martes, 27 de mayo de 2014

Soy una valiente.

Vivo sin miedo. El jueves por la tarde me di cuenta… soy una valiente. Salgo a la calle, tranquila, sin preocupaciones que me impidan hacer mi voluntad, incluso a veces no echo la llave porque voy a regresar pronto… Soy una valiente.
         Pero después de qué os cuente lo que os voy a contar, vosotros vais a pensar lo mismito… esta es una entrada subeánimo.
         El jueves por la tarde, mientras preparaba la medicación alguien me avisó de que un paciente aguardaba en el mostrador para hablar con la enfermera. Les tenemos dicho, que nosotras no estamos en el mostrador, que nos llamen al timbre, pero hay mensajes que deben de ser difíciles de impregnar en el colectivo paciente. Salí. Le vi. Cincuenta años, varón, consciente y orientado, independiente, pelín suciete, pero por encima del percentil higiénico del área. Le pregunté qué es lo que quería. Me respondió con una pregunta. Flipé. Me volvió a cuestionar lo mismo con tono preocupado. Le contesté como buenamente pude. Se fue sin estar muy convencido y yo salí vanagloriándome de mi independencia, resolución y coraje para afrontar los menesteres de la vida… Soy una valiente.
         Jijiji… Os tengo intrigados, mira qué me gusta… ¡Venga, va! Pues el buen señor, me preguntó algo muy, muy estúpido, pero que a la vez va inherente en el ser humano. Algo que nos puede suceder a todos, hasta a David Beckham y a su santa esposa, una posibilidad con la que la humanidad ha sabido convivir y lo sobrellevamos sin imposibilitarnos la autonomía: el viajar, salir, enamorarnos, bañarnos en la playa, sentarnos en una terracita… quizás es porque no lo pensamos, si recabáramos en ello quizá no saldríamos y el miedo nos aislaría en casa. Como aquella vez que no nos hacíamos con un paciente, entre seis o siete sanitarios, porque se había percatado de que la Tierra giraba y él con ella, —la imagen la podéis asemejar a cuando un futbolista quiere celebrar su gol dando volteretas y sus compañeros llegan y le aplastan—.

         Quizás la estúpida soy yo, que voy como las locas y mi paciente sí que valora los pros y los contras antes de pasear por el pasillo del hospital… Tal cual:
         —Dime, ¿qué quieres?
         —¿Eres la enfermera?
         —Sí, dime.
         —Oye, si me da un apretón por el pasillo, ¿qué hago?
         —¿Ehhh? ¿Ir al baño?
         —Ya, pero igual no me da tiempo… Si estoy en el hall… igual no me da tiempo y me lo hago encima.
         —Pues no te vayas muy lejos, vamos digo yo.
         Os aclaro que el paciente ingresó por un diagnóstico totalmente diferente a gastroenteritis o alguna de sus vertientes.
         —Ya, ¿pero y si me da un apretón en el hall?
         Intenté y creo que conseguí gesticular la fundamental «cara de nada» y respondí:
         —Ve al baño… Creo que más no te puedo resolver.
         Me volteé y le dejé allí, solo, con sus trascendencias.


         ¿Qué me decís? ¿Es una duda lógica o no? En parte sí… ¿Quién no lo ha pensado alguna vez?: «¿Cómo me dé en el metro? ¿O en un examen? ¿O en la fiesta ibicenca en la playa?»... Pero la diferencia entre él y nosotros —los valientes— se estima en que nosotros, seres osados y atrevidos, sin preguntárselo al examinador, o al de la ventanilla del metro hemos continuado con nuestros quehaceres. Y nos podría suceder, pero preferimos arriesgar y caminar por la vida; lo que me hace cuestionarme qué habrá hecho este sujeto con la suya. Permitidme intuir que más bien poco.
         No obstante, es de agradecer el pudor que tuvo, porque un poco más tarde, escuché a mi compañera jerezana, con su acento jerezano por todo lo alto, echando perros por la boca. Me acerqué, cual avispilla escritora de un blog, para preguntar qué le sucedía y he aquí donde agradecí el pudor de mi paciente. Uno del otro pasillo llamó al timbre para solicitar que le cambiaran el pañal. Hasta aquí, bien, pero es que…se olvidó de decir pañal, cambio, caca, sucio, por favor; lo típico en estos casos. Cuando la jerezana descolgó, escuchó:
         —¡¡Limpieza!!
         ¡Con dos…! No dijo más. ¡Limpieza! Como si fuera la palabra clave y se activara el autolavado desde el interfono. Las auxiliares que ya lo conocían, por lo visto lo ha hecho más veces, lo entendieron, pero la cara de la jerezana tuvo que ser similar a la que puse yo al principio de la tarde.
         En fin, el tema ha estado hoy un poco escatológico, lo siento; pero me veía en la obligación de informaros… ¿No queríais saber lo que ocurre en los hospitales de verdad? ¿No queríais caldo? Pues aquí tenéis… ¡dos tazas!
         ¡Hasta la próxima!
 (Os recomiendo este blog, http://www.enfermeraenapuros.com/2014/04/ley-enfermera-2.html)



         

jueves, 22 de mayo de 2014

SEGUNDA EDICIÓN


         Hoy me despierto con la noticia de que Abrázame que no te quiero ya tiene segunda edición y os podéis imaginar lo feliz que me hace eso. No lleva ni un mes en el mercado…

         Pero desde el principio todo este asunto ha sido como mágico y no me está trayendo más que buenas noticias, alegrías, y sorpresas. Como sabéis, yo no tenía pensado escribir un libro. Yo me desperté una mañana, estaba en paro, sabía que por poco tiempo, pero en paro al fin y al cabo, y se me ocurrió la idea de la que parte este libro, me puse a escribir sin saber muy bien cómo y las palabras fueron surgiendo.
         Os cuento esto porque creo que muchas veces en nuestro día a día, no nos escuchamos a nosotros mismos. Nos obcecamos con nuestra rutina y con salvar el día y llegar a fin de mes. Creo que somos capaces de lograr, con más o menos esfuerzo, lo que nos propongamos, a mayor o menos escala. No hay que ponerse barreras a uno mismo, bastantes pone la vida ya. Hay que abrir todas las ventanas que podamos y preguntarle a nuestro ser qué es lo que le gusta hacer de verdad, aunque parezca imposible de realizar.
         No todo en la vida es trabajo, aunque a veces lo parezca. Y en nuestra profesión, más que en muchas otras, hay que buscar vías de escape, aliviar nuestra mente de la sobrecarga de «maldadas» que vemos a diario, entre ellas, la injusta enfermedad.
         No estoy diciendo que los enfermeros que están en paro escriban un libro, estoy diciendo que ellos y los que trabajamos, nos escuchemos a nosotros mismos, y que inventemos, que nos apoyemos, que investiguemos, que nos hagamos oír, para crecer hay que arriesgar. Me refiero a crecer como personas y lo extrapolo al colectivo. Mirémonos a nosotros mismos, en nuestros servicios: ¿En qué podemos mejorar? ¿Qué ventanas podemos abrir?
         Yo de momento, valorando lo poco que conocen nuestros pacientes, la verdadera función de una enfermera, me presento y le explico todo lo que les voy a realizar… algo es algo. Os adjunto un estudio, de unas compañeras que demuestra esto que digo. 

         La protagonista de mi novela es enfermera, y habrá muchas más, aunque sea con ese pequeño detalle siento que le digo al mundo que enfermería es una profesión, que fuimos a la universidad, y que tenemos mucho que aportar… ¿os apuntáis?  ¡Venga, a abrir ventanas!
         Y no está de más recordaos, que Abrázame que no te quiero, es perfecta como vía de escape, alguna risilla os garantizo.
         Después de este colocón de felicidad tipo oso amoroso ¡Feliz fin de semana! ¡Me voy de boda!

         

miércoles, 14 de mayo de 2014

Rosa chillón

Este fin de semana ha sido de locura:
         Tarde del viernes: presentación del libro. Fue genial, pero de tantas emociones dormí fatal.
         Sábado por la mañana: comunión de Elenita, con mucha pena me escapo de la comunión para ir a un encuentro de blogueros que organizaba Satse. Llego tarde, vestida de comunión —más chic que elegante— y me encuentro con un grupo de enfermeros ilustrados, motivados, tuiteros, que saben más de redes que Mark Zuckerberg —el de Facebook— y de enfermería más que Florence Nihgtingale —la mamá de las enfermeras—. Hablo poco; yo soy de pronunciarme pero cuando me siento pequeñita mis labios se acoquinan. Aquellos eran líderes de enfermería, profesionales como la copa de un pino a los que les encanta su trabajo y yo soy una escrito-actriz-enfermera que tiene un blog que se llama Soy enfermera y me enfermo cada vez que lo pienso. Supuse: «calladita estás más guapa, Irene»… pero bueno, al final dije alguna cosita pseudo-interesante y me alegro inmensamente de haberlos conocido.
         Después, cena, viendo Eurovisión. Siempre lo he visto. Impacto total por los cero puntos de Portugal y no te digo nada, por la ganadora, Conchita, la mujer o qué se yo, —ni viene al caso— que llora sin lágrimas. Total, que vuelvo a dormir mal y madrugo para celebrar el día de la enfermería con los compañeros que he conocido esa tarde.
         Domingo voy con varios de ellos a la explanada del Rey y me paseo por los talleres y muestras de lo que es nuestra profesión al mundo. Muy buen trabajo. Nos hacen grabar un vídeo tipo eslogan de enfermería que espero que no salga a la luz porque no sé ni que dije. Parto a mediodía para comer en casa de mis padres, después sobremesa y por fin regreso a mi hogar para prepararme para la noche… porque sí, hago noche.
         No sé si os sucede, pero a mí cuando hago noche me entra sueño a las 21h. El resto de días estoy a tope, pero es tener que trabajar y mis neuronas me piden cama. No pasa nada, me desperté de golpe cuando mis compañeras me informaron, nada más aterrizar, de que íbamos a ser dos enfermeros para los 50 enfermos. Faltaba una enfermera y no venía nadie a cubrirla. En la línea de estos últimos tiempos —las dos últimas noches me ha ocurrido lo mismo—. Cabreo monumental, yo es que soy «muy sentía». Si os preguntáis si alguien vino a echarnos una mano o ni siquiera eso, si alguien se acercó a preguntar cómo nos iba, ya os digo que no.
          Más o menos me apaño —corro como un gamo— y consigo apagar las luces del pasillo a las 24h. Gracias a Dios —y le doy las gracias a Dios, porque esto cada día depende más del cielo—, que las auxiliares de esa noche, eran de lo mejor, desde mi punto de vista, de mi planta. Nos reímos contando anécdotas hospitalarias mientras cenamos —sobre la 1.30— y a partir de las 3, cuando me decidí a «estirar las piernas», comenzó el desfile. Oímos gritos en el hall. Fuimos… no había nadie, pero sospechamos que eran de una paciente psiquiátrica que está obsesionada con las pulseras y los bolis. Cuando regresé a «estirar las piernas» me emparanollé con que dicha paciente iba a aparecer en la oscuridad y me iba a intentar lesionar con uno de los millones de bolis que posee; ni mi libro de Bridget Jones logró extirpar esa visión de mi amígdala —zona del cerebro que provoca el miedo, o eso dedujeron en un estudio de la universidad de Iowa—.
          Después sonaron como 3 o 4 timbres por asuntos varios: dolor de pierna, de tripa, de que he tenido una pesadilla pero ya se me ha pasado, de que me meo, de que me vuelve a doler…etc.
         Pero a las 4.45, suena el timbre de la noche, ese que te hace poner cara de emoticono, el timbre que te impacta, el que cuentas al día siguiente en casa… el que cuando vuelves a ver a ese paciente, te entran ganas de decirle que fuiste tú la que cogiste ese timbre.
         —¿Sí? ¿Qué le pasa?
         —¿Puede venir la enfermera?
         —¿Por qué, qué le sucede?
         —Es que estoy preocupada, mi madre tiene calor.

         Yo llevaba sudando toda la noche. Pero se ve que ese familiar se dio cuenta a las 4.45 de que estamos acercándonos el verano y las noches son muy calurosas. No pasa nada. Si hay que ir, se va. Allí con cara de preocupación aparecimos la auxiliar y yo para ponerle el termómetro. Nos encontramos a la propietaria de la voz timbrosa que solicitaba el rescate, sentada lejos de su madre, con un almohada de esas que se ponen alrededor del cuello en los viajes largos, rosa chillón, con sus piernas estiraditas —así las quería tener yo— y con unos casquitos puestos. Directamente le preguntamos a la paciente.
         —¿Qué le pasa Pepita? ¿Le duele algo?
         La mujer, con una caraja de recién despertá contestó sobresaltada:
         —No.
         Entonces la del cojín rosa interrumpió.
         —Mamá, tenías calor. —Nuestras miradas fueron hacia ella; eso sí, no puedo garantizar qué tipo de miradas porque yo creo que se vio obligada a proseguir con tono excusa—: Es que mi madre no suele tener calor.
         —¿Pero le duele algo Pepita? —instó la auxiliar.
         Está demostrado que si te preguntan varias veces si te duele algo, al final encuentras un dolorcillo que te anda rondando. Eso le pasó a Pepita, que de tanto insistirle nos contestó:
         —Bueno, tengo la nariz un poco taponada, como tengo el oxígeno puesto… y tengo calor.
         —Normal, Pepita, es que hace mucho calor esta noche. No te preocupes —respondí.
         En ese momento el termómetro pito: 36.4º.
         —No tienes fiebre —y dirigí mi discurso hacia la del cojín con pocas luces—. No te preocupes. Es normal, yo también tengo calor.
         —Gracias.
         Apagamos la luz y marchamos, con la sensación de haber salvado una vida…
         —¿Y cuándo tiene calor en su casa, llama al 112? —le cuestiono con sorna a mi compi.
         —Sí, y le llevan un ventilador —responde con más sorna aun.

         Los timbres continuaron sonando, como es habitual en este servicio, pero al menos cuando me fui para mi casa me alegré enormemente de que los bolis siguieran en el estuche de su dueña, de que yo tuviera toda la mañana para poder estirar las piernas en mi camita como Dios manda y de que mi cojín para vuelos fuera azul marino.


         

martes, 6 de mayo de 2014

Picorcillo en la nuca

Hay un síntoma común, un síntoma extraño, idiopático —de causa desconocida—, pero lamentablemente cada día más frecuente y extendido. Un síntoma que a pesar de que hay equipos, estudios y profesionales que se dedican a ello, sigue apareciendo en nuestra profesión. Es raro el enfermero que no ha padecido alguna vez ese síntoma, y viendo lo visto, y contando lo que cuento, muy a mi pesar, creo que por lo menos esta enfermera lo sentirá de nuevo. Porque soy una persona.
El síntoma: picorcillo en la nuca, agudo, escalofriante. Va seguido de malestar general y miedo, mucho miedo. Puede ir acompañado de sudor, dolor de cabeza instantáneo y susto, mucho susto.
¿Cuándo se siente ese picorcillo indesado? Pues lamentablemente, cuando te equivocas… y te das cuenta. El error. El temido error. El horrible, pero humano error.


Enfermería es el último paso, enfermería es quién te administra el tratamiento o el cuidado. Somos las manos, y hay tan pocas… ¡HAY TAN POCAS! Las manos no dan a basto, las manos son compañeras de unas piernas que se tropiezan al final del turno agotadas; a las manos las dirige una cabeza que está estresada, exhausta y a la que le llegan durante el turno cientos de mensajes por diferentes vías de comunicación y en diferentes tonos. Y después de coger el teléfono, los timbres, escuchar al celador, al auxiliar, y al médico, a la vez que sacas y cargas la medicación, no es extraño que nuestro entendimiento de vueltas y engañe a nuestras manos  para que cargue ceftazidima en vez de cefazolina o cefuroxima. Hay que sumarle a esto, otro dato muy importante: no somos solo cabezas, no, tenemos emociones, y cuando te encuentras planillas agotadoras o que falta un compañero y no lo han cubierto y ese día vas a encargarte de seis pacientes más, nuestras mentes se llenan de más ruido, se nublan, y es ahí donde el despiste, se hace un firme candidato en tu turno de trabajo. Y a nadie parece importarle, porque en la teoría, hay cada día más estudios, pero en la práctica, cada vez somos menos manos.

No culpo únicamente a la carencia de personal, ¡no!, sería absurdo. El error siempre sucederá porque como he dicho antes, somos personas; pero a mi entender, el error humano es inevitable. El que sí que es eludible es el de la sobrecarga de trabajo. Ese sí.
Yo, por desgracia, he sentido varias veces ese picorcillo en la nuca, y no se lo deseo a nadie. Los errores son estúpidos, rápidos e incompresibles para el que los comete, y después te hacen sentir fatal. Le das mil vueltas flagelantes como látigos «¿Por qué? ¿Cómo no me he dado cuenta? ¿Le pasará algo al paciente?»
La gente que no trabaja en esto, en muchas ocasiones me ha dicho:
—Ya, pero es que vosotros no os podéis equivocar. Debéis tener cuidado.
Yo les contesto.
—Ya, ¿y eso cómo se hace? ¿Acaso te equivocas a posta?
Mi discernimiento me da a entender que el error siempre va a estar al acecho, y a veces vencerá. Partiendo de ahí, solo nos queda poder corregirlo. Si el que lo comete se da cuenta en seguida, a pesar de que sienta ese escalofrió en la nuca tan desagradable, tomará las medidas precisas para subsanarlo. Pero si el que lo comete va como las motos, se saltará con las prisas los stop, los semáforos y las alarmas, y no será capaz de subsanar nada, porque al final del camino no sabrá ni por dónde ha ido.
Escribo este entrada con miedo, mi intención no es asustar, y si lo estáis, quitaos el susto. Yo quiero que entendáis que los sanitarios somos personas; quiero que entendáis que sufrimos mucho cuando nos equivocamos, más que en otro tipo de trabajo; pero también quiero que entendáis que el cuerpo humano es sabio y cuando algo no le sienta bien, avisa, y os aseguro que todas las manos que estén trabajando en ese turno se desvivirán por cuidarte… porque a pesar de todo, estáis en buenas manos. Podéis creerme.
Echarle un vistazo a este enlace…


http://www.elmundo.es/salud/2013/11/25/5293568c6843411a688b4589.html