi capita del sentido común,  de la de la responsabilidad, de la de mi decisión y mi arrojo (excepto con temas de mecánica, que soy un zote). Desde pequeña fui consecuente, crecí en una familia humilde y supe que para labrarme un futuro (y que me diera la paga mi padre todos los viernes), tenía que estudiar. Y así fue. Siempre aspiré a sobresaliente, hasta que vi que mi cebolla no daba para más, en concreto con la física de COU y en la carrera, pero siempre estudié para lograr la mejor nota. Jamás, y lo digo bien alto, me presenté a un examen sin estudiar… «¡qué vergüenza!», me instigaba mi capita de la responsabilidad.

         La carrera fue difícil, más que nada, por el poco tiempo que nos quedaba para estudiar. Superé el reto de tercero: que no te quedara nada para septiembre para poder trabajar en las suplencias de verano. Lo logré. Mi capita del orgullo se pavoneo ese estío.

         Y he aquí mi enigma:
         Llevo trabajando cerca de trece años, y tengo un contrato eventual (contratos que penden de un hilillo más fino que la capita de mi cebolla correspondiente a memorizar hechos históricos). Veo la tele, hablo con la gente, leo el índice de paro, entiendo a los morosos de mi portal que no pagan porque llevan parados tres años. Y además, suelo ser alguien con una actitud bastante empática, “podría pasarme a mí”… entonces, ¿por qué carajo (huevos) no estudio la oposición?

         Y no es que no lo piense, sí, sí. En mi cebolla se ha colado un gusanito fatigoso y runrunero, que anida dos o tres veces al día, en casi todas las capas de mi cebolla, y mientras las va atravesando padezco latigazos de culpabilidad. Todos los días. Y nada. El gusanito recorre la cebolla entera, generalmente en turno diurno, aunque cuando ataca por la noche, no hay quién duerma, y vuelve a la capa de salida al día siguiente, para hacer su irritante recorrido.
         ¿Qué les pasa a las capas de mi cebolla? ¿Están infectadas de pasotismo? ¿Se han descargado de responsabilidad? ¿Son mas vagas que Niebla?
         ¡Qué alguien me ayude! ¡S.O.S! Tengo que estudiar y mi cebolla canturrea constantemente la canción de Coque Malla: no hay manera, uohhhh…

         Lo malo es que el gusanito cada vez está creciendo más y más, de tanto bajar y subir por mi cebolla, y desde que ha escuchado que la OPE sale en septiembre se ha comprado un monopatín y hace el recorrido muchas más veces al día… La verdad es que el gusanito tiene mala ralea; cómo escuche que hablo con algún enfermero que me confirma que está estudiando, se pone a dar saltos en mi cebolla y el dolor llega hasta la boca de mi estómago… ya hasta ha aprendido a hablar con voz rotunda:
         «Ves, Irene, la gente estudia y tú no, tu no, tú noooo… te vas a ir al paroooooo, al parooooo».

         Y nada, no hay manera, uohhhh… 
         Ha proliferado, cual virus, un envoltorio de excusas. Vamos a desplegarlo:
         —¿Ya para qué? Si los que no están trabajando se lo sabrán todo de pe a pa, tienen una cebolla joven, (y hay quien carga con lechuga), y encima están motivados, cosa que si seguís este blog, yo no—. «Excusas, excusas, no te pones porque no te da la gana, eres más lista de lo que crees». A veces mi gusanito me enviaba refuerzos positivos, claro, cada vez menos, su cabreo es peor que el de mi padre y mi hermano el miércoles pasado cuando perdió España.

         —No es mi momento, está claro, estoy a otras cosas, mi aventura literaria: presentaciones, escribir otras novelas… —«pero eso no te va a dar de comer, tonta el haba» me insulta el gusanito cuando me intento justificar.
         —No voy a ser de las 3000 o 2500 mejores, (de entre los tropecientos mil que se han presentado, hay que serlo para poder optar al baremo). En eso, ya se puede poner el gusanito como quiera, que mi cebolla tiene razón, pero ¿sabéis lo que me dice?: «Si es que no lo has intentado, so perra».
        —Pues nada, seguirás siendo eventual toda la vida, no pasa nada—. «Eso con suerte, bonita, porque como tiren de la bolsa por nota de oposición que anuncian en las bases, te veo con la maleta para Alemania». Mi gusanito es un cenizo, todo hay que decirlo.


         —Venga, ya mañana, hoy estás distraída y no te vas a concentrar—. «Jajajajajajajajajajajaja», se le saltan las lágrimas al gusano, cuando no me hace un corte de mangas, que también.
         —¿Y por qué tienes que estudiar, porque lo dicen ellos para ganar las elecciones? ¡Anda y que les den! —«No, reina, te van a dar a ti», con más razón que un santo.

         Me podría pasar el día escribiendo excusas… eso es, escribiendo, que no leyendo. Para muestra un botón:
         Llevo toda la mañana con esta entrada cuando debería pisotear, silenciar, y mandar a donde se manden los gusanos runruneadores, agarrando el tocho de apuntes y poniéndome a estudiar, pero… no hay manera, uohhhh.

         Al menos, espero que os guste… y que haya muchos más gusanos cabreados y hayan menguado vuestras cebollas en cebolletas, porque si no voy apañá...

miércoles, 18 de junio de 2014

¡Qué no, que no estoy viendo el mundial!... Un poco solo.

Que ya sé que os tengo un poco abandonados, pero no es porque ande firmando libros como loca (en la feria firme 6, ¡ya ves tú!), o porque no me pierda ni un partido del mundial, que alguno cae y esta noche pienso hacerlo, o porque esté estudiando como una loca la odiada, odiosa, y malquerida oposición (por mí, compañeros, no os preocupéis, mi plaza es vuestra, como máximo me aprenderé las vacunas por amor propio)… No he estado activa porque me ha tocado ver la historia desde el otro lado (merecido lo tengo), y he sido intervenida, postoperada, he pasado un día en reanimación y cuatro en planta… así que hoy la cosa va a ir por otro derrotero. No os lo perdáis.
         Pre-antes de la operación: Me tiro tres días con dieta pobre en residuos ( buajjj) y el día de antes, con soluciones que te hacen ir al baño a cada pestañeo. Impresionante la de líquido que expulsé, más que nada, porque tengo un pasillo muy largo y me pegué unos sprints que ni que perdiera un avión.

         Antes de la operación: Me rompen una vena, me inyectan sin avisarme dormicun, lo que me provoca un mareo tipo atracción del pulpo de la feria, y cuando creo que es que me estoy muriendo, me avisan de que es el dormicun. Me dejo llevar por el colocón y por el celador que me lleva al gélido quirófano tapada con una sabanita.
         Quirófano: ni idea. Desapareces. Menos mal, ¡qué vergüenza! ¿A saber qué te hacen?
         Reanimación: Dolor, dolor, dolor. Sensación de acabar de nacer y un sueño que me impide despertar. Al rato viene el cirujano. Me dice que ha salido todo bien, pero yo tengo tanto sueño, que ni caso, ni aunque hubiera tenido delante a George Cloney. En algún momento me ponen un teléfono blanco, descorren una cortina y veo a mi madre a través del cristal. Tipo cárcel. Os lo prometo. Ni caso, tengo mucho sueño. A media tarde comienza la sed, y me informan de que no puedo beber, me dan un palito refrescante; en su momento me gustó, pero ahora cuando lo recuerdo me dan arcadas. Así pasé ese día, en un duermevela constante. El personal de enfermería, espectacular. Excepto una médico rarita, rarita, (hacedme caso, era muy rara), todos se portaron conmigo de diez.
         Subo a planta. Muy floja. No tengo apetito, y eso que yo soy de comer. Saben que soy enfermera. Depende con quién des, notas cierta aversión, pero yo intenté no ser impertinente y eso que tuve una vía siete horas fuera y tengo desde entonces una flebitis que más que una vena parece una tubería de plomo; pero estaban muy liadas en planta, esa tarde me cruce con la enfermera que me llevaba y me pasó con una bandeja de medicación que pesaba un quintal. Se nota la diferencia cuando te pueden dedicar tiempo. Es obvio. Hubo de todo, en general muy profesionales, sobre todo con mi compañera, una abuelita que llevaba cuarenta días (ratilla de hospital)


que las ponía a todas a caldo a la que salían de la habitación, delante suya todo sonrisas, pero era desaparecer y vagas era lo de menos. Paciencia infinita la que demostraron con esa mujer.
         En concreto hubo una enfermera, que había sido mi docente hace muchos años, que demostró una soltura y un saber hacer que me curó y a partir de ahí comencé a recuperarme. Solo por escucharme y administrarme un pantoprazol. Y repito que fue una enfermera, no un médico.
        
         ¡Alta! Me voy a mi casa a que me mime todo el que pueda. Sigo floja, dolorida, pero bien. Me quedo con que hasta que no la pierdes, no sabes lo importante que es la salud. Es un topicazo, pero es tan cierto…
         Me apetece contaros esto porque en plena zozobra mental en la reanimación, conocí a una enfermera que había sido compañera mía en la urgencia, hace ya muchos años, cuando comencé a trabajar. Era una gran enfermera, una mujer muy serena, de esas que te apetece escuchar porque sabes que va a contar algo trascendente. Pues se ve, yo no me acuerdo, que en pleno delirio, mi orgullo vs petulancia, le chivó que había escrito un libro y firmaba en la feria el viernes… ¡Y allí que fue!  Y se lo agradeceré eternamente, fue el primer libro que he firmado en la feria del libro. Fue una de las primeras enfermeras con las que trabajé… ¿Creéis que las cosas pasan por casualidad? Yo, a veces, opino que no.
         En resumen, a pesar de encontrarme bastante malita, solo he visto profesionalidad, mucho trabajo y amabilidad. Esta es mi experiencia. No tengo nada más que decir.

         Bueno, sí… ¡qué gane España esta noche! 

miércoles, 4 de junio de 2014

YO NO QUIERO SER «ESA ENFERMERA».

Yo no quiero ser «esa enfermera». Tampoco quiero ser la mejor, ni las más docta, ni la más amable, ni la más eficiente; lo que sí sé es que no quiero ser «esa»…
         Ésa que cuando falleció mi abuela administro solinitrina sin bomba de perfusión y sin dirigirnos la palabra, saltando a la vista que andaba cabreada porque el médico se lo había pedido urgente. O ésa que no hizo ni caso a mi madre cuando la operaron por primera vez  y como respuesta (involuntaria, pero merecida) a su desdén, mi santa progenitora la vomitó enterita. Ni tampoco ésa que este viernes abochornó a nuestra profesión con su desprecio más que perceptible por un paciente de 32 años, paciente que a las pocas horas falleció. La hermana de esta vida que ha desaparecido, compañera de profesión, lloraba incrédula e impactada por la perdida de su hermano. Imaginaos el discurso: errante, conmocionado, tremendamente triste, en el que las palabras se veían desplazadas por las lágrimas en tantas ocasiones. Al relatarnos lo sucedido, destacaba la ira y la rabia hacia la enfermera de la tarde, puesto que, en su percepción, se había comportado como una déspota durante todo el turno. Por lo visto, ignoró al paciente en contadas ocasiones y cuando se vio en la obligación de ir, soltó varias frescas, de esas que no se olvidan, sobre todo si tu hermano se muere súbitamente pocas horas después.
         Y me duele, me duele que demos esa imagen. Me duele mucho.
         Presenciamos, por suerte o por desgracia, momentos transcedentes en la vida de la gente, y aunque es nuestro trabajo, nuestra rutina, debemos repetírnoslo a diario. No sabemos qué es lo puede suceder, cada vez  me doy más cuenta de que la vida es una ruleta e ignoramos cuando va a caer la bolita en nuestra casilla. Por eso, puesto que trabajamos para gente que está viéndose con todas las papeletas de que les caiga la bolita, con personas altamente preocupadas por su identidad, por su futuro, qué os parece si os digo, que ahí reside la importancia de nuestra profesión: empatizar y acompañar, sin caer rendido. Esto es difícil de practicar  y muy fácil de descuidar.






  Yo opino que con una simple sonrisa, con una escueta explicación, podemos convertirnos en alguien que está ejerciendo bien su profesión, sin más, y a pesar de que no te lo agradezcan, ni recuerden tu cara jamás, nunca seremos «esa enfermera». Yo, por lo menos, prefiero ser invisible.

         ¡Cuidado! No le cargo a ella con esta desaparición, ¡noooo! En la maléfica ruleta, le tocaba a él, le habría tocado de todas formas. Esa enfermera no será la responsable, esa enfermera probablemente piense que hizo bien su trabajo, esa enfermera estará estresada, seguro, segurísimo; pero yo, lo siento, puedo entenderte compañera, pero no quiero ser tú... aunque como sigan así las cosas, vete a saber. En parte, escribo esta entrada para recordármelo a mí misma:



         
         Este blog se llama Soy enfermera y me enfermo cada vez que lo pienso, y si me estáis siguiendo, suelo meter mucha caña a las familias que hay por mi unidad, porque desconfían de nosotros, porque nos tratan muy mal, porque no saben ni de cerca lo que es una enfermera; pero por contrario que parezca esta entrada, vengo a hablar de lo mismo, de las malas formas que tenemos unos con otros. Se nos está yendo de las manos, se nos está olvidando que el de enfrente es un ser humano que siente y padece como tú. En todos los ámbitos. En todos.

         Triste por esta muerte absurda, no me queda más que enviarle todo mi ánimo, mi energía y mis condolencias a esa familia y a él; esa vida tan joven que ha dejado de latir, «JS» te prometo que cuidaremos de tu hermana. Os vamos a ayudar a asimilar la cruda verdad.