martes, 25 de febrero de 2014

TIRITITRANDO DE MIEDO

        Hoy sí que vais a pensar, ¡esta chica se lo inventa! No es posible que una planta dé para tanto. Pero os prometo por mi nuevo libro —y así aprovecho y os cuelo lo de Abrázame que no te quiero—, que todo lo que escribo es verdad, de la buena, de la que no hace falta inventar nada. La realidad supera la ficción, ya lo veréis.


         Este fin de semana me ha tocado trabajar —¡oohhh!—. Yo ya iba precavida, sabía que sí o sí, me correspondía llevar esa habitación…    Sábado tres y veinte de la tarde —prácticamente se acaba de marchar el turno de la mañana—. Es costumbre en nuestra unidad el tomarse un café antes de empezar a sacar pastillas y así estábamos obrando, una asidua a dicha tradición, y mis dos fantásticas compañeras enfermeras. Cuando de pronto escuchamos un montón de gritos, como de hienas, tan agudos que mis tímpanos todavía están resentidos. Las tres saltamos de nuestro asiento y como un vendaval corrimos al lugar de dónde provenían los aullidos. ¡Oh, no! Provenían de esa habitación…

         Gozamos de la gran suerte (ja, ja, ja) que esa habitación está a escasos cinco metros de nuestro estar de enfermería, y partiendo de la base que corrimos más que Usain Bolt, pues calculad que tardamos en aparecer menos de dos o tres segundos.
         —¡Haced algo, vagas! ¡Sin vergüenzas! ¡Qué se muere! ¡Pero haced algo!
         Ese, creo, que fue el recibimiento. Los gritos de las mujeres que nos aguardaban en la puerta, eran tantos, que se entremezclaban sus mensajes; pero más o menos venían a comunicar algo así.
         Conseguí hacerme un hueco en esa habitación, pidiéndoles que nos dejaran entrar, porque a ellas, que no deben dar para mucho (y lo digo porque lo digo), no se les ocurrió pensar que si estás en la puerta gritando al personal sanitario, no le dejas acceder a la habitación para salvar la vida del paciente.
         Lo que me encontré fue peor. Una barrera de hombres, sus maridos, o sus hermanos, qué sé yo, nos clamaban que hiciéramos algo, que se ahogaba. Otra vez, tuve que hacerme un hueco entre la marabunta gitana, —me imagino que vuestras avispadas mentes ya lo habían concluido— y poder acercarme al, en teoría, ahogado patriarca.
         ¿Estaba ahogándose? ¿Azul? ¿Tuve que aspirarle inmediatamente para salvaguardar su vía respiratoria de los cuerpos extraños?
         No.
         «¿Nooo?» entiendo vuestra conmoción, a mí me sucedió igual.
         No. El señor estaba tan pichi, de hecho, mejor que nunca. Él nos intentaba decir —pero las hienas no nos dejaban oírle— que había tenido una especie de golpe de tos, pero que se le había pasado en seguida y qué no entendía a qué venía el alboroto. Les pedí, eso me lo han recordado mis compañeras, yo del susto, no me acuerdo de nada, que se callasen y se saliesen para poder atender al enfermo.
         Nos hicieron caso, pero no sin antes, recibir un montón de amenazas y de insultos varios, entre ellos creo que «guarras». Fíjate tú.
         Pues allí estábamos, tres enfermeras, una auxiliar y un patriarca respirando a la perfección. A mí me temblaba todo el cuerpo, tenía frente a mí a la auxiliar con una sonda de aspiración en una mano y con la otra haciéndome un gesto de «nos van a canear». Yo sólo repetía:
         —No salgo, yo no salgo, éstos nos matan.

         El patriarca al vernos tiritar a las cuatro, nos prometió que no nos iban a hacer nada y que les dejáramos entrar. Al final, la más valiente de las que padecíamos allí, (yo no), abrió la puerta y se dirigió a la marabunta para explicarles que su querido y amado familiar se encontraba perfectamente y que él mismo se lo iba a decir.
         Aprovechamos la confusión y salimos de la habitación. Vivas, que no es poco.
         ¿Qué hicimos? Llamar al supervisor de guardia, dejar en dieta absoluta al enfermo y entrar de dos en dos a esa habitación. Teniendo más claro que el agua, que si en algún momento le sucede algo, y es más que probable porque ingresa por fallo multiorgánico, más nos conviene salir pitando porque nos matan a palos. Y a los que estáis pensando, ¿pero no hay seguridad? , les aclaro que trabajo en una planta muy alta, y que para que puedan venir, hay que llamarles; si estás encerrada en una habitación, explícame tú cómo se enteran. Lo dicho, a salir pitando, compañeras.
         ¿Bonita profesión? Y repitiendo el final de otra entrada de este blog:
         —¡Y que no nos paguen peligrosidad! ¡Venga hombre!


         

sábado, 22 de febrero de 2014

Una semana sin Paqui.


        
         Una semana sin Paqui, una semana, pero los que la conocíamos, llevábamos más tiempo sin ella. Dos años. Dos años en los que esa mujer de cabello oscuro, tan bella, bellísima por fuera y llena de furia, energía y vida por dentro, nos dejó. Su corazón cesó de latir, sorprendentemente, el quince de febrero, pero su espíritu ya no habitaba en ella. Una enfermedad lo desalojó a golpe de olvidos. Una de las más perversas enfermedades que existen: El Alzheimer. Aquella patología neurodegenerativa incurable hasta el momento.
         Todo empezó en 2009, tras la muerte temprana e inesperada de su marido. Paqui comenzó “a perder la cabeza”, a tener olvidos tontos,  a no saber cuánto le tenían que devolver en el Carrefour al pagar, a olvidarse de leer, a no ver bien, a confundir el nombre de sus hijos, a olvidar el de sus nietos. Las alarmas saltaron, comenzaron las pruebas y no tardó en llegar el diagnóstico: Paqui, tenía Alzheimer.
         ¿Tan joven? Apenas 67 años. Sí, tan joven. Y la enfermedad la anuló en cuestión de dos años. A menudo trabajo con pacientes con Alzheimer, pero siempre son más mayores y la degeneración a la que se ven sometidos no llama tanto la atención. El caso de ella es el más chocante que he visto, lástima que fuera mi tía. Tía, hija, esposa, madre, abuela, hermana, cuñada, amiga, linarense, etc.  Mi tía era muchas cosas, porque era una gran mujer, de esas que no pasan desapercibidas (y no me refiero en exclusiva a su potente tono de voz), era una de esas que pisaban fuerte, con arrojo, sin que nada se la pusiera por delante. Pero con esto no pudo. Nadie le gana. Ni los medicamentos inhibidores de la colinesterasa, ni el antagonista del N-metil D-aspartato, ni los estímulos, ni los ejercicios, ni la residencias “especializadas” tremendamente caras, ni nada de nada. El Alzheimer derrota sin mucho esfuerzo a todos esos pseudo tratamientos.
         Paqui ya ni hablaba. Apenas se movía. Se caía de la silla donde la sentaban todos los días. ¿Era eso vida? Yo creo que no. Paqui murió tranquila, después de desayunar, sentadita en su butaca, escuchando a Luz Casal, su compañera de cáncer, porque Paqui en estos años, luchó, sin enterarse, contra él y le venció. ¡Y qué demonios! También le ha ganado al Alzheimer, ya que apuesto que su vivaz corazón le desafió diciéndole:
         —Tú no me humillas más. — Y dejó de latir.
         Al final Paqui sí venció la batalla. ¡Olé por ti, Paquita!
         Los que la queremos, la hemos perdido, pero como dice la canción:
         Uno no está donde el cuerpo, sino donde más le extrañan. Y aquí, se te extraña tanto…
         Paqui brindará con su cerveza, junto a Fernando. Él ya disfruta de su “Frasquita”, ya la tiene junto a él. Estoy convencida de que esos nueve pedacitos de ellos que hay en la Tierra, poseen a partir de esa mañana del quince de febrero un terremoto de ángel de la guarda velando por ellos.

         Por ti, Francisca Fernández. Te queremos. Siempre.
                  

        
        
        


INGENIERAS DE LA NASA CON PIJAMA

En muchas ocasiones cuando salgo de una habitación y reparo en las preguntas, ruegos, y dudas que me han expuesto dentro, me cuestiono:
         ¿Podrían ficharme los de la NASA? ¿Somos las enfermeras unas eruditas invisibles e infravaloradas? ¿Realmente estoy bastante por encima de la media?
         Porque yo os prometo que mi nivel cultural anda 
justito, en Historia y Geografía estoy bajo mínimos y descendiendo a la vez que cumplo años y mi memoria hace huecos para nombres de series. Creía sinceramente que era una tipa normal, con un intelecto normal, más o menos como mis compañeras, cada una despunta en algún tema o habilidad, pero visto lo visto, y aunque suene pretencioso:
         Enfermeros y enfermeras del mundo ¡somos unos lumbreras!
         Y no, no me he levantado con el ego subido y me estoy tirando el pisto, os pienso poner ejemplos, aunque supongo que vosotros tendréis miles de anécdotas que refuerzan ésta opinión:
         Una tarde se me acercó un yerno, con pinta de repipi, para pedirme que subiera la cama de su suegra. Os explico que nuestras camas son articuladas y eléctricas y que se manejan con un mando en el que hay unas flechas y unos dibujos que indican el movimiento, y que son tan sencillas —o eso creía yo— que hasta un “niño de teta” podría activarlas. Pues como lo que te adoctrinan en la escuela de enfermería es que hay que fomentar la autonomía del paciente y su familia, me dispuse a informarle al buen señor, del funcionamiento del mando, para que la próxima vez pudiera hacerlo él. ¿Bien, no? Ja, ja, ja ¡¿Para qué quieres más?! Me expuso —sin ponerse colorado— que aquello era un galimatías, que cada uno sabía de lo que sabía, y que él no tenía porque entender de mandos (totalmente en desacuerdo, si de algo hay que entender hoy, es de mandos). Me acabó preguntando si yo conocía las teorías de Kant —ya os he dicho que era un repipi— y se negó a que le enseñara el funcionamiento del mando. ¡Ah! A ninguna de mis compañeras, ni a mí, nos dieron un ciclo formativo sobre el dichoso mando. Lo deducimos nosotras solas. ¿Entendéis porqué creo que deberían ficharnos los de la NASA?

         En el día a día, me hacen cada cuestión que se me cae el alma a los pies. Así no salimos de la crisis nunca. Cosas como llevar un sobre de algún medicamento y que te pregunten si lo echan en un vaso con agua o que vengan asustados al control de enfermería porque se ha desatado la mano un paciente con sujeciones y tengas que ir a tú a pegarle el velcro (muñequera con velcro: creo que se usaban ya en la antigua Roma). Ni que decir cabe, las veces que llaman al timbre porque precisan ayuda para ejercer procedimientos básicos para la vida diaria, como que les abras la ventana, subas la persiana porque no saben, des la luz porque se lían con los interruptores, informes del funcionamiento del teléfono (descolgar y llamar, básicamente), de cómo se abre el sillón, etc. Actividades que a mí nadie me ha enseñado a hacerlas, que son de cajón de pino.
          ¡Cuidado! No hablo de abuelitos, ni de pacientes muy graves, hablo de mediana edad y de gente joven aparentemente autosuficiente. Me refiero a seres humanos que conducen, cocinan, usan tarjetas de crédito, tienen móvil, manejan internet y han superado la pantalla cien del Candy crush. De esos que si les para Juanra  Bonet —Lo sabe o no lo sabe— hacen un ridículo memorable.
         No me queda más que dar la enhorabuena a los enfermeros del mundo:
         ¡Enhorabuena! Porque sois astutos, resolutivos, creativos, intuitivos, cuidadosos, preparados, empáticos, organizados, trabajadores inagotables, curiosos, observadores, caritativos (sí, caritativos, a los que nos pagan la noche se le llama caridad).
         Después de este baño de alabanzas generalizado, he de añadir a los que no sois enfermeros y estáis ojeando esta entrada. Queridos, incluíros en el párrafo anterior. Si estáis leyendo un blog, pasáis directamente a estar por encima de la media. ¡Enhorabuena!
         ¡A celebrarlo! ¡Buen fin de semana!


          Por descontado queda que podéis añadir vuestras experiencias; quizá así les llegue a los de la famosa agencia americana y nos ofrezcan un contrato.

martes, 18 de febrero de 2014

18 de febrero.El misterio de la pastilla machacada

Hay varios temas estrella que provocan preocupación maníaca en los familiares de nuestros pacientes:
         • Receta de la pastilla para dormir.
         • Tratamiento que toman habitualmente y que no les ha pautado el doctor.
         • Estreñimiento.
         • Funcionamiento de la tele.
         • Presencia de kiwis en la dieta, etc.
          Los dos primeros, en concreto, son de fácil resolución: tan sencillo como preguntárselo a su médico. Pero no, ellos prefieren esperarse a las seis de la tarde, asegurándose que su doctor ya se ha ido, y acercarse al mostrador de enfermería para cuestionarte temas médicos. Y si no los resuelves —imposible, como comprenderéis—, exigirte que llames al médico de guardia con tono de voz exponencialmente creciente. “A la enfermera es mucho más fácil gritarla” —creo que es su modus operandi—. A lo que iba, que me pierdo; en esta semana se ha repetido, con diferentes resultados, un recelo en nuestras visitas. Algo que nos hemos visto a compartirlo, intrigados por la novedad, en nuestro estar de enfermería, en aquel ratito diminuto del café.
         «¿Qué les pasa a las familias con lo de machacar las pastillas?»


         Yo he sido una de las afectadas —cómo no—, pero mi caso ha sido mucho menos extremo que el de mi compañero. El mío se resume a dos hermanas “tocapelo…” que tienen a su padre ingresado y que me han preguntado cada vez que les entregaba en el vasito las pastillas de la merienda y cena —acto que he llevado a cabo diez veces en la semana—, por si estaban machacadas. No, no es que yo sea desmesuradamente susceptible, es que  me lo preguntaban con un tono tan despectivo, que el desprecio y desconfianza se mezclaban con el escaso oxigeno de la habitación. ¡Venga! Os pongo ejemplos de sus frasecitas. Imaginároslas siempre sentadas, sin mover el glúteo de su sillón y yo apareciendo con mi bandeja de vasitos donde estaban depositadas las pastillas:
         «Nena, ¿habrás machacado las pastillas?». Silencio por mi parte. ¡Qué se levante y las mire!, pensaba cada vez que se reiteraba el deja vu.
         «Nena, las traerás bien machacaditas». En esta ocasión me reí, ni que estuviéramos en el mercado.
         —Nena, ¿has machacado las pastillas? —Con brazos en jarra, contoneo de cintura, rostro altivo y en mitad del pasillo. Era jueves y ya me harté. Me salió del alma:
         —Le pido por favor que deje de llamarme nena.
         —¡Ah! ¿Y cómo quieres que te llame? —perpleja.
         Me miré el pijama y sonriente (cínica, pero sonriente), respondí:
         —Pruebe con enfermera.
         Hoy regreso, he librado y sé a ciencia cierta, que voy a escuchar la misma preguntita. «Paciencia, Irene, paciencia».
         Pero como os comentaba al principio, mi caso es infinitamente menos heavy que el de mi compañero. Un nuevo enfermero que ha caído en mi planta y como mandan los cánones, ha tenido su primer altercado —la media es de una o dos semanas, a los sumo. Yo tardé dos días—. El caso es que es un hombre tranquilo, de esos que transmiten paz y buen rollo, tipo monje budista. Pero no hay familiar que se resista a montar un buen pollo a la enfermería.
         Situación: familia catalogada de conflictiva. Se negaban a llevarse a su pariente, pese a que los médicos le habían dado el alta el viernes. Sábado tarde. Mi compañero, igual que el día anterior, le entrega el vasito con las pastillas al enfermo. El familiar al advertir que no están machacadas le dice:
         —Tú, inútil, tienes que machacar las pastillas. Ayer tampoco las trajiste.
         Mi compañero, agarra el vasito y le contesta de las mejores formas posibles:
         —Cuando pueda te las traigo.
         —No. Me las traes ahora —le amenaza.
         —Te he dicho que cuando pueda te las traigo. —Sale de la habitación y va hacia el cuarto de la mediación (un estrecho habitáculo donde tenemos toda la farmacia). El familiar le sigue impidiéndole la salida del cuarto. Comienza una discusión sobre el momento de la trituración y acaba en que el familiar agarra de las solapas a mi compañero y le zarandea.
         ¡¡Por machacar unas pastillas!! ¡¡Algo de vida o muerte!! ¡¡Venga, hombre!!
         «Compañero, no te desesperes, aprenderás a que en esta planta, es mejor oír, ver, y callar».
         Desconfianza, desprecio y amenazas suele ser nuestro día a día, de verdad. Una de mis teorías es que echan en la televisión tantos programas en los que hablan de errores médicos, que la gente los hace propios y cuando les toca a ellos ingresar, liberan todo lo que han somatizado contra el personal sanitario, (ajeno a aquellos desaciertos televisivos). Habrá lugares en los que no, en los que reine la paz y el buen hacer, confío en ello, sino se extinguiría nuestra profesión. Esto no hay quien lo aguante. ¡Se han cargado mi vocación! ¿No os doy pena? —Estoy abierta a cualquier oferta de trabajo—.
         Este ha sido el misterio de la semana pasada, el de ésta ya os contaré. Gracias por leerme. ¡7000 visitas! ¡Sois la leche!

                 

        
        
        

        
        
          

lunes, 10 de febrero de 2014

Bates hospital

¿Si yo os preguntara por un lugar aterrador, un espacio al que preferiríais no entrar en la vida aunque tuvierais que dormir en el santo suelo, qué me responderíais?
         A mí de primeras me viene el Bates Motel, el hotel de Psicosis. Conmigo, desde luego, no hacían la película. Ya podía estar cayendo el diluvio universal, y ser el único hotel a cien kilómetros la redonda, que veo esa colina y esa pinta espeluznante y me quedo pasando frío en mi coche.

         Supongo que cada uno habréis visualizado un lugar, la pregunta era muy general, ¿pero y si la reducimos al ámbito hospitalario? Algo como esto:
         ¿En qué habitación de un hospital no entraríais? ¿Cuáles son los lugares más terroríficos, aquellos que la gente teme y cruza los dedos porque no le toque vivir una experiencia así?
         ¿La UVI?, ¿pasillo de la Urgencia?... ¿Quirófano de traumatología?
         ¡Venga, seamos sinceros! Esos son perlitas del Caribe comparadas con una habitación en la que haya ingresado un patriarca de aquella etnia tan familiar y extendida. Sí, amigos, sí… Ese es el lugar menos deseado de un hospital, y cómo no, en mi planta  tenemos una.
         ¡Cuidado! No es racismo, de hecho, llevo un tiempo constatando que hay muchas familias gitanas muy respetuosas, educadas, limpias y que se preocupan por sus familiares como nadie… pero no me refiero a esas. Yo hablo de aquellas que se apoderan de la habitación. Se apoderan en todos los sentidos y sobre todo del de la vista —hay más gitanos que en una sala flamenca—; del oído —en ocasiones cantan—, y del olfato —huele a ausencia de higiene generalizada, (mal, muy mal) .
         Pues sí, en mi planta tenemos una, y ésta es de las más espeluznantes que recuerdo. El patriarca —que es para verle— es el enfermo, y su mujer —es para no verla—, se pasa todo el día con él. Aparentemente, porque realmente se la pasa en el control de enfermería preguntándonos lo que nos acaba de cuestionar hace dos minutos. Yo, gracias a ella, ya le pongo cara a la famosa “mosca cojonera”. No sé si es que no se entera o es que se hace la tonta —me decanto por esta opción, pero hay que otorgarle un margen a la duda de que se haya dado un golpe en la cabeza y sea idiota perdida—. Sus hijos, —los cien—, son igual que la madre y las mujeres —orondas y vestidas de negro en su totalidad—, ídem de ídem.
         Y ahora os cuento lo que nos sucedió el viernes:
         Famoso entrenador de fútbol —y no era Quique Sánchez Flores— sube a ingresar a su suegro. No es lo habitual, a nosotros nos vienen pacientes de la urgencia, no de sus casas. Pero nos explicaron que admisión les había derivado como segunda opción a mi planta, y como nosotras ni pinchamos ni cortamos en temas administrativos, nos dispusimos a hacerle la entrevista. Cuando terminamos les acompañe a su habitación y justo cuando estaba llegando me percaté… ¡Iban a la habitación terrorífica! ¡NOOO!
         La cara del suegro fue parecidísima a la de Janet Leigh al abrirse la cortina de la ducha y la del entrenador de fútbol no la vi porque me adentré para hacerle hueco al hombre entre la marabunta de gitanos sentados hasta con sillas plegables por todo el espacio.
         Resultado: llamada a admisión rápida para cambio de habitación. Gracias a Dios, objetivo conseguido. Salida simulando error. Bloqueo de habitación dantesca.
         Bloqueo de habitación significa que los gitanos se han hecho con la suite para ellos solos y al entrenador de fútbol y su suegro —que cotizarán más que todos los otros juntos—, les toca compartir una habitación enana con un paciente agonizante —como al resto de seres humanos civilizados—. La vida es así… no ganan los que más trabajan sino los que más gritan.
         Pero esto no es un caso aislado. Las habitaciones se bloquean para este tipo de casos, lo que a mí, particularmente me repatea las tripas. La mala educación y ausencia de civismo, conjugado con amenazas y el secundario miedo del personal, priman ante la igualdad y el derecho.
         ¿Que qué se puede hacer? Ni idea, llevo mucho tiempo y todavía no he encontrado la respuesta. Desde luego cruzo los dedos, porque si algún día me toca a mí o a algún familiar mío compartir una habitación así, las enfermeras hagan lo mismo y no duden en llamar a admisión.
         Lo que sí sé, es que esta noche, esta menda, tiene que trabajar y estoy atemorizada porque voy a tener que adentrarme en mi Bates motel particular… ¡Y que no nos paguen peligrosidad! ¡Manda narices!