martes, 29 de abril de 2014

Recapitulando y más

¡Uff! Pues anda que no ha habido novedades es este tiempo… Perdonad el retraso, pero ando más que liada con la presentación del libro. He decidido haceros un resumen de cómo están las cosas por esta tormentosa planta.
         ¿Recordáis esa primera entrada, la del señor que me increpó nada más abrir la puerta? Pues bien, bueno, mal; falleció. Su familia asaltó al médico cuando salía del ascensor de buena mañana y casi le pegan a grito de «facha».
         De la segunda entrada, aquella en la que lloré porque se iba un paciente… No he llorado más. Bueno sí, yo lloro mucho, va en mi condición, pero en referencia a emocionarme por la marcha de un paciente y su estimada familia a su hogar, ni una lágrima, en toda caso, palmitas con las orejas.
         ¿Os acordáis de «dónde hay patrón no nada marinero»? Os confieso que es una de mis favoritas. He sido una desconsiderada y no os he contado cómo se resolvió nuestra ausencia de capitán. ¡Tenemos un nuevo capitán! No es español, posee un nombre raro, y lo de las planillas todavía no lo tiene muy claro, lo que me conduce a la entrada de las planillas. No hemos mejorado, nuestra dependencia va in crescendo y más ahora, que el que las hace esta verde como Shrek; pero es majo, eso no se puede negar.
         Gracias a Dios, no ha habido fuego y no he tenido que cargar con los abuelitos por la escalera de emergencia; lo digo por aquello que grabé del plan de emergencia, por cierto, que todavía no ha salido (las cosas de palacio que van despacio, despacio).
         ¿Y esa entrada Bates motel? La de la habitación aterradora… muy a mi pesar sigue habiendo habitaciones en las que al entrar te tiritan las canillas, el olfato se satura y las membranas timpánicas se aturden con el vocerío, y ¡las que te rondaré morena!

         Respecto a mi compañero, ése nuevo que le agarraron por las solapas por no machacar una pastilla; se dio la baja y no ha vuelto. Su contrato ha cesado y vino otra compañera con habichuela (y digo otra, porque ya teníamos dos), que se dio la baja a la semana (por contracciones anticipadas). Aunque era muy dispuesta, su experiencia era en UVI y tanto: “pasillo, paciente, pastilla”, hartó a la habichuela que le dijo «vámonos pá casa mami, que esto es muy cansado y llevas sin merendar seis tardes». En su lugar, los Dioses de la gerencia han traído a una enfermera suplente que se va en mayo y no sabemos quién vendrá a ocupar ese puesto maldito. ¡Ah! Y las dos compañeras con habichuela se acaban de dar la baja y no están cubiertas. Total, que en vez de ocho enfermeras de tarde, somos cinco ¿Os apetece venir a echarnos una mano?



         La de los leggins no ha regresado. Estad atentos en vuestras casas. Es como las polillas, recordad que hurgaba por los armarios.
         El artículo «conmoción»… el del romprebragas, ya os hice un comentario, pero por si no lo habéis leído: las mercerías están cerrando en masa, el rompebragas tiene pareja.
         De las dos últimas entradas: sigo odiando tomar tensiones, también va en mi condición, como lo de llorona, y desde luego, salir o librar, es lo mejor de mi día a día enfermero.
         Ya hemos recapitulado. Ya estáis al día… y ahora os cuento la última:

        —¡¿Dónde está la enfermera de la noche?! —dos hombres a voz en grito en el mostrador—. ¿Dónde está? ¡La vamos a matar!

         La enfermera de la noche —no era yo— estaba durmiendo en su casita, tan a gusto, después de su dura jornada laboral. ¿Qué había hecho para ser la víctima de esa amenaza?... Pegar a los abuelos, a todos, uno por uno, según les daba las pastillas, les agregaba un bofetón y los dejaba suaves como mantas. Totalmente creíble, ¿a qué sí? Pues eso es lo que dijo la familiar de esos energúmenos que asaltaron el mostrador y por eso se llamó a los supervisores de guardia. Como el asunto era tan creíble, nuestros jefes se vieron obligados a preguntar cómo era esa enfermera, por si pudiera ser verdad que fuera pegando tortas a los pacientes… ¡Los que tienen dos tortas son ellos! ¡Todos! ¡Los supervisores y los energúmenos! Estamos totalmente vendidos, ¿os dais cuenta? Alguien amenaza de muerte a un trabajador y nuestra empresa en vez de echarle a la calle y denunciarle, duda sobre nosotros, y pone en tela de juicio nuestra cordura.
         ¡Ala! Os dejo con esta reflexión… ¿Por qué no existe la atención al sanitario? Yo también quiero poner quejas a las familias, sobre todo a aquellas que te amenazan con matarte y el hospital no hace nada.


         Chao… ¡recordad! Ya ha salido a la venta mi libro: Abrázame que no te quiero. Nada que ver, divertido, romántico, diferente, positivo, esperanzador y barato. Os dejo el trailer.

jueves, 10 de abril de 2014

Lo mejor de mi día a día enfermero...

Va, y me dice el médico antes de irse:
—Irene, hay que hacer un traslado. El paciente de la 10 está en situación agónica y le vamos a trasladar a la 5, que es una habitación independiente. Pepito, el paciente que está en esa habitación, ya lo sabe y está conforme. Hasta mañana.
En ocasiones, cuando se puede, si un paciente está muy malo, le dejamos solo, entre otras cosas, para respetar el duelo de los familiares, y como ahora disponemos de varias habitaciones independientes, pues es más fácil. Pepito, el de la 5, el que estaba totalmente de acuerdo en irse a compartir habitación a la 10, no tardó ni un segundo en, nada más verme en el pasillo, chistarme:
—¡Schhhhh, niña!
Fui; era primera hora de la tarde y no me apetecía ir dando lecciones de educación desde primera hora.
—¿Qué quieres Pepito?
—Niña, no me cambies de habitación, anda, guapa, que me quedan sólo tres días para que me den el alta.
¡Arrrrjjjjjjjj! Esta fue mi cara.
¡¿Pero por qué narices no se lo dicen al médico?!

Más tarde, mientras iba repasando por las habitaciones, vi que mi compañera, la de la habichuela, (aunque la habichuela ya está a punto de salir y hace guiños en las ecos a sus papis), llevaba mucho tiempo hablando con una familiar y el tono de la mujer cada vez estaba alzándose más. Me acerqué, situándome a su lado; calladita, pero a su lado. El caso, es que la señora le estaba echando la culpa porque su madre se había puesto mala en una prueba esa mañana. Un sin sentido. Ahora tenemos la culpa hasta cuando estamos en nuestras casas y ellos hacen una reacción al contraste de una prueba. La mujer antes de irse, le regaló, frases como «pues ponte gafas», «no sabes valorar» y lo remató mirándole la tripa y con tono hostil y desagradable:
—Espero que a tu hijo lo traten igual de mal.
¡Arrrrjjjjjjj! Otra vez.


Al ratito, un familiar, que acababa de llegar a ver a su madre, se dirigía con voz arrogante a la auxiliar. Me volví a acercar. Le pregunté qué le sucedía y expuso, con el mismo tono, que quería que le informara de cómo estaba su madre y del motivo por el qué se encontraba ingresada. Le expliqué, con voz tranquila y apaciguada (porque me olía su respuesta), que la información médica, la da el médico, y el horario es de 8 a 15. Le incrementó la mala leche, (ya la traía de base bastante mala), me soltó otro sinfín de perlitas y se bajó a atención al paciente a ponerme una queja por no darle información médica.

¡Arrrrrjjjjjj! De nuevo.


Y cuándo, feliz como una perdiz, marchaba para mi casa, y cual adolescente, iba con mi cara pegada al móvil, viendo novedades del facebook, leí esta pregunta:
«¿Qué es lo mejor de tu profesión, de tu día a día como enfermero?»
Me oí a mí misma contestando:

—¿Pues qué va a ser? ¡Esto! ¡Cuándo salgo!

martes, 1 de abril de 2014

TENSIONES EN LA PLANTA


¿Tensiones en la planta? ¿Qué estáis pensando? ¿Broncas, malos rollos, dimes y diretes? ¡¡Qué va!! He jugado con el título para captar vuestra atención, recurso publicitario en toda regla, y aquí os tengo leyendo sin saber de qué narices os voy a hablar esta vez…jiji.
Esta vez, voy a intentan sacar jugo, y no va a ser fácil, al acto más detestable, aburrido y monótono que lleva a cabo una enfermera en planta:
Tomar las tensiones.
Años ha, una mujer de blanco, con un sombrerito curioso en la cabeza, rodeaba el brazo del paciente con un manguito, colocaba su fonendo sobre la arteria braquial, inflaba la perilla, pedía silencio absoluto en la habitación, —le hacían caso—, y se abstraía viendo las agujas del manómetro para escuchar los sonidos de Korotkoff.


Ahora, arrastramos un carro malamente, —porque rueda menos que una trolley del todo a cien—, ajustamos el manguito en el brazo del paciente y apretamos un botón. No podemos pedir silencio, no viene a cuento. Y ya, sólo nos queda esperar a que el tensiómetro nos marque que ha finalizado la toma y creernos lo que dice, en ocasiones, no hay quién se lo crea.
Como los conductores, que todos los veranos lucen la marca de la camiseta en el brazo izquierdo, antes, las enfermeras desarrollaban un tremendo bíceps de tanto estrujar la perilla, sin embargo nosotras, como máximo, tenemos callo en el dedo índice de apretar el botón.
¡Cuidado! Es un botoncillo selectivo. No hace caso a nadie más. ¿O nos ha pasado que el médico intenta tomar la tensión —suceso anual— y el aparato no se activa y vas tú con tu dedito y comienza a inflarse el manguito? ¿Lo habrán programado para que sólo lo puedan activar las enfermeras o en su caso —donde los haya— los estudiantes de enfermería?
Sí, porque aunque es un soberano coña…, es lo primero que te enseñan en las prácticas de enfermería. Yo aprendí con el modo antiguo, sin sombrerito curioso, pero tirando de bíceps y de oreja (esto hace ver que voy siendo una veterana). Los dos primeros días me divertí, incluso inventé alguna tensión para que la enfermera titular no me regañara porque no había escuchado nada. Era algo sabido por todos, «en caso de duda y si al paciente le ves buen color, escribe 120/60, que cuela». Pero al tercer día, empecé a entender porque me dejaban sola, me daban la lista de pacientes, y mientras ellas sacaban un montón de medicamentos —y yo pensaba que aquello era “lo más”— a mí me tocaba tomar tensiones. ¡Qué tiempos! ¡Ayss, que me entra la morriña!
Tomar la tensión es importantísimo, no os digo que no; puedes diagnosticar una hipertensión, tratar una hipotensión, o mandar al aparato al taller de tensiómetros porque no da ni una y te tiene frita, pero es que es tan monótono… todas las tardes lo mismo:
«Buenas tardes, le voy a tomar la tensión, estire el brazo»
Yo, particularmente, sí que les digo el resultado, pero debe de haber alguien por ahí, que no, y los familiares empiezan a moverse por la diminuta habitación, escurridizos como truchas, para pillar el mejor ángulo de visión de la pantalla; lo que normalmente implica que te interrumpan el paso y alarguen tu agonía.
 La actitud ante tu aparición con el aparato es diversa: hay algunos pacientes o familiares, que intentan entablar conversación contigo, otros, que siguen a su bola, como si fueras invisible, y otros, que están abstraídos viendo Amar en tiempos revueltos, o cómo se llame ahora; os aseguro que es líder de audiencia, se lo tragan todos. Bueno, y en muchas ocasiones, está el familiar que no sabe cómo pedirte que le tomes la tensión a él también:
«Pues yo seguro que la tengo muy mal, es que soy hipertenso, señorita», «fíjate, debería haber ido a tomármela pero como estoy aquí, cuidando del abuelo…», «tengo un dolor de cabeza que se me agarra a la nuca, ¿no será de la tensión, señorita?». Hay otros clásicos, pero no me quiero extender, en cualquier caso, os dejo con la duda, de si se la tomo o no.

Lo que quería hacer ver, es que es un acto tan mecánico y rutinario, que aburre a todo Cristo, y es hasta peor, que administrar nebulizadores. Ya os contaré lo de los “nebus”, o lo de disolver el tazocel; otros planazos. En fin, en todos los sitios cuecen habas, y me imagino que tomar la tensión debe de ser, el fregar las sartenes para los cocineros, o las largas pretemporadas de los futbolistas, o el corregir exámenes de los profesores, o la plancha en cualquier hogar sin asistenta. ¡Pero qué le vamos a hacer! ¡Tendré que tomarlas esta tarde también! —por tanto, mi plancha va a seguir ociosa—. Y voy a decir algo que no debería, va a sonar muy feo, ¡pero por Dios, que traigan alumnos pronto!