miércoles, 17 de diciembre de 2014

COMPAÑEROS-AMIGOS


Hace una semana que han celebrado la cena de navidad en mi planta. Yo no pude ir, me fui a Bélgica (que ya que estamos os lo recomiendo). Al día siguiente tenía el móvil repleto de fotos rabiosas (de propia envidia) y de mensajitos de lo bien que se lo habían pasado. El eslogan, reiterado por todos, fue que hubo muy buen rollo. Y no me extraña, aunque tengamos una fama regulera (caótica, en ocasiones) en mi servicio nos hablamos unos a otros, e incluso, a veces, hasta nos echamos unas risas, fíjate tú… y he pensado voy a ponerme sensible para mi siguiente entrada.
Y vuelvo a salir en defensa de mi planta: para que lo sepáis, aquí se han forjado parejas (aunque las dos que recuerdo han roto y como el rosario de la aurora), de aquí ha habido un enfermero que se fue de misionero, de aquí se han jubilado parejas casi a la par, de aquí se ha ido gente de viaje junta… Vale, tampoco es para tirar cohetes, pero y si a esto le añadimos: que de aquí yo he hecho más que compañeras, amigas.
No sé porqué cuando alguien es tu compañero cuesta referirte a él, fuera del entorno laboral, como amigo. Los compañeros-amigos deberían tomarse como los primos-amigos, que más que primos son amigos. La mezcla de amistad con algún gen familiar otorga a la relación un regustillo auténtico e inquebrantable, ¿a que sí? ¿Pues si con nuestros compañeros-amigos compartimos profesión, inquietudes, conversaciones e incontables horas, por qué pepinos no los valoramos igual?
Voy a justificarlo:
Pasamos infinitas jornadas junto a nuestros compañeros, en situaciones normales, en situaciones estresantes e incluso en situaciones conflictivas. Haz memoria y piensa si has vivido todo eso con los que consideras amigos.
A tu compañero le cuentas tu día a día, hasta lo más tonto: qué has comido, si has dormido bien por la noche, cómo se han portado tus hijos, qué viste en la tele… Haz memoria y piensa si le cuentas eso a los que consideras amigos.
Un compañero está al día de tus asuntos, porque es imposible (por lo menos para mí) no relatar lo que me preocupa, lo que me alegra, en fin lo que sucede en mi vida… Haz memoria y piensa si están al día los que consideras amigos.

Un compañero te hace favores: dobla, cambia el turno, te ayuda si estás muy liado, trabaja por ti hasta en días que no le vienen del todo bien porque tú se lo pides… Haz memoria y valora si los que tú consideras amigos lo harían.
Un compañero conoce tu ropa al dedillo, tu perfume, tu bolso, si me apuras hasta tu sueldo… Haz memoria…
Y encima en el entorno hospitalario con un compañero haces noches, y festivos; yo siempre digo: «eso une mucho».



Claro está, no me refiero a todos los compañeros, hay algunos con los que no conectas (ni conectarás), y otros con los que trabajas (a gusto) y punto, o que confías pero te falta un escaloncito para considerarle amigo.

En concreto mi servicio es durillo, hay mucho curro, y en mi opinión en las peores situaciones es dónde se forjan verdaderas amistades, puesto que hay compañeros-amigos en todos los turnos, pero esta entrada la podéis extrapolar a todos los servicios, es más, a todos los trabajos. ¡Vivan los compañeros-amigos!
Me está rondando la navidad, ya os lo dije, y gracias a este blog puedo explayarme. No siempre voy a contar maldades, tengo mi corazón… en el que hay espacio para varias amigas de mi planta.

Y si me permitís un inciso, o una recomendación… Haz memoria y recapacita para que la próxima vez llames a ese compañero, amigo.


miércoles, 10 de diciembre de 2014

MISTERIOS ENFERMEROS

      Mi siguiente novela va de misterio (os adelanto un cachito), y me he dicho: «¿Y por qué no escribes tú esos misterios enfermeriles que tanto nos molestan?» Y allá voy, empezando por el clásico de los clásicos:
         ¿Os suena esta secuencia?
         1)Boli cayéndose, desde el bolsillo de un enfermero, al suelo.
         2)Enfermero que se agacha (tirando de lumbares o de rodillas, dependiendo de la edad), y recoge su objeto perdido.
         3)Cuando el enfermero está prácticamente incorporado (antes nunca), el resto de bolis saltan misteriosamente del bolsillo, envidiosos del anterior que se lanzó al vacío a explorar mundo.
         4)Enfermero (resoplando o gruñendo, depende de las horas trabajadas), que se vuelve a agachar a recoger a los intrépidos.
         5)Cuando el enfermero está prácticamente incorporado (antes nunca), el resto de objetos del bolsillo (vías, tapones, tijeras, pinzas, rotuladores con punta fina, rotuladores gordos, compresores, agendas, jeringas, sueros, toallitas desinfectantes, planillas en pequeñito, móviles, xumadoles, orfidales…, etc.), saltan al vacío en un tercer arranque trotamundo.
         6)Enfermero (bufando en un 99% de las veces), que se vuelve a agachar a recoger el material.


       
        No, no somos Mr Bean, (ni tenemos tiempo), es que deberían inventar algo. Porque como no somos tontos, y esto nos ha sucedido incontables veces, cuando nos agachamos, con la manita que nos sobra protegemos un bolsillo, pero los otros dos no (nuestros pijamas suelen tener 3) y es de ahí de donde caen los malditos...  Pensando en el futuro, seguro que los enfermeros del 2600 (por la selección natural), nacerán con cuatro manos; el resto habrán muerto de atroces lumbagos.


         

        Pero hay otro misterio que molesta más… mucho más, por lo menos a mí. Os muestro una foto.


         
       ¿Os dice algo? Si, verdad… Para los que no sois enfermeros, si alguna vez vais a un hospital, y veis aun enfermero actuando como si tuviera un brote psicótico: levantando cosas, yendo y viniendo, entrando en cada una de las habitaciones con cara de preocupación sin mirar al paciente y sí a las mesillas o pies de cama, yendo y viniendo de nuevo, levantado hasta la torre del ordenador, agachándose en el suelo… No, no se ha vuelto loco, es que ha perdido la chuleta (o guardia).
         Otro gran misterio sin resolver, ¿a dónde irán las chuletas? ¿Tienen pies? Y que levante la mano quién del cabreo, después de buscarla por todos sitios, no se ha puesto un poco más intrigante y rascándose la barbilla ha pensado:
         ¿Me la habrá tirado alguien? ¿Alguien me odia en silencio tanto como para tirarme la chuleta? (en mi caso siempre me viene a la cabeza la señora de la limpieza, que es para hacer un blog entero).

         Y como no hay dos sin tres, otro tercer misterio enfermeril, es:
         ¿Por qué se acaba la batería de tensiómetro en la última habitación del pasillo? ¡¡¡Arrjjjjjj!!!!
         Él, el tensiómetro, que no tendría sentido si nosotros, que nos debe su existencia, te la lía a la que puede y se espera a que llegues a la habitación más lejana al control para apagarse sin previo aviso. ¿Querrá que adelgacemos andando? ¿O es que está harto de ser aparato de la tensión (que debe ser un rollo tremendo) y se divierte haciendo maldades?




         Después de esta entrada es posible que nos cuadre mucho más que Agatha Christie fuera enfermera. Hay tantos misterios enfermeros que podríamos llamar a Iker y a su equipo de Cuarto milenio. Os invito a que comentéis más; lo mismo nos dedican un programa, mira tú…

         Besos.

viernes, 28 de noviembre de 2014

IMPOSTORA

         
   

  
         73, ¿os dice algo esta cifra? ¿Poco, verdad? Como máximo será vuestra edad o la de vuestros progenitores o quizás una médium os adelantó vuestro desenlace y os dijo que ese era el último cumpleaños que celebraríais… no sé por imaginar, que no quede.
         Todo comienza cuando esta servidora, con una mosca detrás de la oreja, que zumbaba y zumbaba pero me acostumbré y creí que era un acufeno (ruido que se oye sin que haya una fuente externa que lo produzca; vamos, que está en tu cabeza), le dice a su supervisor: «sácame las horas».
         No, no le estaba pidiendo que me rejuveneciera y me quitara esas horas de excesos que le sobran a este cuerpo maltrecho. Sacar las horas, en nuestro argot, significa que mediante un malnacido programa informático, (que me tiene manía), haga un cálculo del computo general de horas trabajadas y te diga si te deben o debes tú…
         Sois unos zorros, ya lo habéis pillado, ¿eh? Esperad, ahora os lo confirmo, pero continúo:
         Pues en cuestión de dos minutos, mi supervisor me imprime un papelito, (lo más parecido a las notas del cole que se pueda imaginar un trabajador) y debajo de un montón de cifras y columnas (el programita es un calculín repelente), pone:
         -72horas
         Fijaos en el símbolo que precede a la cifra, porque ese es el verdadero culpable de esta entrada; si en vez de un -, leyésemos un +, otro gallo cantaría, y ahora mismo estaría disfrutando de una semana de vacaciones más que merecidas porque me habían explotado en el trabajo…, pero no, es un menos, y es muy duro afirmar esto, pero soy yo la explotadora (que exploto cada vez que lo recuerdo en un sinfín de improperios).

         No sé cómo ha podido pasar, mi sensación es que siempre estoy allí metida, que doblo, hago noches, descanso unas horas y vuelvo allí. Que me falta ingresar, coger una maleta y despedirme de mi familia porque curro siete días seguidos con noches incluidas; que a veces los pacientes me dicen:
         —¿Pero, nena, tú no libras nunca? —(Aprovecho y os recuerdo que me siguen llamando nena).
         Y va y al programita le parece poco y calcula que tengo que ir diez días más. Si nuestra jornada es de siete horas, pues multiplicad. Y digo yo (pero con tono muy cabreado):
         «¿Querido programita, por qué carajo no me lo has dicho antes y te esperas a diciembre? ¿No eres tan listo, eh? ¡¡Pues avisa antes, leche!!»
         Estoy muy preocupada, cada vez que suena el timbre de mi puerta conjeturo que es la guardia civil que viene a por mí para enviarme al hospital a la voz de:
         —¡Deja ahora mismo lo que estás haciendo y tira para el trabajo ahora mismo, cacho vaga!
         No sé que va ser de mí en el 2015… yo no puedo trabajar tanto. A ver, tendré que devolver las horas, y si libramos siete días al mes, pues puede que en enero no libré ninguno (en este momento imaginaos el emoticono de WhatsApp que llora desconsolado, porque ese es mi estado).


         Bueno, para que no estéis preocupados por mí, os confieso que debo alguna menos, porque leyendo la letra pequeña del estatuto que nos salvaguarda, ya descubrí hace años, que tenemos cuarenta horas de formación. Yo hago cursos (homologados, no de cupcakes) y el hospital lo gestiona como horas de trabajo (que es lo que son, al fin y al cabo). Y, es por eso, que escribo tan poco en el blog, porque llevo varias semanas formándome por las mañanas en el hospital, y me la paso allí (ahorrando calefacción en mi casa). Después de un curso de infecciones de una semana (que por su culpa me voy a quedar sin manos de tanto lavármelas), otro de nutrición (que por su culpa odio los donuts) y otro de úlceras (culpable de mis pesadillas), ¡ya he conseguido las cuarenta horas de formación!
         Total: 73horas ─40 horas= 33 horas  (¡La de Cristo!)

         ¿Ya entendéis el porqué de mi desazón con la cifra? No es para menos, soy una deudora (y yo sin saberlo), me veo como la Pantoja (pero yo entrando en el hospital) con un montón de paparazzis fotografiándome y con titulares del tipo (y con esto me despido por hoy):

Besos!!!

PD: Estreno nueva página, en ella hay un concurso activo de Abrázame que no te quiero. Espero que participéis. 
https://www.facebook.com/autoraireneferb

jueves, 6 de noviembre de 2014

Tú La LLevas

Se acerca esa época sensiblemente comercial, en la que casi todos la finiquitamos ocupando algo más de espacio, compramos de manera desesperada, nos vestimos con nuestras mejores galas y con ropa interior roja, y echamos de menos a los que se han ido para nunca volver…
Uhmmmm…. La navidad.
Particularmente a mí me gusta, soy una cursi. Me he tragado cientos de pelis americanas en las que el espíritu navideño, durante unos días, amarga a un protagonista su estresada existencia para que luego encuentre el amor verdadero y cambie su ritmo de vida en plan asceta. Soy una romántica, nunca lo he negado. Y puedo prometer, y prometo que este año me veré alguna y si Hollywood me falla, tiraré de la mejor… Love actually; la película moña-navideña por excelencia.
A mi lado, mi compañera, me dice:
- A mí cada vez me gusta menos la navidad…- Y yo pienso: normal, eres enfermera, ¿cómo te va a gustar?
La navidad en el hospital se vive con más estrés de lo habitual. Sobre todo, porque viene precedida de la pre-navidad y sus enrevesadas planillas. Aquí alguien tiene que trabajar las noches clave (así se llama a Nochebuena y a Nochevieja), curioso apodo, digo, por lo de clavar… Y esos días en los que se reubican las T, N, L y M son un verdadero infierno de dimes y diretes (o libres y libretes). Podría parecer que es asunto sencillo, que cada año le toca a cuatro y se finí… pero ¡ay, amigo!, esto es más complejo que el esperado programa electoral de Podemos. Deberíamos montar asambleas por turno para ponernos de acuerdo, con más derechos y deberes que en la constitución.
He aquí, la razón de esta entrada, en mi querida planta vivimos ese momento pre-navidad, y está siendo especialmente duro. Nuestro supervisor, que es francés y muy alto, anda un poco perdido con tanta norma y él, que es más de repúblicas, no se aclara. Ya ha expresado en algún momento, con esos morritos que ponen los franceses “no voy a salir vivo de esta”. 
Hoy nos había escrito feliz por whatsApp que ya había terminado con las planillas (después de encerrarse cual monje de clausura en su cuarto toda la mañana). Cuando he aparecido en la planta para comenzar mi tarde, no se oían más que gritos desde su despacho. Y no, no era él con un brote psicótico, las voces provenían de varias compañeras cabreadas con su programación. Si os soy sincera, el lunes le chillé yo. (Nuestro supervisor es majo, se le puede gritar).
No, no somos unas locas, un poquito de empatía. Nos jugamos mucho, señores, una N mal puesta e injusta te puede reventar la cena con colegas y una T inoportuna la comida con tu familia del alma. La escala de prioridades cuanto más básica más necesaria, y el tiempo libre es esencial y enfada mucho no disponer de él (y tu compañera sí).
Esto me hace recabar que los verdaderos reyes magos de una enfermera son las L (libre) en los sitios adecuados. Nuestra carta a Baltasar (el rey mago favorito de los enfermeros) comienza con:
«Querido Baltasar, no te preocupes por los regalos. Tú dame eLes, y ya me compro yo las cositas que necesite, pero dame eLes, que me sobren, que sea un campo de eLes».

Los asuntos que preocupan a «los civiles» que no trabajan todos los días del año: comprar regalitos, cocinar para treinta seres y para él o ella «arjjj» (siempre hay un tiquismiquis), hacer filas interminables en las tiendas, comerse atascos de horas; son pan comido para un enfermero de atención especializada. Solo nosotros, sabemos valorar lo que es librar la Nochebuena y cenar con tu familia. Solo los que trabajamos en Nochevieja, pensamos que aunque, al fin y al cabo, es una noche más, si te dieran la opción te cogías el bolso y protagonizabas el anuncio de Vuelve a casa vuelve, sin dudarlo.
A mí este año no me ha tocado la china o el tú la llevas, mira tú. Pero para los que sí… pues no sé, si es que no hay nada que decir, y no voy a salir con lo típico de que al menos tienes trabajo… Piensa que te van a pagar más, que cuenta como un festivo doble (a peo puta).
Espero que pronto acabe esta temida época en mi planta, (un poquito retrasada este año, todo hay que decirlo), y el espíritu navideño amoroso y conciliador, que sí que existe, porque si no nosotros ya nos habríamos matado algún año, nos invada y formemos, de nuevo, un equipo. Y de paso, espíritu navideño, reparte unos milloncejos por la planta y verás cómo nos abrazamos entre todos y nos decimos cosas bonitas.



miércoles, 29 de octubre de 2014

AL PAN, PAN Y AL VINO... DÉJATE DE VINOS

    —Ya puedes empezar a tolerar. Ahora te traemos una manzanilla.
         —Manzanilla, no sabéis como matarme —Tono hostil. Mujer, cuarenta y tantos, ingresada en medicina interna.
         —Hombre, pues con manzanilla seguro que no. —Yo, algunos años menos (amante de las infusiones).

         El tema de las dietas en el hospital es para hacer una tesis doctoral, pero de años y años. Yo, por si alguien se anima, le regalo un posible título: El pitorreo.
         Desde que en mi hospital pedimos las enfermeras las dietas, mediante un programa informático, nos pasamos el turno cambiando biscotes por galletas, café por cola- cao, y natillas por yogur… ¡Apasionante! Es que me encanta, ¡me encanta!, ser conocedora de los gustos culinarios de mis queridos pacientes. No pensaba yo, cuando era una alumna de enfermería, tampoco me lo explicaron en la carrera, que una de las mayores preocupaciones de nuestros usuarios era que no le llevasen mantequilla para untar las galletas.

         Por una parte me demuestra que nuestros pacientes tienen un paladar exquisito, claro que no tienen dientes casi ninguno, pero paladar ya os digo que sí. Se ve que la dentadura, al ocupar espacio, limita a las papilas gustativas, pero cuando la pierdes, aquello es un sinfín de sabores… otra posible tesis doctoral (yo os doy ideas).

         Lo que no me gusta es que me mientan, eso no está bien queridos usuarios… No finjáis alergia al pescado o a la coliflor o al repollo solo porque no os guste, que se pilla antes a un mentiroso que… ( si es que alguno ya venís cojos, ¡leche!). Y no digáis que no sois diabéticos porque al compi de al lado le han traído bollito en el desayuno del domingo y a ustedes galletas, que vuestra salud está en juego (¡un poquito de reflexión!); y no aseguréis que no tenéis hipertensión  o nos pidáis saleros por lo bajini en plan cómplice.
         La comida y la post- comida, (estoy pensando en abrir una tienda de laxantes), es la mayor preocupación en las necesidades de nuestros usuarios. Que no han orinado en toda la tarde, desconocen el funcionamiento de los cacharos que cualquier paciente que se precie tiene en la mesilla (sí, los inhaladores); no pasa nada. Pero si no les gusta la cena, ya se encargan ellos de hacértelo saber. Si el pollo está seco…¡ al control de enfermería, que estas chicas no tienen ni idea de sacarle juguito al pollo! Me imagino que no dudareis de que esta servidora les explica que no cocina el pollo. «Ya, ya…mujer, si es para que lo sepas, jijiji», pero al día siguiente te los vuelves a encontrar en el mostrador dándole perico al torno, porque el filete es una suela y se nos ha pasado el arroz, «claro, estáis todo el día en el ordenador y así no se puede».
         El tema de la deglución es otro cantar. Yo es que de verdad no asimilo como alguien que no puede masticar la fruta, sí que puede con la ternera. Hay una vertiente muy graciosa: la de la cremita de primero, y de segundo lo que le echen; pero la cremita por descontado y qué no se la lleven, que verás tú. Yo, por no desconfiar, cavilo que quizás la crema templa sus mandíbulas para que luego puedan despedazar cualquier alimento… (otra tesis).

         Cada vez es más difícil encontrar una dieta de un paciente sin observaciones, que nada tienen que ver con su recuperación: no leche en tardes, no pollo, sí pan, no galletas, zumo de melocotón, no de piña, no manzanilla, si té… Además que por el diseño del programa informático hay un espacio diminuto, máximo veinte letras, y te las tienes que ingeniar para que te quepan todas sus peticiones. Lech sol me, caf de, no yog si nati…
         ¡Normal que luego venga lo que viene! Pero mira, mejor, como nos den más espacio nos hacemos un recetario en cada turno.
         Y ya acabando, (al final hago la tesis yo), no me podía despedir sin desahogarme. En ocasiones, hay pacientes que se les pauta dieta especial. Viene a ser, que pueden elegir cualquier cosa que halla en la cocina ese día… ¿pero ellos cómo lo saben? ¿Les hacen un tour? ¡Aahhh, no, claro! Para eso estamos nosotras, las diplomadas o graduadas. Ya llamas tú a cocina, (te lo cogen, que no es fácil), apuntas en una hojita el menú, vas a la habitación a dilucidar con el usuario y elaborar la minuta (cosa rapidísima), y de nuevo llamas a cocina (descuelgan a la primera) y les recitas plato por plato la comanda, y la de cocina te grita ¡Oído!, (muy Máster chef el asunto)… Enfermería en estado puro, no sé de qué me extraño.
         Y ya que estoy voy a soltar, como si nada, así en tono fresquito un último apunte… Usuarios del hospital, si no os complace algún platito de la vianda, tomároslo con calma, ya se sabe… como en casa… el hospital tiene cafetería y máquinas con comida. (Lo escribo con letra pequeña para que no lo leáis.)




         Beso a todos!!!
         

viernes, 10 de octubre de 2014

4 de octubre. Oposición de enfermería. 1600 plazas, 43000 opositores.


        
         Ahora voy a proceder a contaros mi experiencia… lo estabais esperando, ¿eh?:
         ▪Viernes 3 de octubre, 22 horas. Decido no cenar mucho, no vaya a ser que me indigeste y no pegue ojo, (no me ha pasado en mi vida, tengo un estómago saco), pero por si las moscas.
         1 de la mañana. Me aseguro, dos veces, de haber puesto mi despertador, «mira que si me duermo y no llego a la oposición»…
         —Cari, pon también el tuyo, anda —. Mujer precavida vale por dos.
         ▪Sábado 4 de octubre, 7 de la mañana. Me despierto sobresaltada, «¡Ahhhhh! ¿Me he dormido?» No, menos mal… «Pues voy a seguir repasando». Sí, lo hice, lo he hecho toda mi vida, repasar la mañana antes del examen. Que sí, que ya, que todas la teorías se empeñan en promulgar que no se debe hacer, pero que a mí me funciona. ¿A nadie más? Yo no tengo memoria, bueno algo he de tener, pero debe ser como una aceituna de bote y he de aprovechar hasta el último minuto.
         8 de la mañana. No me entraba nada en el estómago, era la primera vez que iba a una oposición medio preparada, (preparada entera era imposible, viendo lo visto). Lo llevaba todo con esas archifamosas “pinzas”, y tenía la firme convicción de que al sentarme en el pupitre, las pinzas se iban a romper y mi esfuerzo estudiantil se iba a ver arrastrado a las profundidades de mi espacio subaracnoideo.


       Y como soy muy sincera, y no me importa admitirlo, decidí apostar por la farmacología, que para eso me la había empollado, y tirar de cierta pastillita rosa que beta bloquea a la adrenalina.
         8.20 de la mañana. De copiloto, seguía repasando las escalas. Mi par al volante, al pobre le hice madrugar porque yo sola no me atrevía a ir a Somosaguas. Menos mal, porque en varios momentos me estresé de lo lindo (la pastillita rosa todavía no estaba surtiendo efecto). Es que el atasco para entrar, para aparcar, la búsqueda del pabellón y el gentío vagando de un sitio para otro, no ayudaron mucho. Ver a esa muchedumbre, (ni que regalaran discos de Melendi), que va a lo mismo que tú y sabes por las bases que has de ser de las 2400 mejores para obtener plaza, te hunde en la miseria. Pero encontramos el pabellón con tiempo, conseguimos una botella de agua y esperamos a que abriesen. Y abrieron.

         Me busqué en la lista de clase. Era la 28. Me encantó, me considero una fan declarada de los números pares, a los impares los tengo manía.
         ¡¡¡Las diez!!!
         Comenzaron a nombrar con voz clara y potente en otras aulas y justo a la portavoz de mi clase no se le oía nada. «¿Y si no me entero, no entro a tiempo y no me dejan luego pasar?» (la pastillita, como intuís, no estaba funcionando todavía) «¡Ayssss!» Me pegué cual una raposa (frase de la Venganza de Don Mendo) a los de la primera fila del corro que se había formado para intentar entender su nombre entre los susurros de nuestra responsable de aula.
         —Irene Ferb… —Jiji, me llamaron de otra manera, pero para vosotros soy “la Ferb”.
         Vuelco al estómago, mira que sabía que me tocaba, pero… «¡mierda de pastillita rosa, no me hecho nada!»
          ¡Ahí voy! Pá dentro… «¡Dientes, Irene, qué les jode!». Me adentré sonriendo con mi DNI en mano. Feliz de no haberlo perdido; otro de mis runrunes, «¿y si me he dejado el DNI?, ¿lo tengo, no? mira a ver». Y lo revisé en esa mañana como cinco veces.
         Los exámenes eran titulares, vamos que venían con tu nombre. En los segundos que tardó en encontrar la responsable el mío… ¿Qué pasó por mi mente?, ¿está claro, no?: «¿Y si ahora no aparece?».
         Pero apareció. Y me indicaron donde sentarme. En un pupitre cutre, de esos que tienen la tabla a un lado, mientras que toda mi fila estaba en una mesa alargada con todo el espacio del mundo para dejar sus cosas. No me amilané. Me senté orgullosa; ese pupitre y yo podíamos hacer grandes cosas juntos.
         Mientras esperaba a que pasaran los demás, me entró un hambre atroz y tuve que tirar de unas galletas que tenía guardadas, con el consiguiente runrún «¿Se podrá comer? Mira que si me pillan y me echan», «¿pero y si en medio del examen se me ponen a sonar las tripas y me desconcentro?». Decidí arriesgarme y sigilosamente introducir trocitos de galleta en mi paladar.
          Cuando estuvieron aposentados todos, cerraron el aula, y yo las galletas… pero antes le preguntaron a mi par qué quién era. Se había sentado frente a la puerta de mi aula y cómo solo quedaba él, en el hall, se pensaron que era un opositor más. Su cara palideció unos instantes, se vio haciendo una oposición de enfermería. Cerraron. Abrieron la caja de exámenes y los repartieron. Cuando nos avisaron, los despegamos y… Vale, lo admito, tuve otro runrún al abrir el cuadernillo de preguntas: «¿Y si lo rompo al abrirlo y no puedo leer las preguntas?».
         ¿Se me reventaron las pinzas con las que tenía cogidos los apuntes?
         ¿Pude leer las preguntas bien?
         ¿Funcionó la pastillita rosa?
         …Ya se verá.
         Pero a mí no me extrañó el examen. Me explico: las preguntas sí, los fenómenos hermenéuticos, la lista esa de Washington y demás imposibilidades, claro que me cabrearon, pero yo ya sabía que iba a ser muy difícil. Tenían que hacer una criba, y la han hecho. Había varias preguntas asequibles (antídoto de las benzodiacepinas, Lalonde…) para, con suerte, llegar al corte de la bolsa y el resto extrañas y chungas para filtrar a los 2400 mejores (en el examen, repito, en el examen).
         El post examen, para qué contarte. Yo, feliz de haber resuelto este asunto, me fui a arrumacar a mi sobri-bebé, que la noche de antes me había deseado suerte de una manera muy especial.
         —Gusi, desea suerte a tu tía, que mañana se examina —con voz de pava en huevos.
         —Ppprrrrrrrrrrrr —Instantáneo, más listo que el hambre, me deseó mucha mierda.

         Esa tarde actúe, y tuve todo el rato la sensación de que me iba a equivocar; lo achaqué a que hacía unos meses que no actuaba, pero ahora entiendo que se debió a todos los runrunes que habían abierto el camino a mi inseguridad por la mañana. Durante ese fin de semana no busqué nada de nada. Las cosas como son, igual que soy doña rayaduras, me relajo y me abstraigo a las mil maravillas.
         Pero si hacer el examen es malo, corregirlo es mucho peor. Eso sí que es horroroso. Sé de buena tinta que todavía hay quién no se ha atrevido. Lo entiendo, cada vez que marcas una mal te pega un latigazo en las costillas que no se lo deseo a nadie... bueno sí, al consejero de sanidad. Yo, que no soy nada discreta, me inmole en público con mis compañeras de planta dictándome las respuestas.
         Pero no os creías que se me acabaron los runrunes, ¡qué va! Los siguientes a la corrección fueron: «¿firmé?» «¿me salí del cuadrado de firma?» «se habrá extraviado la caja en la que viajaría mi examen?» «¿Habré marcado bien las “x” y el lector las detectará?» «¿Impugnaran justo las que tengo bien?»…etc.
         Viernes 10 de octubre: Ya se me ha pasado. A otra cosa, mariposa. Con las que está cayendo en Sanidad, lo del examen es una nimiedad.
         Y ahora me pongo un poco más seria. Sobre impugnaciones o no del examen, respeto. Mucho respeto. Cada cual que considere y actué tras lo considerado. Lo que sí, creo que se ha abierto una veda, y a partir de ahora se intentarán impugnar todos los concursos. Porque te juegas mucho, y porque sentir que se han reído de tus dos años de preparación de la oposición, del dinero invertido en academias, de los momentos que te has perdido por estar estudiando debe doler mucho. Mi apoyo a todo el que se sienta así.


         

lunes, 15 de septiembre de 2014

viernes, 12 de septiembre de 2014

No estaba muerto, estaba de parranda…

Entiendo que alguno de vosotros hayáis dudado de mi estado vital, o festivo, o ni quiero pensar qué se habrá cruzado por vuestras cabecitas locas, aunque prefiero cualquier cosa a que no os hayáis dado cuenta de mi vacío informativo. Y no, no estaba muerta, ni de parranda, es mucho menos notorio, ni emocionante, de hecho, es lo peor… Estaba (y estoy) con la (piiiiiiiiiiiiiiiii) OPE.
         ¡Sí! Al final decidí aplastar al gusanillo (os remito a la entrada “no hay manera”), y agarrando al toro por los cuernos o por el rabo, ya que voy de culo, me puse a estudiar, bueno, repasar, corrijo, leer, ¡qué leches! mariposear con los apuntes de un lado para otro cual intelectual que prefiere estar estudiando que leyendo una novela fresquita en la orilla de la playa. Tan lejos de la verdad… Me he leído cuatro novelas en quince días, pero los apuntes han viajado conmigo a donde quiera que haya ido, por si por infusión (ciencia infusa) se me instalaban en la memoria. Y sí, al final me los he leído, (excepto la constitución que eso es para nota), y ahora me pregunto ¿Y para qué?

         Porque no me acuerdo de nada. Soy un melón. A este paso como haga la oposición y los gerentes vean mi nota, me quitan el contrato. ¡Pero si yo era lista de pequeña! ¡Ay, Dios! ¿Alguno estáis como yo? Por compasión, decid que sí…
         En serio, ¿hay alguien que se sabe las vitaminas? Si sí, mi más sincera felicitación.
         ¿Y las vacunas? ¡Son imposibles! Me parto con el calendario vacunal que cambian a cada año… ¿Para qué nos lo tenemos que saber si hay carteles en todas las consultas? ¡Seamos prácticos, señores! ¡Qué no tenemos tiempo para chorradas!
         ¿Y el tema de la calidad? ¿Eso, no? ¿Verdad? Decidme que no. Ahí no hay manera de meter mano. Vamos, que yo estaba con mi fluorescente preparada para subrayar pero ni lo destape, con eso os digo todo.
         ¿Y por qué tenemos que estudiar todo esa cantidad de paridas que no se usan en el día a día? No, no os engañéis. No es para que seamos más listos, o para ser más competentes y dar mejor servicio a nuestros clientes, no… Es porque el año que viene hay elecciones. Sí. Y tú te jorobas, y tiras de bíceps, y tríceps, para cargar con todos tus apuntes en la maleta.
         De lo que hemos pagado, del método de selección, de tema bolsa, de los que se van a examinar un día después porque su religión no les permite trabajar (y se ve que ni pensar) los sábados; no voy a tocarlo porque dejaríais de leerme por soez.
         Y es por esto que no estoy escribiendo en el blog. Os debía una explicación. Y esta es. Aunque asumo que por el estilo de oposición que han dictado no tengo nada que hacer, al menos me quedo tranquila conmigo misma. No es humildad, me he leído las bases, y esta oposición es para listos con memoria de elefante y mucho tiempo libre.
         A partir del 4 de octubre volveré a la carga con anécdotas hospitalarias.
         ¡Ah! Si os desesperáis, leed Abrázame que no te quiero, os prometo que os despejará. Y sí, soy yo la de la entrevista del colegio de enfermería de Madrid.



         Besos.

lunes, 7 de julio de 2014

Donar en vida.

         Hay noticias que te encogen el alma, noticias con las que exhalas un ¡ala! (como mínimo) para recuperarte de la impresión, noticias que se sellan en ti para siempre y agradeces al medio de comunicación en cuestión por habértelo dado a conocer.
         Hay noticias absurdas, huecas, banales, noticias que no aportan nada a tu existencia y sin embargo son las más comunes cuando enciendes la tele, el medio de comunicación por excelencia, y al que generalmente (excepto en situaciones graves de agotamiento mental) no le agradeces su insulsez.
         En el caso de las primeras, la pena es que no le llegan a todo el mundo y eso que gracias a nuestras nuevas vías de comunicación cada vez son más accesibles. La pena de las segundas es que le alcancen a más de dos.
         Por Facebook, este fin de semana, me ha abordado una noticia que se ha hecho la dueña de mis pensamientos y la quiero compartir con vosotros, porque desde luego pertenece al grupo de las primeras y creo que, en mi pódium anual, se va a llevar el oro.
         Lola ha donado en vida.
         @Lolamont: la escritora, bloguera, enfermera y sabe Dios cuántas cosas más, ha donado un riñón.
         Lola Montalvo ha regalado uno de sus riñones a su pareja, el padre de sus hijos.
         
        Una media tarde y posterior mañana me sirvieron para perfilaros a Lola. Una mujer arrolladora, inteligente, culta, cargadita de energía y de ideas. A mí me gustan las personas que no se andan por las ramas, me cautiva la naturalidad y la sabiduría. Ella computa un diez. Sin remilgos, nos expuso que debía volverse a su ciudad porque tenía que ayudar a su marido con la diálisis peritoneal. Y con eso me conquistó. No por el hecho en sí, sino por relatárnoslo. Porque tendemos a disimular la enfermedad, porque la gente, excepto en las enfermedades comunes, no detalla su padecer, ni a los más conocidos. Y sin embargo, para mí, cuando alguien actúa como Lola hizo ese día, normaliza la enfermedad. Nadie tiene la culpa de estar enfermo, eso es a lo que me refiero. Nos escondemos tras frases hechas, y medias tintas y desde mi punto de vista, cuando actuamos así, abrimos la veda a los rumores intencionados (mal o bien es totalmente relativo).  
         Estoy harta de escuchar a voz más baja del tono de la conversación «es que creo que tiene cáncer», «dicen que está en tratamiento», «ése creo que nació con una malformación». Señores, ¿hace falta decir qué nadie es perfecto? Porque por fuera es evidente, ¿todavía hay alguien que cree que por dentro lo es?
         Y con respecto al hecho de donar un riñón, me quito el sombrero, o en mi caso las gafas, el rimmel, y el anti ojeras (mis básicos). Es el acto más valiente y generoso que se puede hacer en vida. No asimilo cómo ha podido desbancar al miedo de quedarse sólo con un riñón, aunque creo que el héroe valiente ha sido el AMOR. El AMOR incondicional por su marido y por sus hijos. Y se me llenan los ojos de lágrimas al darme cuenta de lo grande del acto y lo grande que es esa mujer que tuve la suerte de conocer una media tarde y una media mañana. Te admiro, Lola Montalvo.
         Ahora, encenderé mi angelita, por ellos, para que les de toda la suerte que la enfermedad desplazó y para que todo les vaya todo lo bien que merecen… y mucho más.


        
        Os adjunto su enlace, para que conozcáis a esta heroína, en su blog, donde nos lo ha querido hacer público, demostrando su implicación con la información de calidad en el ámbito sanitario.

 http://lolamontalvo.blogspot.com.es/2014/07/memoria-de-mi-enfermera-li-dono.html


Y el de varios blogueros y amigos más que han tenido la maravillosa idea de rendirle un homenaje a esta mujer todo-terreno.

http://www.nuestraenfermeria.es/lolamont-hoy-te-escribimos-nosotros-donarenvida/

http://chupetetiritapintalabios.blogspot.com.es/2014/07/tengo-algo-para-ti-donarenvida.html

http://enfermeradetrinchera.blogspot.com.es/2014/07/lolamont-donar-en-vida.html

martes, 1 de julio de 2014

YO, ESPÍA.

¿Qué hay de esas veces que vas a la consulta del médico, o de la enfermera, o esperas en una salita de hospital y vas vestido de «civil»?
         ¿No me digáis que no es toda una experiencia? Yo me siento, camuflada con mi ropita de calle, y generalmente me llevo algún entretenimiento; porque por todos es sabido que la hora de espera no te la quita nadie. Como en todas las situaciones donde se congregan humanos, hay diferentes perfiles y esta lerenda es muy de analizarlos.
         ▪Hay quien llega, saluda y se pone a hablar en voz alta para entretener a todo los des-esperados. Da la sensación de que se sienten como pez en el agua, de que no es la primera vez que vienen y de que tienen mucho que contar. Generalmente este rol lo ejercen las generaciones mayores.
         ▪Hay quien ni saluda, y se aposenta dando la espalda a sus contrincantes de espera; pero no os engañéis, escucha al «pez en el agua».
         ▪Y hay quién llega, saluda y se pone a sus quehaceres, sin ocultar que de vez en cuando atiende a la voz cantante. Rara vez participa.
         Esta última soy yo, que me acomodo, oteo a mi alrededor para hacerme un cálculo aproximado de cuánto me va a tocar esperar y saco mi entretenimiento: móvil o e-book.
         El hilo de la conversación suele ser similar: 



         Y ya, con el anzuelo lanzado, siempre alguien, en ocasiones más de uno, adquieren el papel co-protagonista, y participan activamente en la conversación. He aquí, donde —debo de ser una cotilla—, no me entretiene mi entretenimiento y atiendo a la charla, con la sensación de que llevo una gabardina, unas gafas negras y un periódico para ocultarme, porque en un 90% de las veces, el tema es: la sanidad.

         Así, tal cual, sucedió la semana pasada en la sala de espera de mi doctora. Sentaíca y muda, intentando pasarme una pantallita del Candy Crush, oía las críticas a: las esperas en urgencias, a la desinformación, a que le habían hecho una úlcera en el hospital a su marido, a que justo el médico que había operado a su esposo era una eminencia y muy amigo suyo (¡cómo le gusta a la gente presumir de que tiene amigos médicos! cuando es mentira de la buena). Permanecí callada, no les faltaba razón. Pero no recuerdo muy bien cómo, la cosa derivó a que te pasara lo que te pasara te recetaban paracetamol y agua. Levanté mi cabeza del móvil, «¿paracetamol y agua?», me dije a mí misma, «¡Pero si somos el segundo país que consume más fármacos, si los que ingresan en mi planta toman como mínimo cuatro pastillas al día, entre ellas el archi-famoso y falso inocuo omeprazol, y el orfidal, las pastillita para dormir». Pero pude contenerme y permanecí con mi disfraz de espía, «no te incumbe, tú a lo tuyo».
         Pero ya lo sabe mi madre, no he nacido yo para callarme cuando atacan a los míos…
         Pues no va y dice una co-protagonista, que se estaba creciendo y estaba robando el papel a la voz cantante. Cito textual:
         —¡Uy, paracetamol con suerte! Si siempre te mandan el ibuprofeno ese, que no sirve para nada. Eso es aguachirri, y venga a recetarlo. Yo estoy segura de que es el más barato y por eso lo mandan. Lo único que te hace es una úlcera en el estómago. Si está claro que tienen que ahorrar, ¡qué pena!
         «¿Se están metiendo con el ibuprofeno delante de mi cara? ¡Ah, no! ¡Eso sí que no! ¡Se acabó!»
         En ese mismo momento, como si me quitara la gabardina, las gafas, y tirara el periódico al suelo, me desvelé cual principiante.
         —Perdone, pero no. El ibuprofeno sí que es efectivo, depende para qué se lo pauten. Es diferente al paracetamol, que es analgésico, el ibuprofeno es anti-inflamatorio…. Bla, bla, bla. —Les di una clase «magistralilla» de las diferencias y efectos adversos de cada uno.
         Y se hizo el silencio. Todos callaron… ¡Había una espía en la sala! Creé un clima de desconfianza. Os lo prometo. No volvieron a hablar, me imagino que hasta que entré en la consulta, que tuvieron que escucharse diferentes teorías sobre mi profesión.
         Pero no me arrepiento, el ibuprofeno es grande, muy grande, y el enantyum, más. Y juro que los respetaré y defenderé hasta el fin de mis días y que los tomaré —las menos veces posibles— con alimento en el estómago. (Me estoy tragando Isabel, que os la recomiendo encarecidamente, y estoy yo muy de juramentos)

         Y chim pun, pero esta espía vuelve el martes a la consulta; seguro que… continuará.

         

lunes, 23 de junio de 2014

No hay manera

Hoy de nuevo toca imaginar. Necesito tirar de todos mis recursos para dar con este enigma, con este rompecabezas que me taladra día sí y día también y ni lo resuelvo, y lo más grave, ni lo intento. He aquí…

         Pongamos a imaginar que mi cerebro es una lechuga, bueno igual me he pasado de grande, reduzcámoslo a una cebolla; sí, mejor, me pega más, puesto que soy una llorona.


Pues, en mi cebolla hay muchas capas, un montón, pero yo siempre he presumido de mi capita del sentido común,  de la de la responsabilidad, de la de mi decisión y mi arrojo (excepto con temas de mecánica, que soy un zote). Desde pequeña fui consecuente, crecí en una familia humilde y supe que para labrarme un futuro (y que me diera la paga mi padre todos los viernes), tenía que estudiar. Y así fue. Siempre aspiré a sobresaliente, hasta que vi que mi cebolla no daba para más, en concreto con la física de COU y en la carrera, pero siempre estudié para lograr la mejor nota. Jamás, y lo digo bien alto, me presenté a un examen sin estudiar… «¡qué vergüenza!», me instigaba mi capita de la responsabilidad.

         La carrera fue difícil, más que nada, por el poco tiempo que nos quedaba para estudiar. Superé el reto de tercero: que no te quedara nada para septiembre para poder trabajar en las suplencias de verano. Lo logré. Mi capita del orgullo se pavoneo ese estío.

         Y he aquí mi enigma:
         Llevo trabajando cerca de trece años, y tengo un contrato eventual (contratos que penden de un hilillo más fino que la capita de mi cebolla correspondiente a memorizar hechos históricos). Veo la tele, hablo con la gente, leo el índice de paro, entiendo a los morosos de mi portal que no pagan porque llevan parados tres años. Y además, suelo ser alguien con una actitud bastante empática, “podría pasarme a mí”… entonces, ¿por qué carajo (huevos) no estudio la oposición?

         Y no es que no lo piense, sí, sí. En mi cebolla se ha colado un gusanito fatigoso y runrunero, que anida dos o tres veces al día, en casi todas las capas de mi cebolla, y mientras las va atravesando padezco latigazos de culpabilidad. Todos los días. Y nada. El gusanito recorre la cebolla entera, generalmente en turno diurno, aunque cuando ataca por la noche, no hay quién duerma, y vuelve a la capa de salida al día siguiente, para hacer su irritante recorrido.
         ¿Qué les pasa a las capas de mi cebolla? ¿Están infectadas de pasotismo? ¿Se han descargado de responsabilidad? ¿Son mas vagas que Niebla?
         ¡Qué alguien me ayude! ¡S.O.S! Tengo que estudiar y mi cebolla canturrea constantemente la canción de Coque Malla: no hay manera, uohhhh…

         Lo malo es que el gusanito cada vez está creciendo más y más, de tanto bajar y subir por mi cebolla, y desde que ha escuchado que la OPE sale en septiembre se ha comprado un monopatín y hace el recorrido muchas más veces al día… La verdad es que el gusanito tiene mala ralea; cómo escuche que hablo con algún enfermero que me confirma que está estudiando, se pone a dar saltos en mi cebolla y el dolor llega hasta la boca de mi estómago… ya hasta ha aprendido a hablar con voz rotunda:
         «Ves, Irene, la gente estudia y tú no, tu no, tú noooo… te vas a ir al paroooooo, al parooooo».

         Y nada, no hay manera, uohhhh… 
         Ha proliferado, cual virus, un envoltorio de excusas. Vamos a desplegarlo:
         —¿Ya para qué? Si los que no están trabajando se lo sabrán todo de pe a pa, tienen una cebolla joven, (y hay quien carga con lechuga), y encima están motivados, cosa que si seguís este blog, yo no—. «Excusas, excusas, no te pones porque no te da la gana, eres más lista de lo que crees». A veces mi gusanito me enviaba refuerzos positivos, claro, cada vez menos, su cabreo es peor que el de mi padre y mi hermano el miércoles pasado cuando perdió España.

         —No es mi momento, está claro, estoy a otras cosas, mi aventura literaria: presentaciones, escribir otras novelas… —«pero eso no te va a dar de comer, tonta el haba» me insulta el gusanito cuando me intento justificar.
         —No voy a ser de las 3000 o 2500 mejores, (de entre los tropecientos mil que se han presentado, hay que serlo para poder optar al baremo). En eso, ya se puede poner el gusanito como quiera, que mi cebolla tiene razón, pero ¿sabéis lo que me dice?: «Si es que no lo has intentado, so perra».
        —Pues nada, seguirás siendo eventual toda la vida, no pasa nada—. «Eso con suerte, bonita, porque como tiren de la bolsa por nota de oposición que anuncian en las bases, te veo con la maleta para Alemania». Mi gusanito es un cenizo, todo hay que decirlo.


         —Venga, ya mañana, hoy estás distraída y no te vas a concentrar—. «Jajajajajajajajajajajaja», se le saltan las lágrimas al gusano, cuando no me hace un corte de mangas, que también.
         —¿Y por qué tienes que estudiar, porque lo dicen ellos para ganar las elecciones? ¡Anda y que les den! —«No, reina, te van a dar a ti», con más razón que un santo.

         Me podría pasar el día escribiendo excusas… eso es, escribiendo, que no leyendo. Para muestra un botón:
         Llevo toda la mañana con esta entrada cuando debería pisotear, silenciar, y mandar a donde se manden los gusanos runruneadores, agarrando el tocho de apuntes y poniéndome a estudiar, pero… no hay manera, uohhhh.

         Al menos, espero que os guste… y que haya muchos más gusanos cabreados y hayan menguado vuestras cebollas en cebolletas, porque si no voy apañá...