viernes, 21 de marzo de 2014

Selva o isla, esa es la cuestión.


¡Es tan difícil encontrar el punto justo para corregir sin cabrear al corregido, que al final se nos han subido a la chepa y nos están pataleando a la voz de «arre, arre»!

Sí, son muchos años ya tratando con gente. Lo que en principio decía —cuando era una adolescente sin experiencia—, que me encantaba, «el trato con la gente», ahora lo he llegado a detestar. A veces, cuando no circulo por Madrid y espero a que el semáforo y el atasco me dejen continuar mi camino, me fijo en esas oficinas y envidio a todos los que allí trabajan. Gente encerrada en pequeños cubículos, con un ordenador y que probablemente se pasan horas y horas, enfrascados en su trabajo sin hablar con nadie. Me encantaría tener un trabajo así. Y soy sociable, bastante, los que me conocen pueden dar fe, pero el trato hospitalario ha golpeado, aturdido y aplastado mis ganas de socializar. Para que me entendáis mucho mejor, os voy a describir varios perfiles que hay en nuestra selva, y que están logrando que fantaseé con vivir en una isla desierta, paradisíaca, pero desierta:


1. “El fisgón pillado”. Algo tan tonto cómo explicarle a alguien que no puede pasar por un sitio ya trae consecuentemente una mala cara y peor respuesta. Es rara la tarde que no nos toca indicarle a alguien que no entre en el control de enfermería o en el cuarto de la medicación, y que es mucho más fácil llamar al timbre. Y aunque, doctas en inteligencia emocional, lo decimos con la mejor de nuestras sonrisas, se nos revelan y se marchan soltando alguna perlita.
2. “El Nenas”. Ya lo hice ver en otra entrada, pero no es asunto sencillo, aunque así escrito pueda parecerlo, expresarle a alguien que deje de llamarte: nena, rubia, chica, guapa, scccchhhh, bonita, hija, etc. Se les tuerce la cara y casi siempre replican: «Ah, perdona, es que no sé cómo te llamas» «perdona, hija, pero no lo he hecho a malas». Alguna vez me ha pasado que han puesto cara de ¡ésta repelente de qué va! y a la que vuelves a pasar te chista de la misma manera, o dice «enfermera» con retintín y sorna.
3. “Los Judas”. Otro rasgo muy común en el ámbito hospitalario. Son aquellos que son espectaculares cuando las cosas van bien: amables, educados, agradecidos, de esos que dicen, «¡cuánto trabajáis, no paráis!», pero como de repente las cosas, que antes iban bien, sufran un leve contratiempo, te ponen de vuelta y media en menos que canta un gallo.
4.”El echa balones fuera”. Hay otro caso muy común y curiosísimo, los que no trabajáis en sanidad, vais a alucinar, fijaos. Las mayores broncas que han caído en nuestro servicio, incluso con agresiones, son de familiares que apenas vienen a ver al enfermo y cuando aparecen la montan a lo Tarantino. Os lo prometo, es así. ¿Y por qué lo hacen? Pues probablemente porque querrán limpiar su conciencia maltratándonos a nosotros y así auto-convencerse de que son unos perfectos familiares y que su ausencia de visitas, es porque están muy liados, pero eso no quita que andén muy preocupados.
5. “El cuentista”. El que se olvida de que tiene manos y piernas y te requiere hasta para el aseo diario y al rato, cuando ya está limpito, le ves andando por el pasillo tan pichi. Este perfil lo sufren especialmente las auxiliares de enfermería. Las caras que se les quedan a nuestras compañeras cuando descubren que son más independientes de lo que alegaban, son muy graciosas.
6. “Las marquesas”, esas señoronas con uñas pintadas —excepto una para el pulsioximetro—, que el único movimiento que hacen en todo el día, es el de tirar de la cuerdecilla del timbre para solicitarnos. Generalmente sus maridos son santos varones que se desviven por complacerlas, pero ellas nunca se lo agradecen. Por descontado que la palabra “por favor” no está incluida en su diccionario.
7. “Los listillos ignorantes”. Esta es una especie que me imagino que se aprecia en otros mundos laborales. Dícese de aquel que te pregunta por el antibiótico, antihipertensivo, y diurético que se le está administrando, con cara de circunstancia, aparentando ser un erudito, (imaginároslo con mano en mentón esperando la respuesta) y realmente no tiene ni pajolera idea. Si alguno de esta especie me está leyendo, os aconsejo que dejéis de actuar así, os pillamos a la que abrís la boca y decís “onda” o “guía”.
8. “El Pone quejas”. Para los que acabáis de empezar, que sepáis que esa figura existe. Nunca os fiéis de aquellos que apuntan todo en una agenda, por mucho que os pretexten que es para decírselo a su hermana luego. Buscan —y si no inventan— cualquier indicio de error, y al alta, cuando ya se han ido, nos llaman de atención al paciente y descubrimos que han puesto quejas por absolutamente todo y a todos. Ese día, es como el reparto de notas en el cole. Acabamos de sufrir a una familia así, y visto lo visto, creo que han estado más tiempo redactando quejas, que cuidando de su santa madre.

¿Y qué hace el personal sanitario o por lo menos yo, ante tal fauna? Vacunarme —haciendo cursos de trato en situaciones conflictivas— y después torear, lo que conlleva que en muchas ocasiones les dé la razón para que me dejen trabajar cómoda y en paz; que me quieren llamar “nena”, pues que me llamen, que la señora dice que le tengo que quitar los puntos hoy, pues se los quito.
En fin, debe haber varias selvas peores que esta, estoy segura, pero estoy agotando mis anticuerpos y se han acabado las vacunas —el curso lo impartían en la Lain Entralgo y la han cerrado—, así que debería cogerme un avión y partir a mi islita paradisíaca con un disco de Ricardo Arjona, el libro Orgullo y Prejuicio y una tortilla de patata.


¡Hasta la próxima!

sábado, 15 de marzo de 2014

Conmoción

Así fueron los hechos:

22:10. Camino después de una dura jornada hacia el parking, charlando con mi compañera. Hablamos sobre… (no es relevante). Un coche pasa a nuestro lado y cuál es mi sorpresa que reconozco al conductor. Él a mi también. Frena. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos. Es un ex compañero que pasó a una vida mejor (otro servicio).
—¡Pero bueno! ¡Cuánto tiempo! ¿Qué tal te va por aquel servicio? (tampoco es relevante) —exclamo.
—¡Genial! ¿Y por allí? ¿Cómo sigue? —pregunta por cortesía; ya sabe que mal, por eso se fue.
Establecemos una usual conversación sobre los cambios en nuestras vidas y después vamos al tema que nos interesa: chismorrear sobre la planta. Le hago un leve resumen de los cambios, de los que él estaba más o menos al tanto, y nos comenta que él conoce a uno de los que han ido a caer allí.
—¿Y de qué le conoces? —le pregunto curiosa.
—Pues era de mi pandilla, ¿por qué no voy a conocerle?
—También es verdad —bromeamos mi compañera y yo.
Y es aquí cuando suelta el comentario, inofensivo, tonto, guasón, pero que ha cambiado el curso de esta semana:
—¡Ése! ¡Cuidado, ése es un… ¡
Me quedo estupefacta. No me lo puedo creer. ¿Ése es un…?
No nos da detalles y después de echar otro ratillo más de palique, nos despedimos y mi compi y yo partimos hacia nuestros coches conmocionadas.
No valgo yo para mantener la boca callada y menos con un notición tan impactante como aquel. Pero no solo lo conté por el mero hecho de chismorrear, lo hice para que estuvieran prevenidas y al tanto de con quién trabajamos día a día.
El resultado fue la misma cara de sorpresa e incredulidad que había puesto yo la noche anterior.
Al día siguiente salí de cena con mis compis, y me vi en la obligación de prevenirlas también (no, no lo hice para echarnos unas risas), fue por exclusiva protección.
Por supuesto también se lo comenté al que me arropa con la mantita todas las noches. Su cara de preocupación me dejó evidente que debía alertar al mundo.

Pero, claro, ahora viene la parte difícil… Me toca hacer noche y resulta que el susodicho también está. Llamo a mi chico y me aconseja con voz tranquila (pero seguro que estaba preocupadísimo) que vayamos de dos en dos a las habitaciones y que tengamos mucho cuidado.
Mis compañeras de la tarde me comentan que han visto al susodicho y no sabían cómo mirarle. Las entiendo, a mí me sucedió igual. Cuando le tuve en frente, no podía atenderle, sólo escuchaba como un taladro en mi cabeza, el apodo con el que le había calificado mi ex compañero. Espero que algún día pueda volver a mirarle como lo hacía antes, el tiempo lo cura todo.
Y por eso he decidido escribir esta entrada. Debemos tener mucho cuidado, y yo la primera, cuando calificamos a alguien. Podemos provocar un cambio en la actitud de los demás hacia la persona en concreto, por no hablar de rumores, prejuicios, y aprensión.
Ya, ya sé que queréis saber qué es lo que me dijo. No os preocupéis, ya os he confesado que no valgo yo para mantener la boca cerrada. Espero que entendáis la conmoción que ha provocado en mi planta tal noticia.
22: 15. Parking:

—¡Ese! ¡Cuidado es un rompebragas!



NOTA ACLARATORIA (3/04/2014): Me llegan informaciones de que el susodicho ha dejado de cargarse la lencería femenina a su paso. Por lo visto, tiene una relación formal hace años. Ahora entiendo la crisis en el sector de las mercerías.

martes, 11 de marzo de 2014

Chirigota del supervisor.

Divagando por internet, que soy yo mucho de estas cosas, me he encontrado con una chirigota curiosísima. No es que yo esté totalmente conforme, qué va… con lo que admiro yo esa figura laboral, yo nunca podría ejercerla con lo desastre y desordenada que soy. Pero como acaba de terminar el carnaval, y no había escrito nada en referencia, pues ahí va esta chirigota dedicada a nuestros superiores.
Música: De mayor quiero ser mujer florero. Ella baila sola.
Compositor:  ¿¿¿????



De mayor quiero ser supervisor, metidito en mi despacho te espero yo.
La bata blanca bien planchada, me da presencia y un plus en la paga.
De mayor quiero ser supervisor y ver curar al inferior
Desayunar toda la mañana, ¡vengan cafés, vengan tostadas!
Y aunque poco veo a mi personal, se que están, corriendo irán.

Es mi sueño, vacío el despacho.
Es mi sueño, planillas sin cambios
Es mi sueño, que no falte personal
Que pidan poco y sonrían más.

De mayor quiero ser supervisor, poner “L” y “T” sin distinción.
Pedir la farmacia con ton sin son y lo que falte que lo busque el inferior.
Y por la noche dormir en mi camita, sin pelear con los timbres ni las familias.
Los fines de semana pá mi los quiero y que vaya y los trabaje el enfermero-obrero.
Hacer guardias con mi compañero y para que no haya incidencias cruzar los dedos.

Es mi sueño, vacío el despacho.
Es mi sueño, planillas sin cambios
Es mi sueño, que no falte personal
Que pidan poco y curren más.

De mayor quiero ser supervisor, carpeta en mano, de reunión en reunión.
Supervisor, supervisor, supervisor, pero si la vida se tuerce y no se cumple mi misión, no pasa nada… ¡me pido médico de admisión!

                                      Cualquier parecido con la realidad, es mera rima del autor.


         Con cariño para aquellos que nos organizan. Por todos es sabido que para cualquier español trabajador, la labor más dura, es la propia, la de los demás nos parece cosa de niños.





viernes, 7 de marzo de 2014

¿A dónde vas con esos leggins?

        Ya decía yo que la cosa estaba muy tranquila. Aunque no os lo creáis, llevo desde el lunes trabajando y no tenía nada que contar. Estaba empezando a tener sudores fríos nocturnos —cosa más que extraña valorando el gramaje de mi edredón nórdico—, me veía clausurando el blog, despidiéndome de vosotros, de mis “ami-lectores” que tan feliz me hacéis con vuestros cientos y cientos de comentarios —es ironía, no ponéis nada ¡cacho vagos!
         Jueves 19.30
         Nuestra compañera de Jerez se nos acerca con cara de circunstancias al mostrador donde mi compi con habichuela y yo tecleábamos en el ordenador.
         —Chicas, ¿habéis visto a una mujer que va por las habitaciones?
         —¿Ehhhh? —contestamos las dos extrañadas.
         —Esperad —la diplomada jerezana regresa a su control a discurrir con un familiar.
         —Se habrá desorientado alguna abuelilla —comentamos las dos y reanudamos el tecleo.
         Al minuto regresa, otra vez con la misma cara, y atusándose el pelo nerviosa, «que me hago la coleta, que me la quito, que me la vuelvo a hacer». Trae un gesto detectivesco. Mis dedos cesan de teclear para prestarle toda mi atención. Algo le ronda, son muchas horas juntas.
         —Chicas, dicen los familiares de mi pasillo que hay por ahí una mujer que va hurgando en los armarios de los abuelitos.
         —¿Ehhhh? —nos reiteramos la DUE cigüeña y yo.
         El familiar con el que se había marchado a discurrir un minuto antes, nos indica:
         —Sí, ahora está en vuestro pasillo. Lleva unos leggins negros.
         Se ve que esa era la palabra clave, porque instantáneamente nos levantamos para ir en búsqueda de la dueña de los leggins. Las tres:

         DUE jerezana: 55 kilos
         DUE con habichuela: 55 kilos y lo mismo me he pasado.
         Yo: un pelín más.
         ¡Nada! No vimos a nadie con ese atuendo hurgando en armarios. Hasta la gaditana y yo, entramos en un despacho médico, oscuro y vacío, con más miedo que vergüenza y nos atrevimos —ella, yo no— a abrir la puerta del baño. Pero ¡Nada! No había nadie.
         Cuando ya regresábamos de nuestra improductiva batida por el pasillo, con la típica risilla incrédula, el familiar chivato, viendo nuestra ineptitud detectivesca, echó un vistazo rápido y exclamó ni corto ni perezoso, a un metro de la habitación:
         —¡Está ahí, es esa! —y se dio la vuelta esfumándose.
         Las tres nos miramos y dejándonos llevar por el impulso —creo compis, que deberíamos haber elaborado una estrategia: tipo poli bueno, poli malo—, asomamos nuestras cabecitas a la habitación y allí vimos a la presunta hurgadora, sentada en una butaca entre las dos abuelas agradeciditas de compañía.
         —¿A quién está usted acompañando? —con acento gaditano y serio, muy serio. Cuidadito como un andaluz cabreado, da más miedo que la careta de Saw.
         La presunta: mujer de cincuenta años con alopecia incipiente, sobrepeso, arriesgados leggins negros y un buen bolso apoyado en sus rodillas, nos contestó:
         —No, ya no, vengo a ver a… —con una carita de cordero degollado y confuso, qué chica, me enterneció.
         —¿Pero a quién está usted acompañando? —le reiteró.
         —Bla, bla, bla…, bla, bla, bla… —embarullaba. El mensaje era sumamente difuso.
         —¿Pero a quién visita? ¿Le pagan? —preguntó con tono desafiante la de Jerez (pero muy poco desafiante, yo que la conozco).
         —No, no —declaró.
         —¿Y si no la pagan a qué viene? —se envalentonó nuestra “poli mala”.
         Yo la miré como diciéndola «nena, te has pasado». He de reconocer que la cara de corderito de la presunta me había conquistado. La sospechosa no respondió.
         Las tres salimos de la habitación a analizar el caso… Un minuto después regresamos a nuestros respectivos teclados. No teníamos pruebas.
         No habíamos desbloqueado el ordenador cuando la presunta pasó por el mostrador sin despedirse. La habichuela y yo nos levantamos un poco para echarle un vistazo a su espalda y escuché exclamar a mi compañera:
         —¡Desde luego en el zurrón que lleva le cabe un abuelo! —. La presunta cargaba con una bandolera llena hasta los topes.
         —¿Qué hacemos? ¿Llamamos a seguridad? ¡Si es que no la hemos visto hacer nada! —dudaba yo.
         —¿Pero y que se va a llevar? Si los abuelos no tienen ni para agua, si hubiera entrado en la 66. —Hay dos jóvenes—. No, claro —recapacitó en alto mi compi—, de ahí sale sin bragas —los no tan jóvenes, tienen un pasado fraudulento.
         Después se lo comentamos a seguridad y concluimos que es muy probable que sea cierto que roba a los abuelos. Se mete en las habitaciones para hacerlos compañía y cuando se despistan —si no lo estaban de base—, rebusca en sus armarios. Al personal sanitario nos parece una cuidadora y no reparamos en ella. Así que os prevengo. Ya os he hecho la descripción previamente. Si queréis más datos, pedírmelo en los comentarios.
         Después de este suceso y de otros anteriores que os he contado, espero que apoyéis mi propuesta de que necesitamos a un buen policía en la planta. Alguien que venga a investigar y a ayudarnos… ¿Javier Morey?