jueves, 30 de enero de 2014

Año 3003. Continuación.

Año 3003.
         Will cruzó el Océano Atlántico en lancha (no me preguntéis cómo) y arribó en Portugal. Se llevó un chasco monumental al llegar a Madrid, y no ver signos de vida en Parquesur. Estaba convencido de que allí, en ese famoso centro comercial, tan concurrido en la antigüedad, hallaría su Halle Berry. Pero, ni la desolación, ni el cansancio, ni la soledad, menoscabaron su afán de tener frente a sí a la Piedra Rosetta.
         Hoy su corazón le centellea. Una lágrima de ilusión se resbala por su mejilla. Tiene frente a sí la puerta del museo Británico (y está abierta). Will oye sus propios pasos al pisar el suelo de la galería…


LAS PLANILLAS II
        
         Como os relaté en la anterior entrada, hay enfermeras que están sufriendo transformaciones considerables de su anatomía, y se sospecha que es por el influjo de las planillas. Y es que, por increíble que parezca, nuestras planillas están sobradamente relacionadas con el Señor de los Anillos, porque al igual que J.R.R.Tolkien se inventó el lenguaje élfico, ellas tienen su propio idioma: T, M, N, /, C, K, W, PP, PF, G, L, E, Z… También es un idioma mágico y farragoso, porque se ha dado el caso, de que hasta el propio supervisor, que en teoría es el experto, ignora qué significan las letras, y hay verdaderos enfrentamientos sobre si lo que te tiene que poner es una Z, y no una L, o un PF y no un PP. En cada servicio, siempre hay un experto, más versado que el supervisor, que es al que hay que acudir en caso de duda.
         Otro estudio, éste de la universidad de Mississippi, ha descubierto que el poder que influyen las planillas es mayor con los años. Al principio, cuando eres un enfermero novato, ajeno a su magia, eres capaz de apreciar lo obsesionada que están tus compañeras y te hace hasta gracia. Pero, poco a poco, de manera sibilina y astuta, las planillas te hacen sucumbir a sus encantos y a los años te ves hasta haciéndolas fotos y mandándolas por WhatsApp a tus compis. Sabes que en cuanto ellas las reciban, pararán de hacer lo que estén haciendo, para acercar con sus deditos la imagen y ver qué fin de semana libran.
          Ese mismo estudio ha descrito los distintos estadios de los afectados por las planillas:
         Estadio 1. El leve. Cada semana se aprende lo que hay en su fila. No es capaz de más. 
         Estadio 2. El grave. Se sabe de memoria todas las letras que hay en la planilla del mes. Para ello ha dejado de hacer algunas actividades del trabajo por el que le pagan.
         Estadio 3. El gravemente grave o “pá que lo ingresen”. Se sabe de memoria todas las letras que hay en la planilla del mes, incluidas las filas de sus compañeras. Para ello prácticamente no ha ejercido ni una de las actividades del trabajo por el que le pagan.
         ¿Entendéis ahora mi preocupación? ¿El por qué de esta entrada en el blog? ¡Compañeros, no permitamos que nos sigan haciendo daño! ¡Ignorémoslas! ¡Tirémoslas por la ventana! ¡Que cada uno vaya a trabajar cuando quiera!
        
         Después de esta pequeña idea revolucionaria, (se me ha ido un poco la cabeza, lo reconozco), creo que os quedará claro, que si preguntáis algún día a una enfermera, con solera, no a una recién llegada, sobre qué es lo más importante de su trabajo, ella sin ninguna duda os responderá (os pido que le echéis imaginación y figuréis la voz de Gollum, para darle un toquecillo de humor):
         —Mis planillas.

         La decepción se está apoderando de Will. Los símbolos de la Piedra Rosetta, nada tienen que ver con la hoja que le ha quitado el sueño estos tres años. No se puede creer que su viaje haya sido en balde. Will cae al suelo afligido; no le quedan fuerzas para seguir viviendo…
         —¿Estás bien?
         ¡Una voz! Will ha sentido una voz a su espalda, ¿se habrá vuelto loco? De pronto advierte una mano en su hombro.
         —¿Puedo ayudarte?
         Will se gira entusiasmado. Y ahí está, una mujer, preciosa, de su edad (ni hecho a posta), parecidísima a…

Año 3005
         Will y Halle pasean abrazados por una desértica París. Esperan su segundo hijo. No sé deciros si descubrieron la verdad. Lo que sí puedo aseguraos es que a veces, sobre todo cuando Will saca de su bolsillo el dichoso papel, sienten que alguien les acecha y en ocasiones oyen una voz de ultratumba pronunciar:
         —Mi tesoro…
        

miércoles, 29 de enero de 2014

Año 3000. Primera parte.

Año 3000

         
        Nuestro planeta se ha cocido y el ser humano, como garbanzos en una olla, con él. Sólo queda un habitante, (que bien puede parecerse a Will Smith). “Will”, así le llamaremos, únicamente puede salir a buscar comida y entretenimiento por las noches, por el día se esconde del los rayos mortales (los del sol, esto no es la guerra las galaxias).
         Hoy Will camina decaído, está perdiendo toda esperanza de encontrar a un ser humano. Antes soñaba con la imagen de una mujer (parecidísima a Halle Bery) y entre ellos dos perpetuaban la especie. «Debería haber muerto, esto es un rollo», piensa para sí. De pronto en la oscuridad de la noche, un objeto blanco y aplanado reluce y llama su atención. Will se acerca… ¡Es una hoja! ¡Un papel forrado por un plástico! Hacía siglos que no veía uno. Lo sostiene entre sus manos… «¿Pero qué es esto? ¡Qué cosa más extraña!». Will lo examina con detenimiento. El plástico lo ha mantenido a la perfección, aun así se nota que fue un documento importante porque se le aprecia manoseado. Es como una tabla. En la columna de la derecha hay un montón de nombres y en la horizontal, números del 1 al 31… pero lo que realmente llama su atención es el interior de la tabla. Hay un sinfín de letras sin orden alguno…





         LAS PLANILLAS

         Quizá, los que no trabajáis en un hospital (esa suerte tenéis), no sepáis lo que son nuestras planillas. Tranquilos, yo os lo explico. Aquello es un papel que saca el supervisor, lo coloca en un archivador y te dice lo que vas a trabajar ese mes (¡ahí es ná!).
         El día que las planillas salen a la luz, es más sonado que cualquier nacimiento real. Ya incluso unos días antes se rumorea, pero es estar en tal archivador y la noticia se propaga como la pólvora, convirtiéndose en trending topic hospitalario en escasos minutos.
         Pero las planillas no son un simple horario de trabajo. No, no penséis eso. Las planillas tienen alma, magia, poderío y a veces pies (porque nadie las encuentra).
         Una compañera dice que si reutilizáramos la energía cinética que se desprende con el movimiento de ese archivador, tendríamos luz para abastecer a todo el hospital.
         Y es que las planillas nunca están solas, siempre alguien las mira. Es prácticamente imposible, que vayas a echarlas un vistazo y no estén en posesión de alguien… ¡Arjjjj! ¡Qué rabia da eso! Pero como somos civilizados, nos contenemos y decimos: «cuando termines me las dejas». Generalmente no obtienes respuesta, porque el que está disfrutando de ellas no oye nada más, está abstraído por su poder: el poder de aislarte de tu alrededor. Y gracias a Dios que somos civilizados, porque a veces es realmente difícil no dejarse llevar y arrancárselas de las manos a la cansina de tu compañera que lleva diez minutos y no las suelta… «¡Ni que te las estuviera estudiando, guapa!». 
         Encontrárselas libres es más raro que, qué haya un celador en el momento en el que se le llama… Pero si por casualidad te sientas (cada día es más difícil), y adviertes que el archivador está quieto, a tu lado, en modo espera; ellas desprenden su magia y a los dos segundos te ves abriéndolas, aunque no tengas que consultar nada, aunque sea la tercera vez que las miras esa tarde; da igual. Ellas se han apoderado del personal. Hay algunos estudios que comparan el influjo de las planillas con el del Anillo. Esto es serio, señores, ya se han descrito casos de enfermeras normales que han degenerado en seres parecidos a Gollum, y creo que cada vez hay más casos. Yo estoy asustadísima…


Año 3001.
         Will recoge sus bártulos. Cambia de ciudad. Sabe dónde ha de ir, pero no sabe cómo llegará. Va a ser duro, pero no puede perder un segundo más en intentar averiguar cuál es el significado del maldito papel. Desde que lo encontró no ha parado de estudiarlo, de juntar sus letras, de darles la vuelta, de buscar alguna relación… Antes de partir guarda en su bolsillo una foto del lugar al que se dirige. Suspira. Desearía poder estar ya en el museo Británico de Londres, frente a la Piedra Rosetta, porque sí de algo está convencido Will es de:
         «Esto tiene que ser cosa de los egipcios…»

Continuará…



         

jueves, 23 de enero de 2014

23 de Enero. Pies para qué os quiero.



Esta semana tengo poco que contar de la planta, porque no he trabajado allí, he estado haciendo otras “cossasss” (me muevo la melena el plan “juas, juas”). Es que he estado rodando en el hospital. He ejercido de actriz para el sistema sanitario (aunque pensándolo bien lo hago toda las tardes), pero esta vez, literalmente. Hemos rodado el plan de prevención frente a grandes catástrofes. Y no, no me ha tocado el papel de médico, ni de enfermera, ni bombera… He sido: la paciente.
Consistía en las diferentes maneras de evacuar a un enfermo, en el hipotético caso (¡Dios no lo quiera!) de que hubiese un incendio. Además de pasarlo mucho mejor haciendo el moñas que sacando pastillas, he aprendido un montón, ¡mira tú!; porque os aseguro que nadie me ha informado en mis doce años de profesión de lo que hay que hacer (además de correr).
Pues me sacaban a borriquito, a la sillita la reina, o me tiraban al suelo (con sumo cuidado) y me arrastraban con una manta por el pasillo o con un colchón escaleras para abajo. Cuando las habitaciones estaban evacuadas, un auxiliar, tranquilamente, entraba, cerraba el oxígeno, apagaba la luz, y al cerrar la puerta tendía una almohada como testigo de que esa habitación ya estaba vacía… ¡Fácil y sencillo! Y muy práctico…
¡Venga hombre!
Os pongo en situación. Mi planta es muy alta, mucho, tanto que a la que hubiera una pequeña lumbre en el semisótano a nosotros ya nos asfixiaría el humo, (usemos de ejemplo la diecisiete). Al final de los dos pasillos, con trece habitaciones cada uno, hay una puerta con una escalera de emergencia roja, muy estrecha, que da un miedo horroroso y que las únicas que suben y bajan son las palomas.
Ahora me pongo en el caso de que hubiera un incendio, un sábado por la tarde y tuviéramos que evacuar las SEIS asustadas trabajadoras a los CINCUENTA abuelos.
—Vamos Antonia, que hay un incendio, súbete a borriquito, que te voy a bajar las diecisiete plantas a mis hombros.
Me imagino a Antonia… «¡Uy, niña, qué prisas! Espera que coja mis dientes. ¡Pero bueno, ten cuidado, qué bruta! ¡Niña que me haces daño! ¡Ay, ay mi cadera!»
Lo de bajarlos por el colchón, inviable, no entra por la escalera. Y lo de la manta, por el pasillo está muy bien, pero al llegar a la escalera…
a)     ¡Vamos arriba todo el mundo! ¡Ahora a bajar solitos!
b)    Tiras de la manta para abajo, tranco a tranco, y ni caso a los gritos. 

         No lo veo claro, no, pero no por las opciones a y b, sino porque quítale tú una manta a un abuelo, te monta la de Dios es Cristo.
         El caso es que después de bajar las diecisiete plantas, te tienes que subir para seguir salvando a los octogenarios (esa es la media de edad de mi servicio) que has dejado esperando a que les toque el turno. Y todo eso con un humo asfixiante, adrenalina a mil, más miedo que vergüenza y sin hacer ejercicio desde hace más de un año…
         Se me está poniendo mal cuerpo de pensarlo… ¿Sabéis lo que os digo? Que si sigo trabajando en mi planta (después de escribir esto es más que probable que me echen), y hay un incendio: agarro mi bolso, como máximo grito «¡fuego!», y tal cual propone el dicho popular, ¡pies, para qué os quiero!

Irene Ferb.
                                                                                                  



lunes, 20 de enero de 2014

17 Enero. La española cuando besa.



Ayer un familiar me besó. Sí, tal cual. En el medio del pasillo. ¿Qué no era guapo? Pues sí, pero me dio dos besos ¿Que tenía más de setenta años? Sí, pero dos besos, uno detrás de otro. ¿Y yo que he hice? Pues sentir cosquillitas en los mofletes, porque soy de todo menos besucona.
El caso es que el hombre me preguntó de esta forma:
—Irene, ya me voy, ¿puedo darte dos besos?
«Pues mira, no, ¿para qué?, si te acabo de conocer y te voy a ver mañana, porque tu hermano continúa ingresado», pero como no he nacido yo para ser borde, pues me vi respondiéndole:
—Claro, hombre…
Estaréis pensando: bueno, no es para tanto, sólo son dos besos, el hombre estaría agradecido… Ya, sí sí, pero como tuviéramos que andar tan cariñosos con todos los familiares y amigos de nuestros pacientes, tendrían que aumentar la plantilla. No os podéis imaginar la cantidad de visitas que hay; a veces es peor que Callao en navidades. Pasean en manadas, a voces, y cuando llegan al control, más, porque he comprobado en estos años, que a la gente le encanta que le escuchen hablar. Cuando van con sus móviles y alcanzan el control de enfermería, se paran y mantienen toda la conversación delante de ti. Os lo prometo. No sé por qué lo hacen, yo me decanto por estas dos opciones (ya me diréis):
a) Hacerse los interesantes.
b) Ni nos ven, somos invisibles, formamos parte del mobiliario.
El caso es que el control de enfermería (un viejo mostrador con dos ordenadores), está situado al inicio del pasillo y es nuestro lugar de trabajo. Allí tenemos que rellenar un sinfín de engorrosos informes e introducir y buscar datos. Pues el personal se debe pensar que nos estamos pasando pantallas del Candy crush, y se lían a contar sus vidas delante de ti… ¡Ahora vas tú y te concentras! Cuándo no se te instala el ya típico arbusto (dícese de aquel que se apoya y te mira sin reparos y cuando le preguntas qué si quiere algo, va y te responde «no, nada», y sigue allí, plantado, mirándote). Lo dicho, concéntrate…
Hoy ha regresado el familiar, y cuando se marchaba, le he visto buscándome. He estado rápida y me he puesto una mascarilla para entrar a una habitación con aislamiento y el susodicho me ha dicho cuando me ha alcanzado:
—¡Ah! ¡Vaya! Hoy no te puedo dar dos besos, te has puesto eso… —(os lo juro).
—Nada, hombre, no pasa nada… —le he sonreído y me he metido en la habitación.
Pero como el diablo sabe más por viejo, que por diablo, cuando he salido me he vuelto a cruzar con él:
—Es que me he dejado el paraguas —se ha excusado.
¿Me ha dado los dos besos? ¿Os pica la curiosidad, eh? ¿Qué pensáis que he hecho, resignarme o defenderme?
Pues ninguna de las dos. He huido al otro pasillo y me he escondido en el baño un buen rato. Si es que os lo he dicho, no soy ni besucona, ni borde. ¿Lo que sí soy? Un claro ejemplo de que la española cuando besa es que besa de verdad…
Y yo, desde hace tiempo, ya tengo a quién besar.

Irene Ferb


jueves, 16 de enero de 2014

15 enero. Donde hay patrón no manda marinero.



        ¿Os acordáis del barquito ese pequeñito que no sabía navegar? (intentad no cantarla o os taladrará durante unas horas)… ¿Recordáis qué le pasó al barquito a las semanas? Sí, ¿verdad?, que navegó… Y si os digo que nuestra planta es como aquel navío, que flota por los mares porque es su cometido, pero sin saber hacerlo, a la deriva, porque nadie dirige el timón. Pues así es… llevamos ya cerca de un año sin supervisora (cómo os lo cuento).
         La historia se remonta a hace nueve meses, cuando nuestra capitana de siempre, decide dar un giro a su vida, y se baja a supervisar otra planta. El puesto de capitán se lo endilgan a una supervisora de otro servicio, en el que por lo visto vivía feliz como una perdiz, y le sienta la noticia tan mal, tan mal, que en estos nueve meses no ha aparecido por aquí. Justo se dislocó el hombro y creo que le han tenido que instalar un brazo robótico, y ya de paso se habrá hecho retoques en la nariz, pómulos, hemorroides… no sé, tiempo, desde luego, la ha dado… (bien, Irene, haciendo amigas).
         Cuando estaban organizadas las trincheras, e iba a comenzar un motín, los Dioses de la gerencia decidieron que viniera a suplirla un santo varón. Un capitán de un crucero, capitán de siempre, pero de crucero… y a pesar de sus intentos de reorganizarnos, a pesar de su disponibilidad, y de su saber estar, al finalizar, probablemente, el peor verano laboral de su vida, agarró su maleta y dijo: ¡Me vuelvo a mi crucero! ¡Esto es una merienda negros!
         Y entonces nos presentaron a una suplente (de la del brazo robótico), que se haría cargo del timón hasta que la susodicha se incorporará. Una capitana con artes más que evidentes, con talento, y con ganas de navegar… ¿Estábamos ya contentas? No ¿Por qué? Vete a saber… Quizá quisimos cambiar todo de golpe, quizá al ver que nuestra patrona tenía muchas ganas, la exigimos demasiado, quizá somos una flota enrevesada y maltrecha, quizá nunca nos conformaremos… El caso es que en tres meses los Dioses de la gerencia sí que valoraron sus aptitudes y nos la han robado para ser jefa de capitanas.
         Y volvemos al puerto de partida, tiritando de frío, y de aburrimiento y con las mismas preguntas del principio: ¿Ahora quién vendrá a intentarlo? ¿Cuánto nos durará? ¿Podremos con él o ella?
         Acepto que somos una planta complicada, creo que toda la flota lo acepta, pero Dioses de la gerencia, lo que estáis haciendo con nosotras no ayuda en nada. Estamos mareadas, confusas y un pelín cabreadas. Por cada día que pasa sin que está situación se solvente, la desgana, el desorden y el malestar crecen. Necesitamos un patrón, con urgencia y definitivo, para organizar a los marineros.
         Dicho queda, ahora sólo me falta cruzar los dedos para que no se cumpla lo que dice la canción: Y si esta historia os parece corta, volveremos, volveremos a empezar…


Irene Ferb
          

         

martes, 14 de enero de 2014

9 de enero. Gladiadoras

9 de enero. Gladiadoras

         Me despierto sobresaltada… las 6 de la mañana. ¡Joer, no me duermo! He hecho dos noches seguidas y ahora no sé dormir… ¿Qué día es hoy? ¡Oh, no! Es jueves… no puede ser, ya ha llegado el jueves… ¡Uff!
         Quedo a comer con dos compañeras en la cafetería del hospital y allí nos enteramos de que esta tarde vamos a ser una enfermera menos… nos va a tocar volar, porque aunque digas: «Yo paso, no pienso correr», al rato te ves colorada, sorteando a las familias por el pasillo del hospital, y preparando la medicación como si se acabara el mundo y obtuvieras la salvación abriendo cajetines.
         Subimos en el ascensor apesadumbradas; la tarde seguro que es de órdago a la grande, pero lo peor, lo que me ha quitado el sueño, está por llegar…
         Abrimos la puerta del aula, una pequeña salita con sillas en escalera (tipo aula magna o más bien circo de gladiadores). Todas nos miran, hemos llegado tarde a… la reunión de enfermeras.
         El ambiente está cargado de adrenalina. Mis compañeras —y espero que después de esto me hablen—, parecen emoticonos. Sí, sí, está el de los ojos saltones, el de los dientes apretados, el de los coloretes, el rojo cabreado…
         La supervisora, que lleva poco tiempo con nosotras y yo juraría que cada vez tiene el pelo más rizado, nos hace firmar una hoja de asistencia, y después de sentarnos las tres juntitas, comienza la reunión.
         ¿Que qué pasa? Pues que prácticamente no llegamos a ninguna conclusión, bueno sí, que el programa de ordenador es… (por respeto a los que han malgastado su tiempo trabajando en él, lo obvio). ¿Por qué? Pues porque las mujeres no sabemos concretar, porque lo de resumir y guardarnos nuestras batallas para el café no se estila, (os invito, queridas compis, a escribir un blog) y porque estamos agotadas. Ésto no es Google, —aunque a muchos pacientes se lo parezca—. Aquí se trabaja mucho, y cada vez más. Aquí no se cubren bajas y te toca correr, librar menos, o venir enferma para que no te rescindan el contrato. Aquí el material cada vez es peor. Aquí ya no hay trabajo en equipo. Aquí estamos comenzando a resignarnos… y eso no puede ser. Esto no es una fábrica, y sí, lo parece. Aquí hablamos de vidas, de enfermos que están en nuestras manos; manos que por sobrecarga de trabajo, en muchas ocasiones, desconocen hasta el nombre del paciente.
         A las 15.45, al valorar el percal, y advertir que tenemos tres cuartos de hora, para preparar la medicación, las tres enfermeras de la tarde abandonamos nuestro púlpito y nos calzamos los patines. Comienza la jornada… ¡A por ellos!
         ¡Las 10! Final del turno. Ni nos hemos visto. Resultado: mi compañera gaditana tiene una posible queja, la que lleva una habichuela en su vientre, con pinchazos, y yo, con unas varices crecientes, pensando en este blog… ¡Esta planta da para una saga!

Irene Ferb.


          

         

viernes, 10 de enero de 2014

7 Enero 2014… ¿Qué tal los reyes?




         Esta tarde me ha sucedido lo que nunca, en siete años que llevo en esta planta, que más bien podría parecerse a un infierno, nunca me había ocurrido esto. Es alucinante…
         ¡He llorado porque se iba un paciente! (vivo, quiero decir).
         Siete años, y nunca me ha dado pena… generalmente todo lo contrario, incluso por lo bajini alguna vez hemos soltado esa certera frase «¡ay! tanta paz lleves, como descanso dejas». Pero esta vez me ha dado tanta lástima que me he visto abrazando al padre del paciente, a su madre, a su hermano, y llorando, ellos y nosotros en el medio del pasillo. Es un caso digno de estudio, y de que lo cuente.
         La vida se les ha complicado de la manera más tonta, (jugando a un deporte en auge), y se han visto día y noche atendiendo a su familiar. Turnándose, aprendiendo técnicas y palabrejas médicas que probablemente nunca pensaron que iban a conocer… Sin dejarle ni un momento a solas. Para que os hagáis una idea, llevo doce años siendo enfermera y este es el caso más impactante que he vivido nunca. Recuerdo que el día que apareció el paciente en planta me fui llorando a casa.
         ¿Nos han gritado? ¿Nos han puesto quejas? ¿Nos han insultado?
         ¡No! ¡Urra! , y estoy más que convencida de que ocasiones para ponerse nerviosos han tenido. Cuatro meses dan para mucho… cuatro meses conociendo cada día una cara nueva, a cual más perdida, y sufriendo el cambio al “engorroso” (me ahorro lo que pienso realmente) programa informático. Es que os prometo que estamos abstraídas por el ordenador, ya ni hablamos entre nosotras. Una compañera me contó que una mañana un familiar que esperaba en el mostrador a ser atendido, advirtiendo que las dos enfermeras que tenía en frente no le hacían ni caso porque estaban intentado aclararse con el dichoso programita, soltó en alto: ¡Míralas! ¡Si es que están poseídas!
         Lo sorprendente es que me sorprenda, eso es lo que os quiero hacer ver. En principio a todo el que se decanta por la rama sanitaria le gusta el trato con la gente, salvar vidas, curar, paliar el sufrimiento, podría decirse que somos (perdonadme que me incluya) bastante humanos. ¿Cómo es posible que yo, que lloro hasta cuando los niños cantan el gordo de la lotería, sólo me haya emocionado hoy?
         Pues porque aquello es una batalla campal, es una guerra entre familiares y pacientes contra nosotros. Rara es la tarde que no te tienes que ponerte la montera, coger la capa y torear al familiar insistente que está amenazándote con ponerte una queja porque le han traído gelatina con la  cena y el afectado odia la gelatina, y sólo come natillas (caso verídico).
         En fin, que estoy contenta por haber llorado. Pensaba que era ponerme el pijama del hospital y convertirme en una estalactita, pero ¡no!... va a ser que el problema es otro… ¿Lo resolveremos? Ya os iré contando.

Irene Ferb.


3 Enero 2014… ¡Feliz año!



         —Perdone, caballero, ¿está haciendo usted el inhalador?
         —Ya estamos —refunfuña—… ¡No tenéis ni p. idea! Lo que pasa aquí no lo he visto yo nunca.
         «¡Ala! Eso nada más empezar mi turno, 22.30 de la noche, acabo de abrir la puerta de una paciente ingresado en mi planta, y me suelta esa joya… y ahora yo qué le contesto. Venga, respira, Irene…No te lo dice a ti, es a tu pijama».
         —A ver, caballero. Entiendo que piense que esto es un desastre (valido), tenemos un programa informático nuevo (explico), y todavía no lo manejamos muy bien, lo siento (disculpo).
         —¡Pues haced un curso, co…! —en un tono digno de Telecinco.
         «¿Pero y éste tío? ¿De qué va? ¡Si ya hemos hecho el curso! Respira, Irene».
         —Yo sólo le estoy preguntando si está haciendo usted el inhalador, no lo tenemos en la farmacia del hospital, y por eso se lo pregunto…
         Se desata la bestia. Me pone de vuelta y media más dos o tres vueltas más. Mensajes como: esto es un desastre, sois una panda de ineptos, déjame en paz, cada día me dais lo que os da la gana (os juro que no, le administramos lo que pone en el programa nuevo... ejem, ejem…).
         Cierro la puerta. Escucho mi corazón latir a más de cien (taquicardia sinusal, pero taquicardia). Y encima me quedan nueve horas y quince minutos. Tengo que pasar a ponerle un antibiótico, y a tomarle las constantes… ¡venga! En cuanto me vuelva a ver, le sale espuma por la boca y se le da la vuelta la cabeza, como si lo viera.
         ¿Y yo qué? ¿Alguien se ha dado cuenta de que la gente que trabaja en un hospital, es gente, en fin, personas? Desde fuera, es muy fácil aconsejar… Bueno, pobres, son enfermos, están pasando una etapa dura, debéis entenderlos, no dejéis que os afecte… Ja, ja,ja ¡¡¿¿Y eso cómo se hace??!!  Porque sinceramente, generalmente no me resbala que me griten que soy una inútil. Es cierto, que yo tengo sangre, hay quién anda justito y no alcanza a los cinco litros, y ni se inmuta; pero a la que tengas un poco de amor propio, te afecta.
         En ocasiones, mi planta es el pasillo de los horrores. Ir con tu bandejita a repartir las pastillas de la cena, es más complicado que explicar a todo un pasaje que el avión no va a despegar porque están en huelga los pilotos.
         De eso va a ir esta columna, semanario, desahogo o como lo queráis llamar; de la vida de una diplomada en enfermería en una planta …(anótese que escribí diplomada: las enfermeras fuimos a la universidad… maldita la hora que esta menda lerenda eligió carrera). Serán casos reales, claro está protegiendo la identidad del paciente, y añadiéndole un toque de gracia, aunque os aseguro que cuando lo vives tiene más bien poca…

Irene Ferb.